El extraño puntual

 




Cada día, a las seis en punto, un hombre se para en frente de casa de Ramiro Ramírez. Es alto, sobre cuarenta años y vestimenta elegante. Tiene la mirada amistosa, y no se va hasta que Ramiro sale de casa y se saludan. Puede que que trabaje por la zona o que por alguna razón, su día a día le obliga a quedar atorado justo hasta que Ramiro sale y le espanta. Aun así, lo peor no es la situación en sí, sino hacia dónde se dirige.
    Y es que, llueva o haga sol, cada día, Ramiro siente la imperiosa necesidad asomarse por la puerta y saludar al extraño inquilino. Es como si su mundo se detuviera y con ese acto volviera a reactivarse. De hecho, se ha convertido en una obsesión que no le permite hacer otra cosa; no sale de casa, casi ni se relaciona, necesita tener esa hora libre, salir y deshacer ese surrealista entuerto. Y todo por una situación que podría arreglarse con una conversación.
    Así que llega el día en que, harto, sale al encuentro y le dice que ya está bien la broma, que deje de hacer eso que hace, además, ¿por qué lo hace? El otro se sorprende, porque él no hace nada raro. Vive cerca, suele terminar a estas horas de trabajar y, esto lo dice bien extrañado, lleva años preguntándose por qué todos los días él, Ramiro, justo a las seis, sale de su casa, le saluda y se adentra corriendo.



Imagen sacada de pinterest, si están sujetas a derechos que se me avise y la retiraré

La paradoja de los macarrones inertes

 

La paradoja de los macarrones inertes
(relato fuera del concurso)






A mediados del s. XXII, las cercanías de Alicante sufrieron el fuerte impacto de un objeto extraterrestre. El acontecimiento fue tal que se hizo eco en todo el mundo. Sin embargo, cuando las autoridades acudieron, en vez de un meteorito o algo similar, lo que encontraron fue un gran edificio de comestibles.
    La opinión púbica se llenó de repudias ante tamaña artimaña comercial. La propaganda de las multinacionales estaba yendo demasiado lejos. Aun así, eso no impidió que dicha empresa pudiera llegar al consumidor. Solo el primer día, toda la población colindante ya había saboreado su producto estrella: los macarrones. Aunque saborear no es la palabra exacta, ya que el comestible en cuestión era de una calidad pésima. Parecía más un trozo de cartón mojado que un alimento, como si esa empresa hubiera gastado todo su potencial en la espectacular puesta en escena.
    No obstante, en vez de menguar, prosperó. En poco tiempo, por todo el mundo comenzaron a surgir los susodichos edificios. Aunque su producto único y estrella seguía sin mejorar. Nadie entendía cómo una empresa tan acaudalada pudiera ser igual de chapucea. Pero todo cambió cuando los mencionados macarrones llegaron a Ramiro Ramírez, el jefe de inteligencia y investigación del organismo que dominaba la tierra en ese momento.
    El tal Ramírez se enfrentó al plato de macarrones con sumo interés. Agarró tenedor, pinchó tres y, nada más rozar la lengua, comenzó a escupir uno tras otro. Era una auténtica basura, un producto inerte. ¿Cómo era posible todo el revuelo que había causado? Sin embargo, algo llamo la atención del eminente estudioso; la disposición de los macarrones en el plato seguía una especie de patrón que el había visto innumerables veces, un código binario que no tardó en descifrar: «Destrucción de los humanos inminente, siga normas en platos».
    Todo cobró otro sentido.
    Pudiera ser que esas naves comerciales fueran en realidad naves de otro mundo y que su puesta en escena fuera una toma de contacto. O también que todo fuera una coincidencia. Apresurado, adquirió otro plato para salir de dudas. En este caso, encontró mensajes más sorprendentes: una fórmula matemática que explicaba parte de las paradojas espacio/temporales acaecidas cerca del umbral de sucesos de los agujeros negros.
    No tardó en poner a sus colegas al corriente. No estamos solos, les dijo, unos seres en apariencia inertes habían venido a advertirles sobre su posible extinción. Con esos datos, acudieron a las autoridades mundiales y expusieron sus hallazgos. Solo tendrían que seguir las reglas para conformar la fórmula universal que pudiera ponerles en contacto con el resto del universo. Sin embargo, el presidente del mundo se rio de ellos. ¿Unos macarrones?, dijo, Vaya tontería. Les echó bajo pena de lobotomía, algo muy de moda en esos tiempos.
    No obstante, la cosa no acabó ahí. No se sabe cómo, la gente de a pie se enteró de los mensajes cifrados en cada plato. Mediante plataformas web, comenzaron a descifrarlos. En este caso, la mayoría de ellos no versaba sobre incógnitas del universo, sino maniobras bursátiles y financieras. En pocos días, la bolsa de valores reventó a favor de todo el mundo. Cada individuo se hizo rico de la noche a la mañana. Sin embargo, el sistema no estaba ideado para que todos lo poseyeran todo. Una enorme crisis asoló el planeta. La gente no entendía por qué no podía gastar un dinero adquirido. Se formaron grupos que comenzaron a atacar a las grandes empresas multinacionales, incluidas, las macarrónicas.
    A partir de ahí, esas empresas caídas del cielo dejaron de suministrar macarrones mensajeros.
    Los conflictos se recrudecieron. Una guerra asoló un planeta que se fue quedando sin recursos. Al fin, solo quedó una esperanza; que el tal Ramiro Ramírez, ese erudito mundial, diera con la fórmula universal que les permitiera viajar al pasado y revertir la situación o largarse de este planeta moribundo. Pero al terminar el suministro de platos con código, el eminente científico se sentía como una cucaracha tratando de entender qué es la gravedad por sí sola.
    Todo estaba perdido. Y Ramiro era el que más se arrepentía de ello. Habían tenido en la mano la salvación y la habían perdido. Sin embargo, algo del proceder de esos seres no encajaba. Ellos habían causado tal destrozo. ¿Por qué jugar con la gente para que perdiera la cabeza? Nada tenía sentido. Parecía que los habían utilizado para que la humanidad se autodestruyera y dejara un mundo inerte, al parecer, idóneo para ellos. Sí. Eso tenía más sentido. Habían caído en su trampa. Y todo por su culpa.
    Aun así, no iba a quedarse de manos cruzadas. Todavía conservaba el primer plato, el que había advertido. Habrían sido derrotados, pero no por ello iba a dejar de resarcirse pisoteando algún macarrón. Cogió el plato y, antes de espachurrarlo contra el suelo, se dio cuenta de algo: el mensaje que leyó en su día estaba incompleto, faltaban los tres macarrones que se había llevado a la boca y escupido. Rápidamente, recompuso el patrón y quedó en trance. No se trataba de una invasión ni nada similar, sino de una toma de contacto, una prueba. Habían sido tratados como a las ratas de laboratorio con las que él experimentaba, en este caso en busca de vida inteligente a través de un mensaje claro y, visto en retrospectiva, definitivo: «Para evitar la inminente autodestrucción de la humanidad, no seguir las normas en platos».


La Invasión

 

—¿La Invasión? —pregunta uno que se ha presentado como Ramiro Ramírez.

Zarc, el alto y desgarbado recepcionista, sonríe.

—Sí, ¿no le gusta?

—No es eso, pero me parece muy poco apropiado para una reunión de este tipo.

—Mire, señor Ramiro —suspira Zarc sin dejar de observarle; es un hombre raro, su mirada más bien, parece que no parpadee, además, no tiene pestañas—, aquí lo importante es que se sientan a gusto; nuestro lema es «nosotros creemos en vosotros solo si vosotros dejáis de hacerlo».

Ramiro resopla.

—Pues ya le digo yo que empiezan mal con el nombre.

Entonces, Zarc ríe abiertamente, sale del mostrador y se posiciona a su lado. Lleva una sempiterna sonrisa rodeada de un rostro perfecto, casi simétrico; una apariencia tan amigable como exagerada.

—Eso es porque se siente reticente, señor Ramiro. —Acto seguido le pone una pegatina en el pecho con un número marcado en rotulador: el cincuenta—. Recuerde, aquí no tiene nombre; a partir de ahora usted es el Sujeto cincuenta.

Ramiro mira la pegatina y luego a Zarc.

—¿Sujeto?

El recepcionista asiente.

—Aquí no hay «compañeros» ni «pacientes» ni nada similar. Ustedes son solo personajes incomprendidos, faltos de apoyo, de que les crean.

—De que nos crean para que dejemos de creer, ¿no?

Zarc suelta otra risotada mientras coge al sujeto del hombro.

—Veo que aprende rápido...

Abandonan la sala y se internan por un pasillo amparado de unos parpadeantes tubos fluorescentes. Un olor a cerrado y agrio les golpea en la cara. Abren una puerta y aparecen en una gran sala plagada de gente sentada de cara a una especie de atrio. En él, un hombre permanece junto a un atril hablando al gentío:

—La Invasión me enseñó que los sentidos nos pueden engañar...

A un lateral asoman mesas con jarras, vasos y pastelillos de pinta dudosa.

 —...Puede que yo creyera ver algo... —continúa el hombre del atril.

Zarc sitúa al sujeto Ramiro en la parte de atrás mientras hace señas a un hombre que está de pie entre el atrio y la grada. Este, al verlos, sonríe y, agachando el cuerpo para no interrumpir al comentarista, se acerca. Es aún más larguirucho que el recepcionista.

—Este es Ross, el terapeuta —cuchichea Zarc una vez llega—. Ross, te presento al Sujeto cincuenta.

El terapeuta sonríe y le estrecha la mano.

—Bienvenido —susurra.

De fondo, el monólogo sigue:

—...Sí, yo vi, pero..., yo... yo... ¡No! —De pronto, la voz del comentarista se transforma en grito. Zarc mira a Ross, por primera vez con seriedad—. No es cierto. ¡Los he visto! Están arriba, en el cielo. Me abducieron, me metieron cables por los ojos... ¡Nos están estudiando!

—¡Vale! —corta de pronto Ross dirigiéndose hacia el atrio, su cara vuelve a ser una sonrisa amistosa—. Ya está bien por hoy, Sujeto catorce.

Luego sube y el sujeto en cuestión se abraza a él entre sollozos.

Permanecen unos segundos hasta que el largo terapeuta, con voz calmada y llena de sosiego, se gira a la gradería:

—¿Veis hacia dónde nos llevan las emociones? Los sentidos nos engañan, nos mienten, nos tergiversan la realidad, pero solo son parches, atajos. El problema debe ser arrancado de raíz. —Entonces agarra al sujeto de la mano, lo lleva a un asiento y continúa sus enseñanzas entre la gradería—. Los sentimientos nos hacen débiles, nos nublan la vista. Está bien sentir, amar, desear, pero solo bajo el velo de la racionalidad. La lógica nos ha hecho humanos, superiores; si la abandonamos, sucumbimos; como le acaba de pasar al Sujeto catorce. —Se gira y le mira con una ancha y amistosa sonrisa—. Recordad: La Invasión cree en vosotros solo si empezáis a dejar de hacerlo. ¡Un fuerte aplauso al Sujeto catorce!

La sala entera se pone en pie para levantar el ánimo del susodicho sujeto.

La reunión sigue. Luego pasan a los pasteles y las limonadas hasta que poco a poco abandonan la sala. El último, el Sujeto cincuenta, ese nuevo personaje con una cara bastante extraña.

Una vez solos, cierran la puerta y, tanto a Zarc como Ross, la sonrisa se les transforma en una mueca seria, casi robótica. 

—Tus métodos no funcionan —dice Zarc sin dejar de mirar la puerta—. Cada vez hay más sujetos. Los de arriba comienzan a impacientarse.

Una invasión requiere su tiempo —contesta Ross, también con vista perdida.

—Ya, pero si los sujetos siguen creciendo, la invasión se detendrá.

—Si los de arriba tuvieran más cautela habría menos sujetos.

Entonces, Zarc se gira hacia él.

—Los de arriba están a expensas de que tú corrijas los deslices.

—Si tuvieran más cautela no habrían deslices.

—Eso es una falacia y lo sabes: tu labor está supeditada a tales deslices.

Se forma un tenso silencio. Ross suspira, o hace algo parecido.

—Hoy me han llamado —irrumpe de pronto Zarc—. En breve ejecutarán el plan B.

Ross se gira con los ojos bien abiertos.

—¿Plan B? ¿Van a eliminar a los sujetos?

—Sí, fue un error pensar que podríamos manipular sus mentes con palabrería barata: lo saben.

—No... No pueden... ¡Son mis sujetos!

—¿Tus sujetos? —corta de pronto Zarc, los ojos entrecerrados—. ¿Estas mostrando sentimientos?

El terapeuta comienza a moverse de forma espasmódica. Zarc niega, saca una especie de arma y le apunta.

—Has pasado demasiado tiempo con los sujetos. Los de arriba tienen razón; ya no sirves para la invasión de la Tierra: te estás volviendo humano.


Imagen de Pinterest

El club de la lucha

 



La primera regla del club de la lucha es: jamás se habla del club de la lucha.
    Sábado. Ha pasado la semana. Aún tengo el cuerpo destrozado de la última pelea.

Segunda regla: ningún miembro habla del club de la lucha.
    Al fondo asoma el local. La viuda negra, con su bastón, el tío «cuadrao» y la carnicera hacen cola.

Tercera regla: ¡apañátelas!
    Se abre la persiana y acceden. Asomo por la puerta; ese asiento de primera fila para tal teatro de destrucción masiva. Entro. La viuda discute con el tío «cuadrao».
    —¡Los he visto primero!
    Pero este, ese canijo de mentalidad cuadriculada, pasa y agarra todos los puerros.

Cuarta regla: se permite usar armas.
    La carnicera se interpone. Hoy todos quieren puerros. Detrás, la viuda ondea su garrote.

Quinta regla: la pelea termina al cierre comercial.
    Los bordeo y sitúo delante del dependiente. Este me mira con hastío, o asco, o como la mierda contante y sonante del mundo. Saco la nota de mi madre. Somos una generación de niños criados por mujeres. Leo jabón, lejía y... ¡puerros!
    Me giro con un respingo. La pelea es esplendorosa.

Sexta regla: si vienes al club debes luchar.
    Muevo espasmódicamente la cabeza.
    —¡Ah! —grito. Soy la venganza autosatisfecha de "Jack".
    La viuda y la charcutera empujan al tío «cuadrao». Los puerros caen. Cojo un puñado y salgo, pero algo me detiene: un bastonazo.
    —¡Ay, hijo! Perdona.
    Caigo.
    Todo se funde en negro.
    Esta es mi vida... y se acaba a cada minuto...





Máscaras sin nombre

 


"El hombre sin rostro se acerca al gran ventanal. Desde él, incluso con la opción visor desactivada, puede atisbar casi el completo de sus dominios".

Así empieza el primer capítulo de "Máscaras sin nombre". 

Hola a todos y buen verano. 
    Esta es la primera entrada en el blog distinta. En ella no voy a publicar un relato, sino a presentar mi primera novela, una, la cual, participa en el premio literario amazon 2021. La verdad es que hace un tiempo que la tenía escrita y reescrita y no veía la manera de publicarla, así que aproveché este evento para ello. 

Sinopsis

En un futuro incierto y lejano, la sociedad se halla inducida a una suerte de división de clases donde no todas se perciben entre sí. Cada estrato social vive sometido a unas normas tiránicas de servidumbre ajenos a la auténtica realidad: no hay países, ni regiones, sino una urbe global dividida en distritos unidos unos a otros y construidos alrededor de enormes edificios donde residen los hombres sin rostro, los señores que controlan el mundo. Su poder es tan antiguo y escrupuloso que han transformado el manto social en una pasta uniforme y compacta. Nada escapa a su control.
 
Sin embargo, ocurre algo inesperado; la llegada de un Inmune (un tipo de personas que se creía extintas y que viven al margen de la sociedad), un evento que traerá unas consecuencias que harán resquebrajar los cimientos de la sociedad.


Escrito en tercera persona, la novela posee un estilo de escritura muy visual y personal y está compuesta por diferentes subtramas que se entremezclan entre sí formando un conjunto compacto y redondo. Tiene algo de la fantasía de Tolkien, aunque enmascarado en una historia distópica de ciencia ficción futurista que hace referencia a autores como George Orwell, Aldous Huxley o Philip K. Dick, junto con una pizca de Platón, dando así un trasfondo psicológico que hará cuestionar la propia realidad social, y es que, ¿percibimos todos el mundo de igual modo o nos movemos entre distintas realidades?

Ha sido un largo viaje que por fin llega a puerto, esperemos que apacible, y con el que me encantaría que os embarcarais y disfrutarais tanto como lo he hecho yo durante el proceso de escritura.

Por cierto, la maquetación y la portada es obra de Esther Espí, una fantástica diseñadora que además es mi hermana, la cual se alió con mi mujer para poner en tela de juicio cada escena que no les convencía.



Para más información podéis acceder al enlace  https://relinks.me/B098MNWLV9

Un abrazo y ¡nos leemos!

El cuellipato

 




El cuellipato es una especie de pingüino emplumado, cuello de cisne y pico de pato. Lo imaginé a los ocho años para un trabajo del cole donde debía describir un animal inventado. Era la primera vez que mandaban una cosa así. Lo recuerdo porque ese día ocurrió algo impactante: mi padre perdió su empleo.
    Yo no era consciente de lo que eso significaba, pero su reacción fue esclarecedora. De hecho, me preocupé tanto que no pude conciliar el sueño. Incluso, ya muy tarde, me levanté y traté de hacer algo y desconectar. Quizá un nuevo punto de vista en la redacción. Fui al escritorio. Allí debería estar el trabajo, pero en su lugar había una libreta extraña sin desprecintar. No recordaba haberla visto antes. Sin embargo, me servía igualmente. La abrí y comencé a escribir, no sobre el cuellipato, sino una historia donde imperara el optimismo. La sensación fue tan placentera que me dormí sin recordar cómo.
    Desperté con unos gritos. Mi madre había encontrado, en un bolsillo de un pantalón sucio, un décimo de lotería que, al comprobarlo, resultó estar premiado. El mayor premio jamás donado por la administración. Eso me asustó más que contentó. Fui a por la libreta. Allí estaba, palabra por palabra, lo ocurrido tal y como había imaginado.
    Nos mudamos a una zona residencial de lujo; casa inmensa con un cuarto de juguetes que parecía un centro comercial. Sin embargo, de niño hay una cosa que impera sobre el resto: mis amigos. Una noche, cogí la libreta mágica y escribí otra historia.
    Al día siguiente, llamaron por teléfono. Las puertas de las casas de mis amigos habían amanecido con una inmensa bolsa de dinero. Al poco, todos residíamos en esa zona lujosa. Era fantástico, aunque lo mejor fue la certeza de tener el poder de hacer lo que quisiera. Y no escatimé en imaginación: los abusones sufrían ataques de estornudos cuando nos veían, los profesores gruñones fueron relevados por otros más manejables, los exámenes tenían las preguntas que yo considerara... ¿Que queríamos playa? Un día apareció un lago en la zona. ¿Nos apetecía jugar con la nieve? Grandes nevadas asolaban el lugar.
    Una vida de ensueño. Sin embargo, todo acto tiene su consecuencia.
   Los estornudos de los abusones fueron atribuidos a una pandemia. Eso tuvo gracia; sabía que era falso. Lo de que la gente comenzara a abandonar la zona por la inestabilidad meteorológica ni me importó. El trastorno del ecosistema por el lago fue más molesto, sobre todo por los mosquitos. Lo peor, lo de nuestros padres, unos nuevos ricos que no supieron administrar su fortuna. Lo perdieron casi todo. Nada preocupante; podría hacerlo reaparecer. Pero se pelearon por ello y no quisieron que nos juntáramos. Enfurecido, los hice desaparecer.
    No fue buena idea. Mi intención era hacerlos volver en unos días, pero mis amigos no sabían nada. Llamaron a las autoridades y, ese día, unas personas serías, asuntos sociales, aparecieron preguntando sobre nuestros padres. Yo no podía decir la verdad, nadie me creería, solo esperar y hacer que volvieran. Pero, para ello, necesitaba un porqué. Aunque fuera pequeño entendí que abandonar niños es una insensatez. Podría ser que, aunque los hiciera volver, el daño fuera irreparable.
    Esa noche pensé y pensé hasta que se me ocurrió una manera de hacerlo: volver atrás y deshacer cambios. Sin embargo, retroceder en el tiempo podría tener consecuencias mucho más grabes que unos mosquitos molestos. Además, estaba la paranoia esa que trató de explicarme mi padre cuando vimos la película La máquina del tiempo; eso de que el pasado no se puede cambiar, una burda manera de explicar la paradoja. No obstante, yo tenía una ventaja: el ilimitado poder de la imaginación de un niño.
    Pasé la noche escribiendo. No recuerdo cuándo me dormí. Al despertar volvía a estar en mi vivienda antigua. Fui al dormitorio de mis padres. Habían reaparecido. Corrí hacia su cama llorando de alegría. Ellos, al verme así, se sobresaltaron y preguntaron que qué ocurría. Les dije que había tenido un sueño extraño. Y es que, el plan había funcionado. En mi cuaderno anoté lo ocurrido desde que encontré dicha libreta aún precintada. Luego, redacté que todo había sido parte de un sueño, y que, al despertar, lo haría ese día. Pero entonces, me acordé de una cosa: la libreta.
    Volví al cuarto. En el escritorio estaba el trabajo del cuellipato. Nada más. Rebusqué por doquier, pero había desaparecido, como si de verdad todo hubiera sido un sueño. Mis padres me observaban preocupados. Pensaron que lo del despido me había afectado y dijeron que no me preocupara; todo se arreglaría.
    Ese día no fui al cole. Mi padre hizo tortitas y nos las comimos en el sofá del salón. Todo volvía a ser normal, como si realmente lo vivido las últimas semanas hubiera sido un sueño. De hecho, la desaparición de la libreta mágica daba esa sensación. O a lo mejor no; a lo mejor sí había sido real y mi maniobra lo arregló. Fuera como fuese, daba igual. La normalidad había vuelto, y eso era suficiente. Un niño no debería temer de imaginar.
    Permanecimos en el sofá, abrazados y viendo la tele. Daban un documental de naturaleza. Recientemente habían descubierto un animal. La comunidad científica no se explicaba cómo este bicho había pasado tanto tiempo desapercibido. Era como un pingüino con plumas, cuello largo y pico de pato. Lo llamaron el cuellipato.

RL: Pre-estudio en escarlata sobre fondo ebúrneo




Madre e hijo van camino del conservatorio. Él es canijo, a pesar de encontrarse a las puertas de la adolescencia. Lleva un pequeño violín a cuestas. Al llegar se encuentran un enorme gentío en la entrada. Ha ocurrido una desgracia: han asesinado al director del conservatorio. El niño, al oír eso, tira el violín al suelo y corre hacia un lateral de la fachada. Su madre está tan consternada que ni se entera. Luego, salta a un patio exterior que da a los lavabos del conservatorio. Sabe que hay una ventana que no cierra bien, por allí suele escaparse para hacer novillos. Se adentra y dirige hacia un pequeño tragaluz arriba de uno de los cubículos. Es un falso respirador que da al despacho del director. Sube a la taza y escruta por él. Ve varios agentes con la bedel llorando y, tirado encima del escritorio, el cuerpo sin vida del director.
    De pronto, irrumpe alguien; un hombre de mediana edad, vestido muy elegante y con aires autoritarios.
    —Inspector Víctor Bru —dice uno de los agentes al verle aparecer, por su expresión se denota cierta sorpresa—. ¿Qué hace aquí? Usted está fuera de servicio.
    El supuesto inspector pasa de él y observa la escena, en concreto al director.
    —Era íntimo amigo mío —dice—. He venido nada más enterarme.
    —¿Íntimos? Entonces podrá decirnos por qué se ha suicidado.
    El inspector se gira y lo mira intrigado. La bedel ameniza la velada con unos sollozos más fuertes.
    —¿Suicidio? —pregunta.
    Los agentes asienten y muestran las pruebas. La víctima tiene un cuchillo ensangrentado en la mano con el que presumiblemente se ha cercenado al barriga. En la mesa hay una carta de suicidio escrita a máquina con varias manchas escarlatas.
    —Suicidio... No encaja —susurra entonces el inspector—. Este tipo de carta suele ser a mano. ¿Pero a máquina? Además, mire —coge el papel y señala varios tramos—. Está llena de erratas; como escrito aprisa —se inclina hacia la víctima, mira su brazo, levanta la vista y escudriña en derredor. Entonces sonríe, va a un lateral y recoge algo; una especie de botón dorado—. Elemental —susurra mirando el objeto.
    —¿Qué es tan elemental? —suelta un agente.
    —Aquí ha habido un forcejeo —dice el inspector. Acto seguido vuelve hacia la víctima y señala la empuñadura de la camisa—. Al director le falta un gemelo. Este en concreto—se lo enseña—. Además, esto no es un gemelo corriente: es de compromiso. ¿Ve la letra grabada?
    —Una V —lee el agente. Luego le mira—. ¿Cómo sabe eso?
    El inspector señala los gemelos de su camisa.
    —Tengo unos iguales.
    El agente se inclina hacia ellos.
    —¿Una A? ¿Por qué lleva una A? Su mujer se llama...
    —¡A de amor, imbécil! —corta el inspector, el agente se ruboriza—. Lo cierto es que —sigue más tranquilo—, cuando todas las opciones quedan descartadas, la que quede, por muy macabra que sea, es la correcta. Dígame —mira a la bedel—. ¿Cómo se llama?
    Ella abre los ojos. Suspira y contesta entrecortadamente: Vicky. El inspector chasquea la lengua.
    —Crimen pasional —sentencia.
    La bedel comienza a llorar y negar. El inspector ordena a los agentes que la esposen. Luego dice que esperen, quiere ir al lavabo antes que a comisaría.
    Escuchando en por el falso respirador, el niño da un respingo. No deben pillarlo ahí. Sale al patio y de ahí a la calle. Mientras, piensa en todo lo visto. Tiene una sensación extraña. Por un lado se ha quedado encandilado con la capacidad deductiva del inspector, pero por otro...
    —¡Sherlock! —grita su madre
    —¡Mamá! —dice él—, han detenido a la bedel; es sospechosa —su madre se lleva la mano a la boca.
    De pronto, la puerta se abre y salen los agentes con la mujer. Detrás va el inspector. El niño se zafa de la madre e interna por el gentío hasta tropezar con él, el cual se sobresalta al verle.
    —¡Inspector! —grita el niño—. No pueden llevarse a la señorita Vicky, es inocente.
    El hombre ríe.
    —¡Aparta, mocoso!
    —No ha descartado todas las opciones—insiste el niño—: el director era homosexual.
    Entonces, el inspector se detiene.
    —¿Cómo sabes eso?
    —«Elemental» —el niño lo imita—, está soltero, y solo hay que ver cómo mira a algunos alumnos.
    —Eso no explica nada.
    —Usted se llama Víctor, ¿no?, con V —suspira el niño, él asiente intrigado—. ¿Sabe cómo se llamaba el director? Arthur.
    —¿Y eso qué significa?
    El niño agarra su manga y señala el gemelo. Una gran letra A negra, supuesta inicial de la palabra «amor», resalta sobre fondo ebúrneo.
    —Que el asesino es usted.



Imagen sacada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise  y la retiraré.

Excusifobia

 




La consulta aparece solitaria. Llamo al timbre. No funciona, o no lo escucho, porque, de pronto, la puerta se abre. Eso no es bueno para mi sordofobia, miedo de perder el oído. Aunque también puede que la psicóloga me haya visto venir, o eso o mi paranoidefobia está actuando de nuevo.
    La estancia es pequeña, aunque puede ser por la claustofobia. De pronto, la puerta se cierra detrás de mí dándome un susto de muerte, y no solo porque tenga fonofobia, sino por mi entamofobia invertida. Además, tiene un marco de cristal donde puedo ver mi alteregofobia, miedo a que mi reflejo se mueva de una manera distinta a la mía.
    —Señor del Pino —oigo entonces a mi espalda. Es la psicóloga.
    Doy un grito, por el sobresalto y por mi acustiegofobia, miedo al sonido de mi propio nombre. Ella se escusa. Luego hace gestos para que la siga hacia unas escaleras. Me niego; la resbalafobia, miedo a subir escaleras por la posibilidad de que estén recién fregadas, me obstaculiza. Entonces suspira y acepta. Luego agarra dos sillas y dice que me siente y cuente. También es imposible: sillalofobia con vergonzosifobia. Ella niega mientras comenta que esos miedos no existen, que son excusas que me autoimpongo para evitar hacer algo.
    —En otras palabras; padece excusifobia.
    —¡¿Excusifobia?! —exclamo—. ¿Tiene tratamiento?
    Ella ríe y saca una caja húmeda y mohosa de donde asoma un agujero negro repleto de denterosas telarañas.
    —¡Claro! Meta la mano aquí, si lo consigue, significará que está curado.

Muñecas





—En ocasiones veo muñecas —le digo a mi psicóloga. Ella, a mi espalda, escribe o hace algo que produce el mismo sonido—. Las veo incluso en sueños.
    Otro garabateo; quiere que siga.
    De pronto, suena un grito procedente de la habitación contigua. Ha sido tenue, pero desgarrador.
    —¿Ha oído eso? —exclamo incorporado; últimamente me asusto con facilidad. Ella levanta la mirada de sus garabatos y comenta que no me preocupe, este edificio es grande y con muchos pacientes atormentados. Luego dice que siga, «Debemos dar con el foco de su trauma».
    «Foco del trauma», ¡qué condescendiente suena eso! Los loqueros se creen que lo saben todo. Además, ¿qué hago tumbado dándole la espalda? Pensaba que estos procedimientos estaban anticuados. Detesto hablarle sin tenerla delante, aunque lo peor es la visión de la consulta: está sucia, descuidada, y no solo la sala, la planta en sí lleva la dejadez por bandera. Tienen los pasillos polvorientos y plagados de telarañas. La primera vez que vine pensé que me había equivocado. Solo la recepcionista, una muchacha alta y vestido tan ceñido y plasticoso como sus curvas de Barbie o Nancy, parece estar acorde con lo que pensé que sería una clínica psicológica.
    —¿Y bien? —Oigo a mi espalda.
    —Sí... —digo en un respingo—. Empezó después de una excursión con unos amigos a una mansión abandonada y maldita, o eso se decía.
    »Estaba medio derruida y llena de colchones viejos y mohosos, probablemente de inquilinos ocasionales. Sin embargo, lo interesante aguardaba en el primer piso. Esa planta era un gran pasillo rectangular que daba la vuelta al edificio de donde iban sucediéndose distintas habitaciones. Solo yo me atreví a subir; parecía al borde del derrumbe y el suelo crujía a cada paso.
    »La primera habitación era un cuarto de juguetes, probablemente de los hijos de los anteriores dueños. Maquetas ferroviarias, caballos de madera y muñecas; muchas muñecas puestas sobre unas repisas con sus trajecitos limpios y miradas distantes. Una estampa inocente, pero inquietante. Muy inquietante. De pronto, oí un chasquido y, de forma simultánea, todas movieron sus cabezas hacia mí.
    »Sobresaltado, caí de espaldas y comencé a arrastrarme hacia afuera, pero lo que hice fue golpear contra algo sólido: la salida se había transformado en un tabique polvoriento.
    »Comencé a gritar, o eso creo, ya que estaba al borde del trance; el último recuerdo que tengo es un mar de diablesas de trapo y miradas frías colmando mi visión con los gritos de fondo de mis amigos que al parecer habían oído los míos y no me encontraban.
    »Cuando desperté, estaba fuera de la mansión. Dijeron que me habían encontrado en el suelo de una habitación delirando...
    —Obvio—corta la psicóloga, voz monótona y distante—, no hay que ser terapeuta para ver que esa casa le sugestionó.
    —Ya —trago saliva para encarar la siguiente cuestión—, pero, a partir de ahí, no han parado de aparecérseme muñecas. Al principio solo en sueños, pero un día, después de una de esas pesadillas, en una repisa de mi dormitorio, vi una. Fue algo rápido e intermitente, pero inequívoco, sobre todo su mirada. Desde entonces, no he dejado de verlas. Me acechan...
    —¿Está diciéndome que tiene visiones?
    —¡No son visiones!
    Ella remueve sus hojas. No me cree.
    —Ve alguna ahora —dice al fin.
    Tanteo a mi alrededor con cierto miedo. Puede que uno de esos bichejos ande mimetizado con el cochambroso entorno. Sin embargo, solo atisbo un cuarto descuidado, viejo y polvoriento. Nada más.
    De pronto, oigo otro de esos gritos terroríficos en las habitaciones contiguas, en este caso ha sonado más audible, como si quisiera decirme algo. Me giro sobresaltado. Entonces, veo la puerta abrirse. Es la Nancy entrando y acercándose a la doctora. Esta deja de garabatear, le dice algo y me mira con sus fríos ojos.
    —Señor del Pino —así me llaman—, parece que tenemos que dejar estas sesiones.
    —¿Cómo? —Eso me descuadra.
    Ella parece sonreír a través de su robótico rostro.
    —Obvio: una cosa son traumas, pero visiones..., eso es competencia de otro especialista. Mi ayudante —señala a la Nancy— le proporcionará recomendaciones. Tranquilo, no tendrá que salir del edificio —dice esto último con un tono sarcástico.
    Será cínica, ¿por qué vendría a este sucio y asqueroso centro? La recepcionista carraspea; está esperando en la puerta. No ha cambiado su semblante en ningún momento. La verdad es que da bastante grima. Voy hacia ella, el suelo cruje a cada paso, y salgo a la recepción. Está plagada de gente. Qué extraño. Cuando he entrado no había nadie, pero ahora hay muchas mujercitas vestidas con atuendos infantiles. Una estampa inusual. De pronto, un sonido sordo y todas giran sus cabezas hacía mí de forma sincronizada. Tienen la mirada fría, distante, como si sus ojos fueran de cristal; como si en vez de mujercitas fueran...
    Muevo espasmódicamente la cabeza. A mi lado, la Nancy me observa con la misma expresión desalmada. Me giro más sobresaltado. La puerta de la consulta sigue abierta y la psicóloga sentada con mirada gacha.
    —Doctora..., ¿qué ocurre? —grito.
    Ella gira su cabeza con dos movimientos secos acompañados de un crujido, como de cervicales astillándose, y ojos vidriosos:
    —También es obvio: aún sigue en esa habitación.
    Trastabillo y caigo de espaldas. Muñecas de todo tipo comienzan a colmar mi campo visual. Mientras, los gritos de las habitaciones contiguas vuelven a sucederse. Ahora ya los reconozco; son mis amigos: no creo que me encuentren...




 

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Reto CL: La orden

Nueva entrega del reto de Café Literautas, este mes sujeto a la frase del principito «caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos». Una vez más me gustaría agradecer las desinteresadas colaboraciones de los compñeros de la web: Isan, Isabel Caballero, Estrella Amaranto, Carlos Jaime, Wanda, Bea, Verso suelto, Menta, Lucho, alguno que me deje y todos lo que pasaron sin más


La Orden
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Caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos...
    El líder siempre comienza sus discursos con la misma frase. La gente se aglutina en torno a su púlpito, justo en la cima de la empinada escalinata que lleva de su mansión a la plaza mayor. Por ley es obligatorio. La estratificación social también se percibe en la masa oyente. En la periferia de la misma se unifican los peones, es el rango social más bajo y numeroso, el resto va posicionándose de menor a mayor en relación a la proximidad de la escalinata. La última hilera corresponde a los altos generales. Por encima de ellos solo está el Líder.
    —...Los contrarios a la Orden han intentado derruirnos...
    El gentío parece asentir, victorioso, solo Jonan, uno de los altos generales, no lo siente así. Sobre todo desde que, tras su última misión, dejó de administrarse la droga; ese compuesto que fue impuesto para mitigar los ánimos sociales y transformar al sujeto en algo más cercano a un autómata que a una persona. Se llamó «la vacuna».
    —...Las guerras, los conflictos fronterizos, las crisis económico-comerciales... todo ha sido aniquilado gracias a la Vacuna y la Orden...
    Jonan mira de reojo a sus iguales. Solo los altos oficiales están exentos del control de toma; las dosis se las administran ellos mismos. Pero el resto del pueblo está sujeto a unas normas de control tan exhaustivas que tratar de evitarlas es imposible.
    —...Sin embargo, traigo buenas noticias: la rebelión ¡ha sido neutralizada!
    Ante ese comentario toda la gradería estalla en vítores, todos menos los altos cargos, sobre todo Jonan que todavía tiene en mente esa maniobra macabra. No ha podido aún olvidarla.
    Ya casi no quedaba nada de la supuesta rebelión, solo pequeñas escaramuzas que podrían haber pasado sin pena ni gloria. El batallón de Jonan los interceptó por sorpresa mientras husmeaban en los vertederos periféricos. Solo eran un grupo de niños y mujeres. Gente indefensa buscando alimento que fueron masacrados sin piedad.
    Cuando volvió fue condecorado como el artífice del fin de la resistencia. Pero la barbarie vivida dejó unas secuelas tales que empezó a repudiar todo lo concerniente a la Orden, inclusive, la Vacuna.
    —No obstante, hay una mala noticia —dice entonces el Líder acallando los vítores—, aún no estamos a salvo; entre nosotros hay individuos que han comenzado a rechazar la vacuna...
    Un mar de murmullos se apodera de la plaza. Incluso los altos ejecutivos pierden la compostura y comienzan a susurrar entre ellos. Jonan no puede creérselo. Desde que dejó de administrársela ha sido cuidadoso y ha obrado siempre con el automatismo que muestra la gente... ¿es posible que el Líder tenga otros mecanismos de espionaje que trasciendan más allá de los altos ejecutivos?
    —¡Silencio! —brama el Líder—. Tenemos que dar caza a los nuevos rebeldes.
    Jonan siente la tensión que ese comentario ha provocado en los oyentes. O puede que sea la suya propia reflejada en la gradería. Mira de reojo a los lados. Es posible que de un momento a otro aparezcan dos cazadores y salten a por él. Sigilosamente, desabrocha el seguro que mantiene su arma. Lo cogerán, pero se llevará a alguien a la tumba.
    —¡Atrapadle! —grita de pronto el Líder.
    Jonan da un respingo, y se da la vuelta con el arma en la mano. Pero nadie ha ido a por él. De hecho, ni siquiera sus compañeros se han dado cuenta de que ha sacado el arma. Entonces, oye un grito proveniente del fondo de la plaza. Es un peón; una muchacha. Tres cazadores la han apresado.
    Una vez se la llevan, el Líder vuelve con una renovada perorata, ahora contra la nueva revolución.
    Jonan respira. Había creído que irían a por él, pero solo ha sido una coincidencia. Algo que no entiende. A parte del minucioso y macabro control a que son sometidos, en ese estrato social es imposible sobrevivir sin las tomas obligadas. Entonces se da cuenta de una cosa y comienza a entender: la rebelión es necesaria como otro mecanismo de opresión para mantener al pueblo unido contra algo, aunque sea inventado.
    El discurso se prolonga, pero Jonan tiene la mente en otro lado. No va a permitir que ahora masacren a los pobres e inocentes peones. Es más, piensa sacar provecho de eso. Como alto cargo, puede hacer llamar a quien quiera como maniobra interrogatoria. En la intimidad de su maquinación organizará una nueva rebelión. Será difícil y seguramente acabe muriendo, pero, como dice el Líder, caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos...



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La fábrica de papel






—¿De dónde has sacado tanto papel?
    —¿Esto? Es mi nómina, trabajo en la fábrica de papel.
    —¿Y dónde vas con ella?
    —A cambiarlo por plástico.
    —¿Plástico?
    —Sí, en el Mercatrueque no aceptan papel a cambio de alimentos. Solo plástico para embalar.
    —También la aceptan madera para fabricar palés
    —¡Calla, insensato! La madera está carísima. Además, aún no he podido agenciarme de los ladrillos ¡y mañana me viene la hipoteca!
    —¡Ufff!, ¿pagas mucho?
    —Diez a uno por ladrillo construido.
    —Espera ¿Un interés de 9 ladrillos? ¡Qué ganga!
    —Trabajar en el papel te obliga a ratear aquí y allí. Nuestro producto es de los más devaluados del mercado. Aunque tener que ir de un lado a otro para sacar el mejor trueque es agotador.
    —Ya, pero no hay otra.
    —Bueno, si tuviéramos algo que unificara las cosas todos tendríamos la materia necesaria para intercambiar.
    —Eso es muy bonito, pero imposible.
    —¿Imposible? Imagina que pudieras tener un papelajo que simulara una pertenencia. Con ello podrías ir donde quisieras y adquirir lo que necesitaras.
    —¿Y cómo conseguirías ese papelajo?
    —Existirían unas instituciones financieras que lo proporcionaran a cambio de bienes.
    —Es decir, nuestras pertenencias irían directamente a esas instituciones y estas nos darían un recibo en concepto de deuda, ¿no?
    —¡Exacto!
    —¿Pero tú te escuchas? En poco tiempo se formaría un galimatías de papeles y deudas que ni esas instituciones sabrían coordinar.
    —Bueno, el control sería minucioso...
    —Mira, cállate y vente. Te invito a una cerveza, y sin papelajos de por medio.


Punto Jonbar



Punto Jonbar utilizado en este relato es algo enrevesado y un poco fantasioso. Y eso es por la complejidad de la aparición del dinero. En resumen y a grosso modo es porque, prácticamente, dinero y hombre han ido siempre de la mano. Y es que, aunque en los inicios de la historia el comercio se produjera a partir del trueque, habían recursos que, por su dependencia, tenían un valor superior. El grano o los materiales de labranza eran muy cotizados, al igual que los metales preciosos como el oro y la plata. De hecho, la primera moneda apareció en el s. VII A.C. (en Grecia, Turquía o China) troceando estos metales y acuñadas a martillo y con un peso característico. Sin embargo, su tratamiento era similar al del trueque. El conocido como dinero moderno no nació hasta el s. XVII (aunque en China ya se usaba algo parecido a desde el s XI), cuando instituciones financieras permitían cambiar pertenencias, u otras cosas como oro, por bonos o billetes. Sin embargo, aún no tenía el mismo tratamiento del dinero de hoy en día, ya que cada billete debía tener un valor equivalente en oro en deposito. A eso se llamó el patrón oro. No obstante, la necesidad de una financiación sin fondo a causa de la primera guerra mundial o a las grandes crisis económicas, conllevó a la supresión de ese patrón. Los bancos crearon el Modern money mechanics (mecánica del dinero moderno) y comenzaron a fabricar dinero a partir de deuda (es decir, yo no te presto parte de mis depósitos sino algo que he creado a partir de lo que tú me vayas a devolver). Esa manera de crear dinero de la nada propició un aumento desmesurado de la inflación y una deuda que, junto con otros mecanismos asociados como los intereses, ni devolviendo todo el dinero existente del mundo se llegaría a subsanar. Visto así, cada moneda o billete que tenemos en las manos podría ser algo más que deuda; podría ser algo que alguien ha perdido para siempre. Sin embargo, y como toda buena historia distópica, nos deja con un final inquietante y desalentador, ya que podríamos estar a las puertas de otra revolución monetaria con la incursión tan fuerte que están teniendo las criptomonedas.
    Por esto, y después de tanto rollo, el punto Jonbar elegido en el relato, a parte de fantasioso, sería reuniendo tres hechos en uno: la acuñación de la primera moneda, la aparición del dinero moderno y la desarticulación del patrón oro.