Reto CL: Defenestración circular





La vecina del quinto se ha vuelto a tirar del balcón. Es la cuarta vez esta semana. Hoy ha caído sobre el coche del inquilino del 2º B. Seguro que hay represalias, aunque lo peor es que seguro que los vecinos del bloque vienen a que trate de convencerla para que deje de hacerlo. Se creen que tengo una habilidad innata para convencer a cualquiera de lo que sea. Lo que no saben es que lo que hago es obligar a que la gente haga lo que me apetezca. Es un don.
    O una maldición.
    Me di cuenta en el instituto. El abusón de turno, bastón en mano, estaba haciendo de las suyas:
    —¡Eh, Zanahoria! —ese era mi mote—, dame el almuerzo.
    Suspiré. No podía negarme. Me despedí de mi bocadillo de salchichas no sin antes desear que le sentara mal, que lo vomitara.
    Y ocurrió.
    Al primer bocado, comenzó a gesticular. Luego tiró el bocadillo y se metió los dedos. Una fuente de papilla parduzca salió de su boca junto con espasmos diafragmáticos. Acto seguido, medio repuesto, arrebató el almuerzo a otro niño. Volvió a contraerse y a meterse los dedos.
    Sus compinches lo miraban estupefactos, pero él no dejaba de sisar almuerzos para después vomitarlos. Era divertido. Sus antiguas víctimas, ahora sonrientes, le acercaban sus enseres para verlo agonizar. Él, sin embargo, aceptaba sin rechistar.
    —¿Y qué queréis que haga? —decía a sus secuaces, tono humorístico, casi una canción.
    Siguió haciéndolo día tras día. Paradójicamente, nunca tuvo ningún problema de salud relacionado. Tan solo un trauma a almorzar.
    La siguiente vez fue el día que mi madre entró a casa despotricando del banco. Que si no tenían derecho, que si eran unos ladrones, que ojalá fueran a la quiebra. Y allí fui yo con mi don. Me personé en un banco cualquiera y miré al cajero. Este dejó su teclado y comenzó a tirar dinero por la ventanilla. Algunos lo miraban estupefacto. Otros pasaban y pillaban los billetes. Unos pocos, sus jefes, le gritaban sin consuelo. Él respondía casi en un canto:
    —¿Y qué queréis que haga?
    Sorprendentemente, no lo echaron. Al parecer, mi don no tiene un efecto más nocivo que el propio acto. Solo contrataron a alguien para recoger el dinero y para que le hiciera entrar en razón curtiéndole el lomo a vista de todos.
    Eso me desagradó.
    Puede que el abusón sí lo mereciera, pero esa persona no; solo hacía su trabajo. Así que traté de anular mi maldición con él. Y ahí fue cuando supe que mi don era irreversible y de que no debía volver a usarlo. Solo alguna escaramuza sin maldad, como camareros que no cobran la cuenta, gente sin reparo de cederme el turno en cualquier cola o entrometidos que se pegan coscorrones por llevarme la contraria. Poca cosa. Y siempre con la eterna cancioncilla:
    —¿Y qué queréis que haga?
    No obstante, cuando vinieron esos promotores a echar nuestro bloque a bajo no pude aguantarme. En una reunión con ellos, delante de todos los vecinos, obligué al susodicho jefe de la constructora a tragarse cualquier documento que tuviera su firma.
    —¿Y qué queréis que haga? —comenzó a cantar a sus socios.
    Ahí mis vecinos supieron de mi don, y desde entonces no me han dejado tranquilo.
    Y hoy va a ser uno de esos días.
    El bullicio de la calle va amainando. Por lo visto ya han recogido a mi vecina. El pitido de la grúa recogiendo el coche espachurrado sobrevuela el ambiente. Otro pitido envuelve mi piso: el timbre.
    Suspiro y abro. Es el presidente de la comunidad.
    —Toni, por favor, dile algo a Fanny antes de que sea peor.
    Suspiro de nuevo. Más fuerte. No quiero hablar con la loca de Fanny. Es una vieja que vive apoltronada en su ventana. Se pasa el día fisgando, y desde que se supo de mi don me persigue. Aguarda en su ventana y cuando me ve aparecer por la calle me asaltaba sin reparo. Quiere que hable con su hermana por una herencia de un tío lejano. Es horrible.
    —Juan —digo al presidente—, no puedo hacer nada, de veras. —Y eso es cierto.
    Él se desespera. Por detrás aparecen varios vecinos subiendo a la Fanny a su vivienda. Lleva la cara arañada y una pierna medio doblada.
    —¿Y qué queréis que haga? —les canta a los que la llevan en volandas.
    Luego me mira. Yo sonrío. ¡Ay, Fanny!, ni con veinte defenestraciones dejas de fisgar por tu ventana...

Autorretratos y sonrisas

 


Este relato participa en el concurso del Tintero de oro, este mes homenajeando a Edgar Allan Poe. Yo he tomado como referencia el cuento El retrato oval (título original: The Oval Portrait) es un relato corto escrito por el escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Se escribió en el año 1842 y su título originariamente fue La vida en la Muerte. Este texto, que puede ubicarse en la serie dedicada a las musas muertas, se destaca por la sutil condensación de los motivos: una reflexión sobre el arte, una reflexión sobre el amor y la visión alucinada de un Objeto mágico. Se ha dicho que el retrato del cuento remite a un retrato en miniatura de su madre que Poe conservó siempre consigo. (Wikipedia)
    Espero que os guste.


AUTORRETRATOS Y SONRISAS


—¿Por qué no sonríe? —dice la Varonesa Van Sprongen.
    —¿Eso te llama la atención, querida, que no sonría? —bufa la Duquesa de Ô.
    Yo trato de no hacerles caso, de no mirar el cuadro al que se dirigen. Como anfitrión, aparento estar liado sirviendo el Moet Chandon.
    —La verdad es que nada de esta bazofia vulgar llama mi atención —alega de nuevo la Varonesa.
    —¿¡Vulgar!? —Levanto la cabeza sobresaltado, pero finjo indiferencia repartiendo las copas. Y como siempre sin mirar la supuesta obra «vulgar».
    —Exacto, messie; los artistas os creéis poseedores de la excelencia, pero solo sois niños malcriados.
    Me muerdo la lengua. Mis mecenas, los Varones de Arms y Duques de Ô siguen absortos con el cuadro.
    —A mí me gusta —interviene Don Claude, Duque de Ô—, tiene ese estilo macabro que atrapa. ¿De quién es?
    De golpe, siento sus miradas. Mierda. No quiero hablar del cuadro.
    —Es un autorretrato de Ramiro Ramírez. Un pintor español del siglo pasado.
    —¿Quién? —salta la denterosa Varonesa—, nunca he oído semejante mamarracho.
    Suspiro. Sigo sin mirar el cuadro.
    —Es poco... conocido.
    Todos parecen asentir mientras sus atenciones vuelven al lienzo.
    —Pero ¿por qué lleva un cuchillo? ¿Por qué tanta sangre?
    Inspiro profundamente. Está bien, Ramiro, tú ganas.
    —Porque acababa de matar a su mujer —digo, y al fin lo miro.
    Se forma el silencio. Los ojos de Ramiro me observan con ese punto de fuga hacia delante, esa técnica que hace que el personaje te siga con la mirada.
    —¡Vaya disparate! —La Duquesa corta el hielo—, ¿se autorretraró después de asesinar a su mujer?
    —Bueno —río, ojos fijos en Ramiro—, los grandes artistas son «víctimas» de su arte.
    La Duquesa suelta un bufido.
    —¡Mentira!, los artistas sois víctimas de la patética popularidad de masas
    Se forma otro momento de afasia. El bueno de Ramiro nos mira uno a uno, ensangrentado, cuchillo en mano y esa mueca de dolor... ¿Por qué no ríes, Ramiro?
    —Pero —interviene el Duque—, ¿es cierto? ¿Mató a su mujer antes de...?
    Quisiera reír, negar y mirar abajo. No puedo. Solo mantener la mirada fija en ti. Inspiro y expiro sonoramente. Está bien, Ramiro, está bien:
    —Ramiro Ramírez fue un fantástico retratista. Era capaz de plasmar el alma del retratado sobre el lienzo. Desafortunadamente, como todo gran artista, enloqueció buscando su obra magna: su mujer.
    »Su esposa poseía una belleza que irradiaba de su enigmática sonrisa. Sin embargo, en los retratos, aunque posara sonriente, por alguna extraña razón, aparecía seria y ausente de luz, y Ramiro se obcecó con ello.
    »La obsesión fue tal que su mujer, harta de ello, acabó abandonándolo. Pero él siguió intentándolo hasta que un día, ante su enésima obra fallida, cayó rendido y sollozante. Fue entonces cuando oyó la voz de su mujer llamándole. Se irguió sorprendido, pero no vio a nadie.
    »Entonces, lo entendió: el retrato estaba hablándole. Le decía que no se había ido, que había trabajado tanto en el cuadro que al final consiguió encerrar su espíritu en él. También dijo que no era culpa suya que no pudiera pintarla sonriente, en realidad ella no era feliz; su alma triste estampada en cada uno de los retratos se lo advertía.
    »Ramiro negaba incrédulo. La mujer, acto seguido, comenzó a carcajearse. Eso le enfureció. —Ahora sí ríes—, gritó él. Y, agarrando un cuchillo, empezó a rajar el cuadro. A cada cuchillazo un reguero de sangre salía del lienzo mientras el escarnio de la dama iba aumentando hasta que Ramiro desfalleció.
    »Al día siguiente, el ama de llaves entró en el estudio. Encontró el cuerpo de ella con decenas de puñaladas sobre un lecho de sangre y un cuadro: el autorretrato de Ramiro.
    Apuro mi copa. El resto también. O no. Lo cierto es que en la estancia se ha instaurado un silencio tensado por la mirada del personaje del cuadro, cuchillo en mano y salpicado de muerte roja.
    —¡Patrañas! —la voz de la Varonesa rasga un ambiente tan denso como una quiche de sangre coagulada—, ¡otro psicópata asesino de mujeres!
    —¡Eso! —ahora la Duquesa.
    Yo sonrío.
    —¿Y Ramiro? ¿Qué fue de él? —pregunta el Duque.
    —Nunca se supo; como he comentado, fue «víctima» de su arte.
    Dicho esto, un crujido sale del cuadro. Tenue pero perfectamente perceptible. De hecho, todos se quedan quietos sin quitarle ojo. No, Ramiro; por ahí no.
    —Mejor podríamos ir a cenar... —titubea el Varón, voz temblorosa.
    —Sí —la odiosa Varonesa complementa—, y espero que la carne esté bien pasada y sin corte de sangre.
    Varias risas sobrevuelan la sala junto con comentarios sarcásticos y faltos de tacto. Yo, sin embargo, sigo cara al cuadro. Esa mueca de dolor me atrapa siempre que lo hago. ¿Por qué no sonríes, Ramiro? Cuando la mataste sí lo hacías, ¿por qué ahora no?
    Por detrás oigo un fuerte chasquido y sonoras carcajadas. Así son las altas esferas a las que debemos adorar para que financien nuestro arte. Es lo que hay, Ramiro, ya lo sabes...
    El cuadro vuelve a hacer un tenue crujido.
    No, Ramiro, no voy a retratarlos; son nuestros mecenas, los necesitamos...
    La boca de personaje comienza a moverse, o esa sensación tengo, incluso percibo las comisuras curvándose hacia arriba. Por detrás, mis odiosos invitados claman atención. Eso provoca que la sonrisa se ensanche. Esa sonrisa que tanto echo de menos...
    Está bien, Ramiro..., tú ganas: me los cargo y preparo el lienzo; pero no dejes de sonreír.

Ahora sí (y por fin) podemos decir que no estamos solos






Aunque hoy en día parezca algo sacrílego, la odisea en la tierra de los Seres fue difícil. Su llegada, hace diez años, fue recibida con bastante rechazo social. En aquella época la sociedad estaba bastante revuelta. Los negacionistas alegaron que dichos seres eran otra maña gubernamental para justificar las crecientes crisis energéticas. Por otro lado, los agoreristas, también llamados tragacionistas indignados, alegaban que los Seres no solo eran los culpables de las crisis energéticas, sino también los causantes de la primera Gran Pandemia de 2020 trayendo esos virus mutantes que no crean inmunidad y resistentes a las vacunas. El término alienígena era sinónimo de aversión.
        Las autoridades se vieron obligadas a ceder ante la opinión publica.
    Sin embargo, el parecer social cambió. Los colectivos reprimidos vieron reflejada en ellos su desdicha. Muchos adjuntaron la “A” a sus siglas como parte de la sempiterna protesta por la igualdad. Ese hecho, junto con el desvío de atención de los negacionistas y agoreristas hacia las polémicas imágenes del reverso oscuro de la segunda luna de Marte, cambió el rumbo del malestar alienígena. Rumbo finalmente recompensado, ayer mismo, por el gobierno global: los aliens ya son un nuevo integrante terrícola. Además, a modo de disculpa ante las adversidades sufridas, se ha acordado que son terrícolas no desde ayer, sino desde que llegaron hace diez años.
        Ahora solo queda resolver los trámites con hacienda. Y es que, los nuevos terrícolas se enfrentan a serias sanciones y multas. Algo totalmente entendible; llevan una década evadiendo impuestos.   


Las normas

Las normas
Versión extendida en negrita y cursiva
(Relato fuera de concurso)

Ramiro Ramírez




Se dice que el primer día de trabajo suele ser duro. El mío más que duro fue... delirante.
    Ese día, la agencia era un hervidero. Se había producido un asesinado en un viejo y maloliente piso periférico. Yo, como novato, tuve la ardua tarea de ir a por cafés y rosquillas; y es que, mis jefes se creían policías de verdad. Luego, pedido en mano, me personé en el lugar, sin embargo, en vez de un bloque de pisos viejos y medio andrajosos, lo que me encontré fue una enorme mansión. Me había equivocado, o eso pensé. Pero, los datos eran correctos. Puede que algo no había entendido bien, o puede que estuviera ya delirando. Fuera como fuese, ahí empezó mi periplo.
    De pronto, por la enorme puerta de dicha mansión apareció un personaje joven, mal vestido, con el pelo deshecho y cara pálida, muy pálida.
    —Detective, ¡por fin!, ya pensaba que no vendría.
    Me agarró y metió adentro.
La casa era inmensa. Altos techos, paredes impolutas llenas de contornos dorados y mobiliario antiguo, como si estuviéramos en otra época. El susodicho guía iba poniéndome sobre aviso. Él había llamado al departamento; había sufrido la tragedia en sus carnes.
    Al poco, entramos en un salón tan espacioso que parecía infinito. En él, delante de una enorme chimenea, había un hombre sentado. Era viejo, bastante gordo y con ropajes acordes al lujo del lugar. De frente, en un angosto sofá, permanecían con la mirada perdida dos mujeres y un hombre. Por la vestimenta, miembros del servicio. Mi guía señaló al hombre gordo.
    —Es él.
    —¿Él? —contesté. Ninguno de los cuatro personajes hizo nada, como si no hubieran reparado aún en nosotros.
 —El asesino. Él ahogó a la víctima.
 —¿Qué...? ¿Cómo... lo sabe?
 —Porque es el dueño de la casa.
 Removí la cabeza espasmódicamente.
    —Pero ¿y el cadáver?
    —Ese es el quit de la cuestión: no aparecerá hará hasta que usted averigüe quién ha sido asesinado.
    —¡¿Qué?!
    —A ver, detective —bufó entonces—, una persona de este cuarto ha muerto, y usted tiene que averiguar quién, si no el asesino se irá de rositas.
    Comencé pestañear con fuerza, esto debía ser una novatada.
    —¿Qué juego es este?
    Él se acercó.
    —Esto no es ningún juego. Una persona ha muerto a manos de este tirano —señaló al casero—, y usted debe desenmascararla.
    Eso ya fue demasiado, este tío estaba loco, o eso pensé.
    —Esto es absurdo.
    —Los asesinatos también lo son.
    —Pero —miré de nuevo al casero, seguía ausente—, ¿está usted en sus cabales?
    Él negó visiblemente contrariado.
    —Señor Ramírez, el tiempo vuela...
    Abrí los ojos, casi se me caen.
    —¿Cómo sabe mi nombre?
    Él volvió a negar. Comenzaba a impacientarse. Pero es que era una locura. Tanto el casero como el servicio continuaban quietos con mirada al vacía al frente. Entonces miré al joven paliducho y desaliñado.
    —Vale —dije, más presa de mi nerviosismo de novato que del raciocinio que pudiera tener—, ¿me está diciendo que este hombre ha matado a alguien y que el cadáver aparecerá cuando yo averigüe quién ha fallecido?
    —Exacto.
    —¿Y tal persona está en este cuarto?
    Volvió asentir.
    —¿Y si adivino quién es morirá?
    —Más o menos.
    Torcí el gesto.
    —Pero si no lo hago, no morirá, ¿verdad?
    —Esa persona ya está muerta, señor. Lo único que puede pasar es que, si no lo averigua, el asesino quede impune.
    Comencé a sudar. En la academia había estudiado miles de ejemplos de cómo encontrar a un culpable una vez hallada la victima. Pero, ¿hallar la victima partiendo del causante? Era de locos. Se ve que hay cosas que no se enseñan, solo se adquieren con la práctica, y eso era la mejor y única baza a la que podía agarrarme para afrontar esa macabra situación. Ahí entendí lo de los donuts y el café; necesitaba cafeína y colesterol en vena.
    Los personajes continuaban sin decir ni hacer nada. Solo esperar cual autómatas sin consciencia. Me concentré en el servicio. Mayordomo, ama de llaves y cocinera. Según la extraña premisa de mi guía, uno de ellos debiera ser la víctima. Pero ¿cuál? Estaban sentados en un sofá. Delante había una mesilla con varios objetos extraños y unas hojas, por lo que leí, contratos de trabajo. Eso llamó mi atención. Ahí podía tener una pista. Las pillé y me di cuenta de que no eran contratos, sino palabrería burocrática de semántica enrevesada y técnica.
    —¿Qué es esto? —le dije al guía, papeles en alto.
    —Las normas.
    —¿Las normas?
    —Ya sabe, directrices básicas para el correcto funcionamiento del hogar.
    Volví a ellas. Me perdía leyendo. Las frases eran largas y rebuscadas. El guía rio.
    —No trate de entenderlas, es imposible.
    —¿Imposible?
    —Sí. Por eso son normas.
    —Pero, ¿eso tiene sentido?
    —La verdad es que sí. Los sirvientes solo tienen que seguirlas y listo.
    —¡Ah! —dije, sin entender—, y ¿cómo las siguen?
    Bufó y me las arrebató.
    —A ver, básicamente dice que, por motivos temporales y solo por el bien común, los quehaceres del hogar han sufrido un retoque. A partir de ahora, el mayordomo dejará de hacer sus tareas para encargarse de la cocina.
    —¿La cocina?
    —Sí, porque la cocinera tiene ayudar a la ama de llaves, esa canija no llega a los candiles; ¡cada vez cuesta más encender la luz!
    —Pero eso debería hacerlo el mayordomo, ¿no?
    —Correcto, pero como está con la cocina, no puede encargarse de tales menesteres.
    Negué repetidas veces.
    —Eso es un poco surrealista, ¿no cree?
    —No, son las normas.
    —¡Pero si son absurdas!
    —En absoluto, solo es que no las entendemos, pero para eso está el casero gobernante, él las redactó.
    —Eso aún tiene menos sentido.
    Entonces rio.
    —Pues aún no sabe lo más gracioso, lea...
    Me pasó la última hoja. Una especie de anexo. Traté de leer. Costaba, y no solo por la palabrería rebuscada sino porque la luz comenzaba a menguar. No era de extrañar con las normas de esa casa. Aun así algo conseguí descifrar. Más bien la última frase, aunque cada vez había menos luz, incluso sentía que el espacio se iba cerrando hacia mí: «Y por consiguiente, para finalizar, y por el simple y llano bien comunal, las deficiencias que las nuevas normas pudieran sufragar a los menesteres de la casa debían ser subsanadas por el inquilino de la misma».
    —¿El inquilino? —dije sin levantar la mirada.
    —«Ese soy yo» —dijo el joven desaliñado.
    Entonces, levanté la vista alertado y me encontré con un habitáculo mecido dentro de una oscuridad irreal. No parecía el mismo. De hecho, no lo era. En su lugar me encontraba en un cuartucho pequeño, sucio y maloliente. Ni rastro de la chimenea y mobiliario caro. Ni rastro de ese casero y su servicio. Solo polvo, una mesa con un par de sillas maltrechas y una persona tirada en el suelo: el joven paliducho, el inquilino.
    Él era la víctima.
    —¿Ramírez? —oí a mi espalda.
    Me giré. El detective en jefe aparecía por la puerta del pequeño piso.
    —¿Ha traído los cafés?
    No contesté, en su lugar señalé a la víctima.
    —Es él, lo encontré.
    Mi superior soltó una risotada.
    —Magnífico poder deductivo, novato, lo complicado ahora es saber quién lo hizo.
    Levanté la mirada.
    —No, eso también es fácil: ha sido el casero; lo ahogó.



Imagen extraída de Pinterest, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

La Cúpula




La nada. Ese vacío lleno de ausencia. Sin sentimientos, dolor o pensamiento. Un abismo absoluto y negro con tintes oníricos, como un escozor antiguamente sentido en la boca del estómago mitigado por esa nada que, de pronto, comienza a perder esencia, a disiparse. La oscuridad se va esfumando en torno a una luminiscencia opaca pero en aumento, como si estuvieras saliendo de un túnel. Junto a ella, se asocian otros malestares: un pavimento frío, una opresión en el pecho, el sentimiento de pérdida y un enorme quemazón en la boca del estómago. La vista se aclara y con ella los pensamientos. Tienes la mejilla contra algo. ¿Qué haces en el suelo? De pronto, movido por algo que no entiendes, te incorporas como un resorte. Tienes las manos y tu atención en el estómago. Casi no puedes pensar en nada. Solo mirar hacia delante. Ves una persona. ¿Quién es? Entonces, oyes un estruendo invertido y de tu barriga sale algo que se mimetiza con una voluta de humo que es absorbida por un revolver que sostiene un tipo delante de ti. 
    —zerímaR, adivlo on alupúC aL—dice esa persona. 
    Luego se queda quieto apuntándome. La puerta del ascensor se cierra y comienzas a ascender. En el suelo hay un papel hecho una bola que da un bote hacia tus manos. Jugueteas con él hasta que se despliega. Hay algo escrito. 
    «La Cúpula no olvida». 
    Desfrunces el ceño. Aún no entiendes la gravedad de esas letras. Tampoco te va a dar tiempo.

Aquella segunda mañana

 



La luz entra por mi ventana regando la estancia con ese halo de... ¿de qué? ¿Dónde estoy? 

 Permanezco acostada. No puedo moverme. Las mantas se me enredan como si tuvieran vida propia. A malas penas logro ver el habitáculo. Parece cuadrado. Tiene un enorme armario empotrado que copa toda la pared de enfrente. A un lado la ventana y al otro dos puertas negras. Trato de levantarme. Me cuesta. Eso no me es desconocido. Y es que me asalta el recuerdo de que alguna vez me he visto envuelta en un atolladero similar, pero no estoy segura. Es como si mi raciocinio continuara dormido, o ausente.  Trato de moverme, de salir de la cama. Pero esta me tiene cogida. Hago fuerza y consigo librarme de alguno de sus pliegues. De pronto, aparece un bulto a mi lado, como si algo o alguien hubiera estado agazapado esperando a que lo viera. Otra sensación de deja vu. ¿Qué es este bulto? Creo que no es la primera vez que lo veo. Me incorporo hacia él con cautela, con miedo. Agarro las mantas y lo destapo en un arrebato. No hay nada, solo un montón de pliegues de las miles de mantas que al parecer tiene esta cama. Nada más. Todo es muy extraño, y es que, bajo ese bulto, me esperaba otra cosa.  De pronto, algo me presiona en la espalda. Me revuelvo y encuentro un reloj, uno un tanto extraño, con la sensación de que ya lo he visto antes, aunque no recuerdo de dónde.  Entonces, un ruido proveniente de la ventana lateral me devuelve a la realidad. Aunque esta sea un tanto surrealista. Sin embargo, noto cómo las fuerzas colman mi cuerpo, parece que ya estoy más despierta, o menos aletargada, y puedo moverme con mayor facilidad, aunque mi mente siga sin recordar dónde estoy o cómo he llegado aquí. Me levanto. El habitáculo desprende ese olor a nuevo, a vacío. Asomo a las puertas laterales. Una es un lavabo, la otra conduce a un pasillo. Me interno por esta última y me encuentro varias habitaciones adosadas a él. En una hay una especie de despacho lleno de libros, un piano y varias partituras desparramadas por una mesa de vidrio. Parece un desorden ordenado, aunque no me acaba de cuadrar que yo pueda ser así. Salgo y me asomo en la otra habitación. Es un cuartito pequeño, con un armario empotrado y dos camitas pequeñitas puestas una sobre otra, como un escalón. En ellas, la pulcritud del cuarto en el que me he despertado vuelve a asomar, aunque también la ausencia, el vacío. ¿Qué raro?  Sigo por el pasillo. Este hace una ese y aparezco en un amplio y iluminado salón con un sofá enorme de color marrón en un lado y una tele de frente junto a un enorme ventanal. Todo huele a limpio, pero ese limpio artificial, como de habitación de hotel. En un rincón del enorme habitáculo una gran mesa de comedor permanece solitaria, pero de forma extraña, como expectante. Me acerco con sigilo. Entonces veo una especie de carta o hoja. Es diminuta, como una cuartilla o tarjeta de visita.  «¿Aún no sabes dónde estas?», reza la tarjeta. Letras picudas hechas a mano.  —¿Qué demonios es esto? —me digo. Entonces, oigo algo a mi espalda. Como unos pasos acompañados de unas risillas justo en la entrada del salón. Me giro sobresaltada. No hay nada, pero he podido ver una sombra escondiéndose por la puerta. Con el corazón en un puño me acerco. Pero afuera no hay nada. Todo está como lo dejé. De pronto, otro sonido. Más tenue pero claro. Los mismos pasos y risillas. Parecen provenir de una puerta a la derecha que no había visto. Voy, con cautela, no sé qué puedo encontrarme. Es una cocina. Muy ordenada, olor a lejía con aromas afrutados. Armarios altos, una vitrocerámica algo desgastada junto con varios electrodomésticos y una mesilla al lado de una ventanilla. Pero nada más. Qué raro. Me giro y me topo con una nevera. Hay varias fotos enganchadas en los imanes. Fotos de cosas, como un coche grande y verde, una especie de instrumento musical, una ratoncita con un bonito lazo y otra de esas odiosas tarjetas de visita con su letra picuda: «¿Aún no lo sabes?». —Pero...  No puedo terminar la frase. Otro de esos pasos por detras de la puerta. En ese momento estoy cerca y puedo ver algo correteando por el pasillo, aunque ha sido tan rápido que no estoy segura. Parecía un par de hombrecillo en miniatura, como dos duendecillos de cabellos dorados. Voy tras ellos, o tras la dirección que pienso que han tomado. Tuerzo por el pasillo de nuevo y aparezco en el habitáculo donde me he despertado esta... ¿mañana? ¿Por qué esta mañana? Es extraño, pero por más que lo pienso me parece que hace mucho de ese acontecimiento. Como si hubiera sido semanas, meses atrás, cuando me he despertado en este lugar. ¿Por qué? ¿Quién son los duendecillos? ¿Dónde estoy? —¿Aún no lo sabes? —oigo a mi espalda, voz clara y algo entrecortada.  Me giro sobresaltada y me encuentro a un hombre alto, cabeza despoblada, tez blanquecina y mirada algo desorientada pero amistosa. Entonces me acuerdo, o por lo menos de él sí. Es mi novio, o el que creí mi novio aquella mañana cuando desperté en otro lugar parecido a este. Aunque ahora hay algo distinto. El ambiente y el lugar lo es. De pronto, de detrás de él, brotan dos personitas. Son los duendecillos que he visto antes, aunque ahora ahora no me parecen duendecillos, sino dos angelitos pequeños, dos niños, uno un poco más alto que el otro, pelo rubio y mirada traviesa.  —¿Ya lo sabes? ¿Ya sabes dónde estás?—vuelve a preguntar mi pareja, siempre risueño. Siempre perfecto.  Sonrío. Claro que lo sé. Él se acerca. Los dos niños corretean entre ambos mientras el espacio que nos separa va disminuyendo hasta que quedamos muy cerca, me besa con sus carnosos y suaves labios y me susurra: —«Xiqui», ¿sabes también qué día es hoy? 

El diamante





—¡Compra! —dice el Ser Superior.
    Aparto la mirada del escaparate, pero una vendedor de lotería me corta el paso.
    —¡Compra! —vuelve a decir el Ser Superior, voz fuerte y rápida, como un ladrido.
    Me detento y miro hacia arriba. Está por encima de mí, levitando. Es pequeño, verde, con cuernos, alas y rabo. Parece más un diablillo aceitunado que un ser superior. No sé por qué lo llamo así. Lo peor es su sonrisa, siempre bien puesta, siempre macabra. Lleva años acompañándome y solo me habla cuando veo algún anuncio o cualquier cosa que pueda ser comprada. Una maldita voz en mi cabeza con imagen incluida. Simples alucinaciones, suele decir mi psiquiatra.
    Un autobús ruge por mi lado. Lleva una famosa marca de colonia en un lateral.
    —¡Compra! —ladra de nuevo.
    Retiro la mirada instintivamente y me topo con un comercial repartiendo flyers.
    —¡Compra!
    Joder. Por regla general suelo evitar las calles comerciales, pero hoy en día es difícil. Tuerzo por una esquina y choco con una señora cargada con varias bolsas, algunas de las cuales caen, aunque lo peor está por venir: día de mercado.
    —¡¡¡Compra!!! —El Ser Superior parece hacer chiribitas mientras ladra.
    Trato no hacerle caso. Pero mire donde mire hay algo para comprar. Cierro los ojos y comienzo a tantear la pared, como un invidente. Logro acallar los ladridos, pero entonces, la pared se alisa y enfría. Otro escaparate. Maldita sea. Hoy puede que sea el día que tengan que venir a internarme o que me desmaye totalmente ido.
    Abro los ojos.
    —¡Mierda! —grito.
    Efectivamente, estoy ante el escaparate de una joyería en medio del cual aparece un diamante del tamaño de un grano de café. El Ser Superior se va a volver loco.
    Sin embargo, no dice nada. Qué raro. Miro arriba. No está. A los lados. Tampoco. ¿Qué ocurre? Vuelvo a mirar el pedrusco. Es un diamante blanco, suspendido entre dos tiras doradas que se cierran como un anillo. Una auténtica obra de diseño, ingeniería y belleza hipnótica, hechicera, absorbente...
    —Es precioso, ¿verdad? —Oigo de pronto a mi lado.
    Una chica de casi treinta años aparece, o a lo mejor ya estaba ahí cuando he llegado. Es rubia, tez blanca, luminosa, y unos ojos tan azules que parecen dos bombillitas.
    —Vengo todas las mañanas a verlo —no deja de mirar el diamante—, me tiene enganchada.
    Yo la observo. A ella y en rededor. El diablillo sigue ausente; no entiendo por qué.
    —¿Le puedo contar algo? —me susurra—, tengo la teoría de que ese anillo es mágico.
    —¿Mágico? —carraspeo.
    —Sí. Desprende no sé qué cosa que ahuyenta los malos augurios. Yo vengo todos días y me siento mejor solo con verlo.
    —Ah. —Miro de nuevo el pedrusco pensando que no estoy solo en este mundo, que hay locos en todas partes.
    Sin embargo, esta tierna criatura tiene algo de razón. Desde que lo he visto el Ser Superior ha desaparecido. Y justo tendría que hacer lo contrario, ¿por qué...?
    —¿Le apetece hacer una locura? —le digo de pronto.
    Ella frunce el ceño en una expresión tan inocente como bonita. La cojo del brazo y entramos no sin remirar hacia todos los lados por si el diablillo estuviera agazapado esperando. Pero sigue ausente. Dentro aparece un dependiente, bien vestido y con gafas redondas.
    —¿Qué desean? —pregunta.
    —Puede enseñarnos ese anillo —señalo al escaparate.
    Él sonríe y obedece servicial.
    —Aquí lo tiene.
    Lo agarro con cierto reparo. Es precioso, único, incluso percibo esa sensación de bienestar que me comentaba la chica. Al final va ser cierto que es mágico. Ella lo observa embelesada. Entonces, le cojo la mano y le encajo la sortija. De pronto, su semblante cambia: los ojos se le ensanchan, la sonrisa y tez se le iluminan, incluso la iridiscencia del diamante brilla más. Parece como si ambos estuvieran predestinados. Es maravilloso. Magia, pero de verdad.
    —¿Sabe qué? —le digo al absorto dependiente—, no hace falta ni que me lo envuelva, ¡se lo lleva puesto!
    —¡Cómo! —brama ella—, no... no puedo aceptarlo...
    —Tranquilícese —le digo—, soy inmensamente rico.
    No es cierto, en realidad el anillo vale lo que ganaría en medio año, pero el altruismo bancario me ayudará a pagarlo a cómodos plazos.
    Ella sonríe con su ya habitual timidez.
    —No puedo... —susurra, yo me mantengo inflexible. Este ser junto con el anillo se han cargado al diablillo, todo lo que haga será poco.
    Al poco aparece el dependiente y pago. Ella mira el anillo risueña, soñadora.
    —¿Cómo podría agradecérselo?
    Sonrío. Entonces, ella pilla un papel del mostrador y anota algo, luego me lo da con una alegría nerviosa. En sus ojos veo reflejada parte de mi dicha junto con unas motas verdes un poco raras. Luego me besa en la mejilla y se da la vuelta hacia la salida no sin antes reír de un modo un poco distinto, como más perverso, como si quisiera mostrar otra cosa, como si...
    Muevo la cabeza espasmódicamente, algo no acabo de entender. Entonces reparo en el papel:
    «¡Compra!», dice el susodicho.
    Desorientado, levanto la vista. La chica está de espaldas y abandonando el local. En su hombro aguarda al indeseable diablillo. Sonrisa siniestra, diabólica. Asquerosa.
    —¿Desea... ¡¡¡comprar!!! Algo más? —dice el dependiente a mi espalda.
    Me giro sobresaltado y lo veo, risa macabra plagada de motitas verdes. Ahora lo entiendo, serás cabrón...
    —No tengo elección, ¿verdad?
    Él niega. Yo suspiro y saco mi tarjeta de crédito.

La fiesta de los payasos

 


¿Que por qué una fiesta? Porque la vida es una fiesta, lo que pasa que poca gente es consciente de ello..., sí, ya sé: es complicado, a mí me lo explicó César..., ¿que quién? Pues César..., ¡Cesar Romero, leñe!, el divertido villano, aunque solo como pistoletazo de salida algo infantil; la fiesta de verdad comenzó cuando apareció Jack..., ¡exacto!, el mismo que dijo eso de «¡Aquí está Jack!»; un tipo macabro, retorcido y, sobre todo, dementemente divertido..., ¿en qué sentido?, ja, ja, ja, imagina la risa más sarcástica y aterradora que hayas oído, pues eso..., vale, vale, tienes razón; reconozco que así no basta; falta la parte oscura, la que aportó el pobre de Ledger..., sí, como lo oyes, el mismísimo Heath Ledger; ese tipo era la ignominia pura, la maldad por maldad, por absolutismo..., ¿no lo crees?, te entiendo; nunca hay que fiarse de alguien que siempre va con la sonrisa puesta..., ¿cómo?, ¿tontitos? ¡ah, claro!, tú te refieres a Jared; pero es que todo grupo debe tener a ese amigo apático y medio ausente, aunque no por ello dejamos de quererlo..., ¿que por qué?, porque engrandece la figura del resto, como al último, al bueno de Joaquim..., sí que lo conoces, es el más chalado de todos, pero también el más comercial, cosa que nos ha venido bien: ha hecho que parezcamos menos malos..., ¡claro!, ¿no?, ja, ja, ja..., ¿qué no entiendes?, ja, ja, ja..., ¿Que quién soy yo?, ja, ja, ja..., ¿en serio me estás preguntado eso?


Imagen extraída de Pinterest, si esta sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.


Trampantojo

 





Trampantojo. Ese vocablo te encanta. Es una de esas palabras que provocan desoriente. Como pigricia, o como farisaico; sobre todo usada en la frase «La vida es muy farisaica».
    Así empezaste tu último discurso. Te invitaron para hablar sobre la magia navideña, aunque tuvieras otra intención. Estabas sentado en tu atrio, levantaste la mirada y comenzaste: «En navidades, la pigricia de esta sociedad tan farisaica es un trampantojo en sí». Luego, pausa teatral obligada. El público asentía absorto. Una frase y lo tenías encandilado.
    Había mucha gente. Seguidores incondicionales a pesar de tu evidente desprecio hacia ellos. Gente de la alta sociedad. Todos callados, mirada atenta. Solo uno permanecía distinto. Era de una edad cercana a la tuya, aunque de apariencia destartalada. Parecía un mendigo: sucio, desarreglado, barba larga y blanquecina y una sonrisa fuera de todo lugar. Estaba de pie en medio de todos, como si nadie reparara en él, como si no lo pudiesen ver.
    Ahí sucumbiste.
    Quisiste seguir con el propósito que te habías marcado, un discurso sobre las banalidades navideñas y cómo nos dejamos engañar como lelos borregos, pero ni siquiera pudiste bajar la mirada hacia tus papeles. En tu psique perduraba ese ser cochambroso observándote con sonrisa de medio lado.
    La pausa teatral se tornó algo incómodo. Los espectadores comenzaron a mirarse desorientados. Nadie entendía qué hacías. A los pocos segundos, o minutos, nunca lo has sabido, te levantaste y, sin decir nada, abandonaste el atrio como si fueras un estudiante avergonzado.
    Fue bochornoso. ¡El eminente Ramiro Ramírez derrumbado!
    Horas después, la organización del evento te llamó. Alegaste una especie de indisposición fulminante. No tuviste que dar más explicaciones; tu fama de egocéntrico y el respeto, o temor, que rezumabas hizo el resto.
    Sin embargo, tu martirio acababa de comenzar.
    Tuviste que dejar tus cátedras universitarias. Tampoco te importó. Solo dabas tales clases por prestigio. Detestabas a unos alumnos que te idolatraban. Pero fue ponerte ante ellos, y tu raciocinio se disolvió como te pasó en el discurso navideño.
    Lo de las charlas con tus colegas sí te molestó. Esas quedadas en El Club de los Idiotas, así las llamabas, proporcionaban el alimento que tu ego demandaba. Tu brillantez y elocuencia, que volvía a esos colegas en pardillos estúpidos, te abandonó.
    Poco a poco fuiste recluyéndote. No te quedó otra. La inopia era la alidada en tu día a día. También comenzaste a descuidar tu aseo personal. Ni siquiera te cambiabas de ropa. ¿Para qué? La pigricia por no hacer nada te absorbió como un desagüe mugriento a una cucaracha. Y todo por ese vagabundo, esa especie de engendro fantasmagórico. Algo que ni con todo tu saber llegaste a comprender. ¿Quién era? ¿Qué tenía ese ser que te dejó tan tocado? ¿O tal vez era otra cosa? A lo mejor fue tu vida la que se hartó de ti. Eras un gran erudito, un genio del tiempo moderno. Podrías haber hecho algo grande. Reeducar una sociedad tan farisaica como ti mismo. La gente te escuchaba sin rechistar aunque estuvieras vilipendiando su integridad. Pero no. Tú estabas por encima. Tú y tu lógica decadente.
    Mira adónde te ha llevado.
    Nadie te echa en falta. Vagas por la calle como un engendro descerebrado, un espectro que ha agotado su tiempo. La gente ni te mira cuando pasas entre ellos, como si no existieras. Hace un rato una señora te ha golpeado y ni se ha inmutado. Iba feliz. De hecho, todo lo que te rodea rezuma una felicidad que nunca entenderás: gente jocosa, luces, hilos musicales... No lo sabes, pero es Navidad, de nuevo. Hace un año de esa charla que te dejó en la astenia.
    Un grupo de caballeros te bloquea el paso, de hecho te envuelven y obligan a marchar con ellos, como si fueras parte de su comitiva. Van bien vestidos, parecen esa especie académica decadente a la que pertenecías hace un año. Siguen a uno en vanguardia. Este asemeja altivo, imperial; aunque lo más llamativo es que no es la primera vez que lo ves, pero no recuerdas dónde, y eso llama tu atención.
    Te dejas llevar por el séquito. Es fácil; para ellos eres como invisible. Os internáis por una gran entrada, un teatro o algo similar. Atravesáis un hall lleno de detalles festivos que te dan náuseas y salís a una gran sala plagada de gente sentada de cara a un atrio que os recibe con un fuerte aplauso. El personaje de vanguardia, ese que sientes conocer, se separa y sube al escenario, se sienta y comienza a remover unos papeles. Todos callan súbitamente. Parece que va a dar un discurso.
    Entonces, le reconoces: soy yo.
    Sin dejar de observarme, comienzas a pasar por entre las butacas. A pesar de tu destartalado aspecto, la gente no te hace caso, no te ve. Yo, finalmente, dejo los papeles, levanto la vista y digo:
    —En navidades, la pigricia de esta sociedad tan farisaica es un trampantojo en sí.
    Luego callo histriónicamente mientras miro a un público absorto y listo para tragarse lo que vaya a decir. Pero entonces, me quedo en blanco al reparar en algo fuera de lugar: tú.
    Estás de pie, en medio de todos, apariencia tan macabra como un espectro; eres el fantasma de las navidades pasadas que me observa, me sonríe y parece susurrarme: «Oye, Ramiro, ¿vas a hacer lo que debes o vas a seguir con este trampantojo?».

El extraño puntual

 




Cada día, a las seis en punto, un hombre se para en frente de casa de Ramiro Ramírez. Es alto, sobre cuarenta años y vestimenta elegante. Tiene la mirada amistosa, y no se va hasta que Ramiro sale de casa y se saludan. Puede que que trabaje por la zona o que por alguna razón, su día a día le obliga a quedar atorado justo hasta que Ramiro sale y le espanta. Aun así, lo peor no es la situación en sí, sino hacia dónde se dirige.
    Y es que, llueva o haga sol, cada día, Ramiro siente la imperiosa necesidad asomarse por la puerta y saludar al extraño inquilino. Es como si su mundo se detuviera y con ese acto volviera a reactivarse. De hecho, se ha convertido en una obsesión que no le permite hacer otra cosa; no sale de casa, casi ni se relaciona, necesita tener esa hora libre, salir y deshacer ese surrealista entuerto. Y todo por una situación que podría arreglarse con una conversación.
    Así que llega el día en que, harto, sale al encuentro y le dice que ya está bien la broma, que deje de hacer eso que hace, además, ¿por qué lo hace? El otro se sorprende, porque él no hace nada raro. Vive cerca, suele terminar a estas horas de trabajar y, esto lo dice bien extrañado, lleva años preguntándose por qué todos los días él, Ramiro, justo a las seis, sale de su casa, le saluda y se adentra corriendo.



Imagen sacada de pinterest, si están sujetas a derechos que se me avise y la retiraré

La paradoja de los macarrones inertes

 

La paradoja de los macarrones inertes
(relato fuera del concurso)






A mediados del s. XXII, las cercanías de Alicante sufrieron el fuerte impacto de un objeto extraterrestre. El acontecimiento fue tal que se hizo eco en todo el mundo. Sin embargo, cuando las autoridades acudieron, en vez de un meteorito o algo similar, lo que encontraron fue un gran edificio de comestibles.
    La opinión púbica se llenó de repudias ante tamaña artimaña comercial. La propaganda de las multinacionales estaba yendo demasiado lejos. Aun así, eso no impidió que dicha empresa pudiera llegar al consumidor. Solo el primer día, toda la población colindante ya había saboreado su producto estrella: los macarrones. Aunque saborear no es la palabra exacta, ya que el comestible en cuestión era de una calidad pésima. Parecía más un trozo de cartón mojado que un alimento, como si esa empresa hubiera gastado todo su potencial en la espectacular puesta en escena.
    No obstante, en vez de menguar, prosperó. En poco tiempo, por todo el mundo comenzaron a surgir los susodichos edificios. Aunque su producto único y estrella seguía sin mejorar. Nadie entendía cómo una empresa tan acaudalada pudiera ser igual de chapucea. Pero todo cambió cuando los mencionados macarrones llegaron a Ramiro Ramírez, el jefe de inteligencia y investigación del organismo que dominaba la tierra en ese momento.
    El tal Ramírez se enfrentó al plato de macarrones con sumo interés. Agarró tenedor, pinchó tres y, nada más rozar la lengua, comenzó a escupir uno tras otro. Era una auténtica basura, un producto inerte. ¿Cómo era posible todo el revuelo que había causado? Sin embargo, algo llamo la atención del eminente estudioso; la disposición de los macarrones en el plato seguía una especie de patrón que el había visto innumerables veces, un código binario que no tardó en descifrar: «Destrucción de los humanos inminente, siga normas en platos».
    Todo cobró otro sentido.
    Pudiera ser que esas naves comerciales fueran en realidad naves de otro mundo y que su puesta en escena fuera una toma de contacto. O también que todo fuera una coincidencia. Apresurado, adquirió otro plato para salir de dudas. En este caso, encontró mensajes más sorprendentes: una fórmula matemática que explicaba parte de las paradojas espacio/temporales acaecidas cerca del umbral de sucesos de los agujeros negros.
    No tardó en poner a sus colegas al corriente. No estamos solos, les dijo, unos seres en apariencia inertes habían venido a advertirles sobre su posible extinción. Con esos datos, acudieron a las autoridades mundiales y expusieron sus hallazgos. Solo tendrían que seguir las reglas para conformar la fórmula universal que pudiera ponerles en contacto con el resto del universo. Sin embargo, el presidente del mundo se rio de ellos. ¿Unos macarrones?, dijo, Vaya tontería. Les echó bajo pena de lobotomía, algo muy de moda en esos tiempos.
    No obstante, la cosa no acabó ahí. No se sabe cómo, la gente de a pie se enteró de los mensajes cifrados en cada plato. Mediante plataformas web, comenzaron a descifrarlos. En este caso, la mayoría de ellos no versaba sobre incógnitas del universo, sino maniobras bursátiles y financieras. En pocos días, la bolsa de valores reventó a favor de todo el mundo. Cada individuo se hizo rico de la noche a la mañana. Sin embargo, el sistema no estaba ideado para que todos lo poseyeran todo. Una enorme crisis asoló el planeta. La gente no entendía por qué no podía gastar un dinero adquirido. Se formaron grupos que comenzaron a atacar a las grandes empresas multinacionales, incluidas, las macarrónicas.
    A partir de ahí, esas empresas caídas del cielo dejaron de suministrar macarrones mensajeros.
    Los conflictos se recrudecieron. Una guerra asoló un planeta que se fue quedando sin recursos. Al fin, solo quedó una esperanza; que el tal Ramiro Ramírez, ese erudito mundial, diera con la fórmula universal que les permitiera viajar al pasado y revertir la situación o largarse de este planeta moribundo. Pero al terminar el suministro de platos con código, el eminente científico se sentía como una cucaracha tratando de entender qué es la gravedad por sí sola.
    Todo estaba perdido. Y Ramiro era el que más se arrepentía de ello. Habían tenido en la mano la salvación y la habían perdido. Sin embargo, algo del proceder de esos seres no encajaba. Ellos habían causado tal destrozo. ¿Por qué jugar con la gente para que perdiera la cabeza? Nada tenía sentido. Parecía que los habían utilizado para que la humanidad se autodestruyera y dejara un mundo inerte, al parecer, idóneo para ellos. Sí. Eso tenía más sentido. Habían caído en su trampa. Y todo por su culpa.
    Aun así, no iba a quedarse de manos cruzadas. Todavía conservaba el primer plato, el que había advertido. Habrían sido derrotados, pero no por ello iba a dejar de resarcirse pisoteando algún macarrón. Cogió el plato y, antes de espachurrarlo contra el suelo, se dio cuenta de algo: el mensaje que leyó en su día estaba incompleto, faltaban los tres macarrones que se había llevado a la boca y escupido. Rápidamente, recompuso el patrón y quedó en trance. No se trataba de una invasión ni nada similar, sino de una toma de contacto, una prueba. Habían sido tratados como a las ratas de laboratorio con las que él experimentaba, en este caso en busca de vida inteligente a través de un mensaje claro y, visto en retrospectiva, definitivo: «Para evitar la inminente autodestrucción de la humanidad, no seguir las normas en platos».