Reto CL: El de la limpieza


 



—¿Un café con...? —dice el Doctor Pine, mi único amigo.
    —Nada más.
    —Venga, yo invito; no es ninguna molestia.
    Bajo la mirada. Ya sé que no es molestia, que unas tostadas con tomate, queso y jamón serrano, a mi amigo, no le supondrán nada, pero es que ya llevo mucho abusando de su lenidad. Cada día, aunque solo entre semana, nos reunimos aquí, en su despacho, y charlamos de banalidades. Incluso echamos unas risas. Y sí, casi siempre, me suele convidar al desayuno. Algo que agradezco, mi economía es peor que mi trabajo de mozo de limpieza.
    Él coge el teléfono y hace la comanda. Luego, se recuesta y me pregunta cómo estoy; me ve irregular. Aunque irregular no es la palabra. Más bien extenuado, lívido, exangüe... ¿Por qué?, pues por la insipidez de mi quehacer diario. Él ríe y dice que también se encuentra de alguna manera similar, pero que pasar tiempo conmigo le ayuda a sentirse mejor. No sé si creérmelo; parece una técnica terapéutica, aun así, me relaja. Siempre sabe cómo hacerlo.
    Es un insigne doctor en psiquiatría. Decenas de títulos enmarcados dan cuenta de ello, y, a pesar de estar al cargo de la clínica, una larga lista de pacientes bregan por citarse con él. Sin embargo, aún saca tiempo para charlar con el pusilánime “limpiarretretes” de su amigo. De hecho, si poseo esta ocupación es por él:
    Me contrató a cambio de cama con pensión completa en la misma clínica que dirige. La pega es que el holgado vulgo de trabajadores del centro me aborrece. Tienen celos de mi serendipia y conspiran echarme. Sus miradas les delatan. Incluso, en ocasiones, han intentado hurtarme los bártulos de limpieza, como si estuviera haciendo algo indebido. Menos mal que mi egregio amigo siempre aboga en mi defensa; si no habrían acabado conmigo.
    Al rato, un auxiliar entra con el almuerzo.
    —Déjelo ahí mismo —dice el doctor con su sonrisa de barbián y señalando una mesilla delante de un pequeño sofá.
    Él obedece, aunque, antes de irse, me mira a mí y al carrito de limpieza que tengo aparcado en un lateral y suelta una socarrona sonrisa. Será berzotas. ¿Qué pasa? ¿A ti también te gustaría tener un trato así del Jefazo?
    Sin embargo, el doctor se levanta y me anima a que le acompañe al sofá.
    —¿Sigues tomándote las pastillas que te receté?
    —Claro. —Es cierto, nunca le defraudaría.
    —Bueno, pues tengo otras mejores, siéntate y tómatelas —y al decir eso saca unas capsulitas que deposita junto a mi taza.
    Con la ayuda del humeante brebaje, me trago los medicamentos. Él, sin embargo, se queda de pie, agarra su café, solo ha pedido eso, y se va pensativo hacia el ventanal de la pared lateral mientras yo comienzo a comer y hablar de necedades.
    Al rato, me dice:
    —Sabes, Horacio —así me llaman—, tenemos que cambiar la dinámica de estos encuentros.
    Ese comentario me pilla por sorpresa, casi me atraganto con el último trozo de jamón.
    —¿Cómo? Esto..., sé que puedo ser un estorbo, pero...
    —¿Estorbo? —me corta con una risilla aguda, casi un vagido—, ¡no hombre!, además, no vamos a dejar de vernos.
    —Entonces, ¿qué has querido decir?
    Él apura su café y mira el reloj. Es tarde, lo noto.
    —Por eso no te preocupes, el lunes lo hablamos. Ahora ve a descansar.
    —¿Descansar? —río—, si tengo toda la planta por limpiar.
    —Ya... —Su expresión se torna algo dubitativa—. ¿Y si lo dejas por hoy? Llamo a alguien para que se lleve tus cosas y te vas derecho al cuarto. Además, puede que ese nuevo fármaco haga alguna reacción, así que hazme caso, «es una orden» —termina sarcástico mientas agarra el teléfono. Yo no protesto. La verdad es que, con la panza llena, un poco de sesteo me vendrá bien.
    A los pocos segundos entra uno de mis bascosos compañeros de limpieza. El doctor se aproxima y le dice algo por lo bajo. Entonces, el indeseable coge mis bártulos, me mira con desgana y dice:
    —Vamos, vente.
    Eso me enfurece.
    —No necesito que me acompañes —comento incómodo—. ¡No estoy loco!, solo es que vivo aquí, entre orates, nada más.
    —Maldito interno de los huevos —susurra, aunque lo bastante fuerte para que lo oigamos, sobre todo el doctor que empieza a reprenderle por tamaños modales.
    Yo, sin embargo, doy media vuelta y me largo a prisa para que nadie me siga.
    —Hasta el lunes, Horacio —oigo ya desde el pasillo, eso me reconforta—. Recuerda: tómate las píldoras nuevas.




Imagen tomada de internet. Si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

Astronauta




Astronauta


El domingo suele ser el peor día de la semana. El ambiente es pesado, lúgubre. Anodino. Y todo porque la panadería de mi barrio cierra. El aroma a pan recién hecho es de las pocas cosas que me anima a seguir. Mi desazón es tal que siempre he sabido que mi viacrucis terminaría en domingo. 

    Dicen que nacemos con un pan bajo el brazo, aunque yo lo hice con una venda en los ojos. Aun así, no creo que sea el único. De eso me di cuenta el día que mi infancia empezó a resquebrajarse: cuando me hicieron esa pregunta absurda, engañosa y de respuesta ambigua.
    A la mañana siguiente, mientras una zanahoria invisible nos guiaba por un sendero negro y empedrado, empezaron los bisbiseos. No adiviné de dónde venían, la venda me lo impedía. Al poco, fueron ganando volumen. Se tornaron en voces, alaridos sin sentido bregando por ser oídos, pero lo que hacían era golpearnos hasta perder toda su naturaleza. Un día parecían perros ladrándose entre ellos; otro, el estruendo que pone la inflexión a la peor de las tormentas; ayer, me recordaron al llanto de todos tus seres queridos juntos y hoy, domingo, a terrones de arena desparramándose contra una caja de madera de pino...
    Sin embargo, ese sonido conclusivo ha provocado que por fin se me caiga la venda, aunque solo he visto oscuridad; un final negro, cegado por un porvenir que empezó el día que me formularon aquella traicionera pregunta:
    ¿Qué quieres ser de mayor?

 




Imágenes sacadas de internet, si están sujetas a derechos que se me avise y las retiraré.

Basura



La vecina del tercero tiene costumbre de sacudir el trapo de la mopa por la ventana. No le reprocho nada, hace tiempo aprendí que cada uno tiene sus cosillas. De hecho, años atrás, nosotros también tirábamos la basura por la ventana. Y no estoy hablando del polvo diario que pueda acumularse en un simple trapo, sino de bolsas bien cargadas y chorreosas. La porquería se nos acumulaba con tal rapidez que, con frecuencia, salía disparada por el primer tragaluz que pillara. 
    En aquel entonces vivíamos cuatro; mis padres, mi hermanita Celeste, y yo. Es increíble la cantidad de basura que uno puede provocar, y cuanto más crecíamos más se creaba. Quizá deberíamos haber ideado un sistema para retirar desperdicios antes de que se acumularan, pero al parecer, a mis padres, ese problema no les preocupaba. 
    —Mamá (o papá)—les solíamos decir—, ¿por qué dejamos que se acumule tanta basura? ¿Por qué no la arrojamos al contenedor? 
    —Basura..., ¿qué basura? —nos decían con el morro arrugado. 
    Siempre salían con ridículas evasivas para desviar el tema y que no nos preocupáramos, como, si en realidad, la cantidad de desperdicios que íbamos acumulando no existiera. Y es que, mis padres, eran las mejores personas del mundo. Se desvivían por nosotros. Dedicaban todo su tiempo para darnos lo mejor, y ello conllevaba ese ingente acumulo de escombros. Un problema que nos salpicaba a nosotros también, y más cuando parte de desechos saltaba inevitablemente a la calle o al patio vecinal. Aun así, por alguna extraña razón que nunca entendí, la comunidad de vecinos nunca lo tuvo en cuenta; incluso la administración pública hacía la vista gorda. Pero eso no debía ser motivo para seguir viviendo así. 
    Sin embargo, y a pesar de todo, había una época en la que la casa se quedaba limpia de esos problemas: la Navidad. 
    Inexplicablemente, esos días, aún teniendo mayor número de comidas y visitas, la casa rebosaba de una salubridad fuera de todo pronóstico. Eran días mágicos. Pasábamos gran parte del año añorándolos, sobre todo cuando volvíamos a convivir con nuestra apestosa y mugrienta inmundicia. 
    —Papá, ¿y si hacemos como en Navidad? 
    —¿A qué te refieres? 
    —A la basura, ¿por qué no mantenemos la casa como si fuera Navidad todo el año? 
    Mi padre se rio. 
    —Mira, Gaspar —ese no era mi nombre, era el mote por ser pelirrojo, se difundió tanto que hasta mis padres me llamaban así—, esos días tan señalados pueden darnos una sensación equivocada, pero hay que ser realistas.. 
    «¿Realistas?», me reí por dentro, porque, aunque mis progenitores fueran un ejemplo en casi todas las cosas, había una en la que no lo eran. Y yo iba a corregir tal aspecto. 
    O por lo menos intentarlo. 
    Un día, a la vuelta del colegio, ya no pude aguantar. Un reguero de desperdicios había formado un río vertical desde las ventanas a la acera. Grandes pegotes marcaban ese cauce bochornoso partiendo en dos la fachada del edificio. Quizá a mis padres no le molestara, o no pudieran remediarlo, pero ya estaba harto de esa apestosa vergüenza. 
    Me calcé los zapatos de hacer deporte, me agencié del carrito de la compra que teníamos para menesteres de carga y descarga y comencé por las bolsas más chorreosas. Estuve toda la tarde. Acabé exhausto y con un hedor a vida podrida como compañero de fatigas, pero por fin lo había conseguido. O por lo menos eso pensaba a la vuelta de mi enésimo viaje al contenedor de la calle. Pero entonces, al entrar en casa, me di cuenta de que volvía a estar hasta arriba de porquería. Ni siquiera un pequeño claro diáfano entre tanta inmundicia, como si en realidad en toda la tarde no hubiera recogido nada. No lo entendía. Minutos antes había retirado los últimos desperdicios, esa imagen quedó grabada en mi memoria. Además, como prueba tenía los contenedores contiguos a mi casa; no cerraban de tanta porquería. Pero aun así, mi hogar volvía a ser el mismo vertedero. 
    Preso de una desesperación fuera de lugar, empecé a gritar sin consuelo. 
    —¿Gaspar? —oí de pronto a mi espalda. Era mi madre que aparecía por entre bolsas rotas y cartones roídos—, ¿qué pasa? 
    —Nada. —En principio no quise decirlo, sabía que me respondería con las típicas evasivas. 
    —No lo parece..., venga, ¿qué ocurre? 
    —Pues —pero al final desistí—, ¡no aguanto más vivir entre tanta basura! 
    —¿Basura? —contestó con su habitual sarcasmo—. Aquí no hay... 
    —¡No! —grité—, estoy harto de que me vengas con esas. La mierda nos sale por las ventanas, es bochornoso, y vosotros hacéis como si no pasara nada..., ¡no aguanto! 
    Mi madre me miró con ternura. Incluso una sonrisa afloraba con timidez. 
    —¿De verdad te ocurre eso? —se acercó. 
    —¿Te parece poco? —empecé a sollozar—, se nos como la mierda, es un grandísimo problema, ¡pero os da igual! 
    —¡Ah! —comenzó a acariciarme el pelo, algo que solía hacer cuando estaba triste—, ¿sabes? —dijo de pronto, su voz sonaba dulce—, los problemas van a estar siempre, es algo con lo que nunca dejaremos que lidiar. Pero solo si los vemos como tal se hacen realidad. 
    Me separé de ella con resignación; pensé que estaba elaborando otra nueva evasiva. 
    —¿Qué...? ¿Qué quieres decir? —suspiré. 
    Ella calló unos segundos, rio y dijo: 
    —Lo que quiero decir es que te preguntes si lo que estás viendo, ese problema que tanto te aflige, es basura de verdad u otra cosa... 






Cena al estilo infierno

 




Antes solían juntarse cada semana. Ahora de tanto en tanto. Si no fuera por Chema, el anfitrión y dueño de la casa donde van a cenar, cada vez lo harían menos. 
    Ari y Alberto han llegado primero. Ella siempre perfecta, demasiado, sobre todo por el excesivo maquillaje. Él, tan musculoso como de costumbre y alardeando de sus negocios. Al poco, aparece la segunda pareja, Toñi y Gonzalo. vienen discutiendo, algo normal. 
    La velada comienza en la cocina, bebiendo vino y con los continuos reproches de Toñi y Gonzalo amenizando cómicamente la conversación. 
    —¡Pues no me dice que estoy más rellenita! —brama Toñi señalándolo. 
    —Te he llamado fornida —contesta Gonzalo algo colorado. 
    —Madre mía —entre las risas de sus compañeros, Ari interrumpe—, Toñi, ¿cómo le aguantas? 
    —¡Si es un cumplido! —Gonzalo trata de defenderse. 
    —Mira... —Toñi apura de un trago su vaso—, me niego a que un tío fofo y medio calvo diga que estoy gorda. 
    Las carcajadas empiezan a ser contagiosas, incluso Gonzalo suelta una risilla. De pronto, suena el timbre. 
    —¡La comida! —salta Chema—, id al comedor. 
    Entre risas y reproches, obedecen. Están felices, tenían ganas de verse. Llegan al comedor y entonces, Ari, que ha entrado primero, se detiene. 
    —¿Esperamos a alguien? —señala la mesa, esta aguarda con una vela en el centro y seis juegos de platos y cubiertos. 
    Al poco aparece Chema con la comida. 
    —¿Nos la vas a presentar ya? —le dice Ari juguetona, sus dientes resaltan luminosos. 
    —¡El solterito ya está emparejado! —ríe Gonzalo—, al final todos caemos... 
    Toñi le de un codazo, el resto espera a ver qué dice Chema. 
    —¿Yo? 
    —Venga Chema, suéltalo..., has puesto la mesa para seis —Alberto apunta hacia el sexto plato. 
    Chema mira y se cerciora de que tienen razón, aunque es cierto que no esperan a nadie más. 
    —Lo habré puesto sin querer —comenta risueño—, últimamente se me va bastante la pinza. 
    Después se sienta, insta al resto a que lo haga y, ante sus extrañas miradas, comienza a repartir la comida. 
    —¿El pescado era para? —pregunta por preguntar, sabe que es para Alberto—, y esta gran ensalada para la reina del fitness —le da el plato a Ari—, y ¿cómo no? Las brochetas de cordero bien grasiento para la parejita feliz —Gonzalo mira de reojo a Toñi, esta se la esquiva—, yo el arroz frito y... ¿esto? —en el fondo de la bolsa aún queda algo—, ¿«Costillas al estilo infierno»? —lee en la tapa del último envase. 
    Todos fruncen el ceño. 
    —Será para tu novia imaginaria —dice de pronto Alberto. 
    Una sonora carcajada secunda el comentario. 
    —Se habrán equivocado —comenta Chema ajeno al escarnio. 
    —Pues mira, ¡por si Toñi se queda con hambre! —brama Gonzalo, el cual se lleva varios capones, y no solo de su novia. 
    Chema las abre y un apetitoso aroma inunda la estancia. Tanto que deciden comerse antes que nada esas «costillas al estilo infierno». 
    —Está buenísimas —comenta Ari. 
    El resto asiente. 
    —¿Sabéis? —dice entonces Chema, masticando y sin dejar de mirar su plato—, esto me recuerda algo... 
    —¿Las costillas? 
    —No, la situación... Hace poco leí una historia, cinco amigos se reunieron para cenar y les ocurrió lo mismo. 
    —¿Se comieron la cena de otro? —ríe Toñi. 
    —Sí —comenta Chema sin levantar la mirada del plato—, también se encontraron con una ración de más sin esperar a nadie. Pensaron que era fruto de errores, pero se equivocaban... —por fin levanta la cabeza—, había alguien entre ellos: el diablo. 
    Un tenso silencio se adueña de la habitación. Solo la vela parece moverse. Entonces, Chema empieza a reírse. 
    —¡Vaya cara habéis puesto! 
    Los demás resoplan. 
    —Joder, tío, me lo estaba creyendo —comenta Gonzalo. 
    —Bueno..., la historia es cierta —Chema rellena las copas. 
    —Ya —Alberto ríe y agarra el vaso—, pero aquí más que el diablo ha sido tu novia imaginaria. 
    Ese comentario debería haber provocado nuevas risas si no fuera porque los platos y vasos de la mesa comienzan a quebrarse a la vez. Todos dan un respingo y se levantan como un resorte. Ari y Toñi se acurrucan en los brazos de sus novios, estos se miran con los ojos bien abiertos sin saber qué pensar. Entonces, otro estruendo de platos rotos los asalta desde la cocina. Ahora sí saben qué hacer: salir de allí. 
    Rápidamente, se internan por el pasillo que conduce a la salida. En pocos segundos deberían llegar a la puerta, sin embargo el pasillo parece extrañamente largo, incluso más oscuro. No entienden nada, pero tampoco quieren entender, solo escapar. De pronto, se topan con lo que parece el final de ese extraño pasadizo, lo atraviesan y se quedan de piedra: vuelven a estar en el comedor que acababan de abandonar, aunque en este caso la única luz es la que emana de la rojiza y tenue vela que continúa prendida en una mesa que parece invitarlos a sentarse. 
    Alarmados, se giran para volver por donde han venido, pero la apertura que les ha devuelto al comedor se ha convertido en una sólida pared. Están atrapados, sin entender nada y tan tensos que no son capaces ni de moverse. 
    —Chema... —comenta entonces Ari casi sin querer—, ¿cómo terminaron el grupo de amigos de tu historia? 
    Él mira a cada uno de sus mejores amigos mientras siente una punzada atravesándole el pecho. 
    —Sobrevivieron, aunque no todos —titubea—; solo tuvieron que devolver algo equivalente a lo que nunca debieron tomar... 


Imagen tomada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.



Desconcierto


 

1


En la tienda de Mario está siendo una jornada tediosa. Es medio día y aún no ha entrado nadie. Ha repuesto las estanterías y realizado los quehaceres previos varias veces. Solo falta la clientela. Pero, como he dicho, el día está siendo pesado, aunque esa no es la palabra exacta, más bien... apacible. De hecho, por la calle no se percibe nada, y eso que es la avenida principal. 
    Sale afuera. Una quietud desconcertante le envuelve. Empieza a caminar calle arriba. Ni tráfico ni gente ni siquiera un tímido ulular ventoso. Grandes y sombríos edificios le observan como si fuera un extraño. 
    De pronto, aparece algo al fondo. Una persona con caminar tambaleante pero rápido. Eso le relaja, pero solo el instante en el que este se acerca, le bordea y ve su cara, o más bien su no cara: un amasijo de pliegues carnosos ocultan su rostro. Se da la vuelta desconcertado y contempla su errático desplazamiento. Entonces oye algo por la espalda. Se gira y da un respingo: una estampida de estos seres sin rostro va hacia él. Horrorizado, corre hacia el cobijo de su tiendecita, pero el vulgo de humanoides trastabillosos le cazan y empiezan a sortearlo. Eso debería aterrarlo más, pero no tiene tiempo; en ese instante, nota un estruendo por detrás. No una explosión, sino algo sordo que ha tensando el ambiente hasta casi detener el tiempo y su propia fuga conjunta. Lentamente se da la vuelta reanudando la carrera marcha atrás, pero... 
    —¡No...! 

Continuará...

2

María lleva un toda la mañana sin levantar la cabeza de su escritorio. En la oficina la llaman la antisocial; no congenia con nadie. Cada día llega con sus auriculares y comienza a trabajar al son de la música. Hoy toca «Jethro Tull». 
    A las doce decide dar un parón y relajarse. Levanta la cabeza y la estancia le devuelve una imagen inaudita: está completamente sola. 
    Desorientada, se aproxima al ventanal. La avenida aparece vacía. Sin coches ni gente. El rock-barroco de sus auriculares rocía la visión con tintes oníricos. De pronto, aparece a un grupo de gente. Van en manada. Sus caminares tambaleantes le desconciertan, sobre todo porque reconoce a ciertos compañeros entre el gentío. La distancia que los separa es grande para ver sus facciones, pero los ropajes son reveladores. Entonces, subiendo en dirección contraria, aparece un hombre. Este, al verlos, se para y trata de dar media vuelta, pero por alguna razón se detiene, vuelve a girarse, cae de rodillas y empieza a arañarse la cara. 
    Esa acción le estremece. Se quita los auriculares, asustada. Entonces, nota algo en la avenida. Nada audible, sino una explosión sorda que tensa el ambiente. O más bien lo contrae. De hecho, la calle comienza a ondularse, como el reflejo de un estanque movido por el impacto de una piedra. Al poco, esas ondulaciones lo colman todo, incluido ella que cae y empieza a sentir un dolor dentro de su cabeza; dolor que quiere sacar de alguna manera, aunque sea a arañazos... 

Continuará...

La dama blanca


Seguimos con una nueva edición de la web de Café literautas. En este caso era escribir una leyenda de tu lugar de origen. Yo escogí una muy especial que en algunos aspectos está basada en hechos reales. Muchas gracias a mis compañeros Estrella Amaranto, Isabel Caballero, Isan, Esther, Verso Suelto, Shire, Hercho, Amilcar y todos los que han pasado a leerme y mejorar la historia.

Espero que os guste.

La dama blanca



 




Cada lugar tiene su encanto, sobre todo por las leyendas propias que entretejen gran parte de su esencia. No hay nada como vivir en un pequeño pueblecito plagado de ellas. Brujas, casas encantadas, sanatorios abandonados... Historias que quedan insertadas como parte de un gentilicio. Sin embargo, hay algo que está por encima de las propias leyendas: haber vivido una.
    Ocurrió durante el verano de mis dieciocho. Aquella época se erigió como el auge del ocio nocturno: guateques entre pueblos, fiestas improvisadas en descampados solitarios, noches de cháchara al calor de una buena amistad... Fue en uno de esos eventos cuando uno de mis amigos nos contó que se había topado con un fantasma. Iba con su coche camino de casa y una mujer totalmente vestida de blanco se le manifestó en el fondo de la calle. No le dio mayor importancia, pero cuando estuvo a unos metros de ella, esta se inclinó hacia un lateral donde un recoveco oscuro la absorbió como por algún arte maligno. Era un chico que le daba de bien a la botella y todos nos reímos de su particular delirium tremens.
    Más tarde se le apareció a una chica que iba a pie por la misma calle. En este caso no desapareció cuando estuvo cerca, o por lo menos no de una manera tan abrupta. Dijo que iba por la acera contraria, que parecía levitar con mirada perdida, que vestía un largo camisón blanco, que tenía pelo lechoso encrespado a juego con una tez pálida, casi transparente, y que cuando estaban a pocos metros de distancia, en lo que tarda un parpadeo, desapareció por un recoveco que formaba un estrecho callejón oscuro.
    A partir de ese momento, las apariciones fueron sucediendo con mayor asiduidad. Las fiestas de verano empezaron a mitigarse por miedo al fantasma. Sin embargo, éramos jóvenes, y tarde o temprano las ganas de juntarnos a la luz de la luna estival serían más fuertes.
    Y ocurrió.
    Un día, después de una quedada mañanera, a dos amigos y a mí nos pilló la noche. No sé si fue el grado de euforia etílica o qué pero decidimos continuar nuestra velada, es más, nos propusimos a buscar al fantasma y terminar con ello. Compramos cervezas, un par de paquetes de cigarros y pillamos media discografía de Radiohead en cintas magnetofónicas. Montamos en un coche y aparcamos en un extremo de la calle maldita. Agazapados entre los demás autos, como parte del conglomerado parking callejero esperamos, escuchando música y fumando. Pero el fantasma no aparecía. La verdad es que ninguno de los tres lo habíamos visto, y, cuando el reloj marcaba las tres y media empezamos a pensar que todo era una invención producto de las dañadas percepciones posfestivas. De hecho, yo nunca lo creí de veras. Pero entonces, entre la neblina de vaho matutino, la vimos.
    La dama blanca era algo espeluznante. Ataviada con un camisón blanco y rostro y pelo del mismo color. Apareció por la acera de enfrente. Se desplazaba con prisa, como si levitara con la insistencia de hacer un poco de deporte. De pronto, hizo algo inapropiado para su condición espectral; justo en el paso de cebra que teníamos delante se detuvo, miro a ambos lados y, al cerciorase de que no venía nadie, cruzó.
    No sé si fue por la cerveza, por la nicotina o por el rayante guitarreo de Jonny Greenwood, pero al verla tan cerca los tres pensamos lo mismo: embestirla. Mi amigo arrancó y fue a por ella. Esta, al vernos, reviró buscando sus bien añoradas sombras, pero en ese momento solo encontró un muro con el único cobijo que la falta de escapatoria. Entonces se giró y empezó a gritar socorro, y es que eso que teníamos delante no era un espectro, ni un fantasma, sino una mujer mayor que temía por su vida.
    Al día siguiente nos personamos en su casa para pedirle disculpas. Por lo visto era una mujer con una de esas extrañas enfermedades a las que no le puede dar el sol, por eso estaba tan pálida, que se había instalado en un pueblo apartado en busca soledad, tranquilidad y serenos paseos nocturnos. Tampoco quería que la gente supiera de ella, por eso se escondía cuando veía a alguien. Que saliera en ropa interior antigua no se lo preguntamos, aunque días después la volvieron a ver, pero en este caso vestía un chándal rojo bermejo y sin reparo de que la vieran; seguramente y gracias a unos pobres dementes que un día decidieron jugar a cazar fantasmas.



Imagen sacada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

Un gran día







Estoy bien. Muy bien. Creo que nunca me he sentido así. Y eso que el scotch que sirven en este antro es acorde a su apariencia. Ya pensaba que estos locales se habrían extinguido: mesas roñosas con su juego de sillas enclenques, barra pegajosa y carcomida, estantes de botellas viejas bajo un sucio y agrietado espejo rectangular... Aunque lo más típico es esa perpetua penumbra solo contrastada por un pequeño televisor del siglo pasado que, colgado arriba del espejo, no deja de emitir macabros noticiarios. A estas horas de la madrugada es lo único que hacen, como si fuera necesario proporcionar vívidas pesadillas a noctámbulos enfermizos.
    —¿Quiere más? —dice el educado y bien vestido barman, traje color crema con chaleco y pelo repeinado de lado, algo que destaca sobre el cochambroso local.
    Asiento, aunque el whisky sepa a meado amargo. Él deja de sacar brillo a un vaso que debería estar disfrutando de una merecida jubilación y me rellena el mío. Un ruidoso coche patrulla pasa corriendo por la calle bañándonos con su azuladas luces.
    —Menuda hay montada —dice de nuevo mi elegante barman—. Desde que han encontrado a esa pareja mutilada aquí al lado no han dejado de pasar policías. ¡Menudo psicópata!
    Eso me extraña.
    —¿A qué se refiere? —pregunto—, ¿por qué un psicópata y no un asesino?
    Él deja la botella y coge un largo y afilado cuchillo de cocina que tenía a mano.
    —Eso se suele decir... —mueve el arma en el aire con una habilidad pasmosa.
    —Ya, pero ¿qué diferencia hay entre ambos?
    —Uno mata por algún motivo y otro porque sí.
    —No estoy de acuerdo —comenta un joven parroquiano bien trajeado que ha brotado a mi lado, como si hubiera permanecido largo rato mimetizado en la penumbra. Sostiene un pequeño cuchillo con una especie de estrecha apertura cortante en el centro de la hoja, como esos utensilios de cocina que también se usan para pelar frutas.
    —¿Por qué no? —pregunto mirándole.
    Él ríe y comienza a pasarse su estilete por entre los dedos cual malabarista.
    —Los psicópatas matan por necesidad —dice al fin.
    —Ya... —comenta el barman frunciendo el labio en señal afirmativa y apuntándome con su facón—, aunque un psicópata no mata de cualquier modo; disfruta de ello.
    El joven asiente mirando su cortador como un niño miraría su juguete favorito.
    Entonces, de una puerta lateral sale un mujercita rubia con el pelo recogido y ataviada con elegante pantalón de traje y camisa ceñida. Es hermosa y delgada, sus pechos se remarcan pequeños pero perfectamente formados. Se acerca a nosotros, no hay nadie más en el bar, y se sienta encima del joven. Acto seguido le quita el pequeño cuchillo y empieza a apretárselo contra el cuello.
    —¿Todavía seguís con vuestras rayaduras de cabeza? —dice como si supiera de lo que estábamos hablando. Él, sin embargo, la agarra con fuerza y le besa sin reparo a que ella pueda rebanarle media tráquea.
    No puedo dejar de mirarlos, se han convertido en los dueños de mis vergencias. De los besuqueos pasan a los lametones. Ella desliza la lengua hasta el cuello, donde mantenía el cuchillo apretado, y comienza a succionar la pequeña hoja de forma obscena...
    —¿Hay alguien? —Oigo de pronto a mi espalda.
    Me giro. Un agente de policía vestido de civil, o eso adivino por la placa que tiene enganchada en la trabilla del pantalón, asoma por la entrada.
    —¿El dueño? —comenta mientras entra.
    Vuelvo la atención a la barra y me veo solo. El barman y la lujuriosa pareja se han esfumado, como si nunca hubieran existido.
    —No está —titubeo poniéndome en pie y alisándome el pulcro traje—, pero no se preocupe, estoy al cuidado del bar en su ausencia —sonrío.
    Él se desparrama en el taburete donde segundos antes había una pareja. Yo me interno detrás del mostrador con cuidado de no tropezar con los restos del barman que han quedado esparcidos en la otra parte de la barra con la cara desfigurada y un gran cuchillo de cocina clavado en el pecho. Después cojo una botella y lleno un vaso que él apura de un trago.
    —¡Ah! —gruñe luego haciendo amagos para que rellene la copa—. ¡En mi vida he visto nada semejante!
    —¿A qué se refiere?
    —A la matanza de una pareja a unas manzanas de aquí... El cabrón les ha cercenado la piel a tiras; no sé cómo coño lo habrá hecho.
    Meto la mano en el bolsillo, acaricio mi preciado cuchillo pelador y me relamo recordando ese memorable evento. Él apura su vaso y vuelvo a llenárselo. Entonces, a su espalda, al fondo de la sala, se me vuelven a aparecer mi colección de almas encabezadas por el barman y la parejita feliz, aunque en este caso están callados y riendo de una manera exagerada hacia el poli. O más bien picándome a que engrose mi lista. «Serán cabrones», pienso, pero ¿por qué no? Después de todo, hoy está siendo un gran día…
    —¿Qué pasa? —dice volteándose hacia el fondo y luego hacia mí—. ¿De qué se ríe?
    —Nada, nada... —trato de serenarme—, es decir, ¿puedo preguntarle algo? —pero empiezo a reírme de forma ofensiva.
    Él se incorpora molesto.
    —¿Le ocurre algo, amigo?
    Yo, aún sonriente, me acerco mientras saco mi cortador sin que se dé cuenta pero sin dejar de mirarle la yugular y le susurro:
    —Dígame, ¿sabe la diferencia entre un asesino y un psicópata?







 

Black Mirror: La red fantasma

 Hola a todos. Regresando con la web de Café literautas en la segunda temporada. El primer reto nos han pedido escribir un capítulo de una serie televisiva. Yo elegí la saga de Black Mirror. Espero acercarme a ese estilo, pero sobre todo que os guste.


Red Fantasma





Hoy es el aniversario de mi muerte. Sonará increíble, de hecho solo una persona ha llegado a creerme. Sin embargo, algo de mí ha quedado arraigado a la vida. No he sabido el porqué, aunque sé que está relacionado con el hecho que marcó mi defunción: fui asesinada. 
    El hijo de perra que lo hizo fue muy hábil. Encontraron mi cuerpo hasta arriba de “Ritalín” y decretaron que había muerto por sobredosis de “anfetas”. Yo era una de esas personas que vivía de las redes sociales. Era muy popular, una estrella, tenía cientos de seguidores día a día besando cada tontería que hiciera. Y como pasaba tantas horas delante de la pantalla abusaba del “Ritalín”, pero lo hacía con cabeza; al contrario de cómo se pensó. 
    Cuando se supo, el muro de la red que más usaba se llenó de condolencias. Pero esa avalancha de panegíricos, en vez de proporcionarme la paz suficiente que me catapultara hacia la otra vida, produjo una rabia por contar la verdad; rabia que se transmitió a través de mi vida virtual que decidió no abandonar este mundo. 
    Uno a uno, fui contestando cada comentario, «me han asesinado», «ayuda», «todo es mentira»..., pero nadie me creyó. Mis seguidores pensaron que un hacker había pirateado mi cuenta y empezaron a bloquearme. A las pocas horas, de los cientos de miles de seguidores solo una persona no me había puesto ese candado virtual; la cual, cuando estuvimos asolas, me escribió: «te creo». 
    Eso fue esperanzador. 
    Me metí en su espacio. El perfil estaba vacío. Parecía un usuario fantasma. No tenía amigos y, desde hace un año, solo me seguida a mí. Era lo único que hacía: ver y darle un «me gusta» a todas mis entradas. Le escribí, pero solo conseguí estrellarme contra su muro sin que él reaccionara. A los pocos días, me convertí en un apenado espectro virtual vagando de mi perfil al suyo a la espera de que alguien pasara. 
    Un mes después, recibí una sugerencia de amistad. Mi único contacto había empezado a seguir a otra persona, y eso produjo que yo pudiera enviarle una solicitud de seguimiento. Sorprendentemente, ese usuario me acepta. 
    Mi nueva seudoamiga tiene miles de seguidores. Me dedico a observarla, avasallándola, correría el riesgo de que me bloqueara. Como mi antiguo yo, se despoja con gran facilidad de su intimidad. Todo lo concerniente a su existencia es expuesto sin tapujos. En poco tiempo, sé más de ella que de mí misma: problemas, sueños, adicciones... Entonces lo entiendo; si yo hubiera sido una asesina no habría tenido ningún problema en asestarle cualquier atrocidad. Eso me había pasado. Alguien se obsesionó conmigo y, cuando conocía cada detalle de mi vida mejor que yo misma, perpetró el asesinato perfecto. Y al parecer, ese alguien, ha elegido una nueva víctima. 
    Llegados a ese punto pienso que debo avisarla, pero ¿cómo? Cualquier cosa que diga sonará a locura. Entonces se me ocurre hacerlo el día del aniversario de mi muerte. Aprovechar ese hecho, valerme de mi destreza de “influencer” y elaborar la mejor de las peroratas; sin ñoñerías ni emociones, solo crudeza excluida de toda adulación... Un mensaje claro y directo y tan bien empaquetado cual bomba de relojería. 
    Pero algo escapa a mis planes. Justo el día señalado, segundos antes de soltar el paquete, ella muere. Lo sé por los mensajes de condolencias que empiezan a colmar su muro. Un accidente, o eso se dice, aunque sé que no es cierto. Ni siquiera me ha hecho falta leer las contestaciones de su fantasma digital desmintiéndolo. Sin embargo, nadie la cree y, como a mí, a las pocas horas se queda sola con dos seguidores: yo y el indeseable que se ríe en nuestra cara y le dice el mismo «te creo». 
    Ella continúa hablándonos, también a mí, incluso me ha mandado varios mensajes privados. Debería contestarle, intentar apaciguar su desazón. Pero no queda esperanza. De pronto, me llega una solicitud de seguimiento. Por lo visto nuestro macabro amigo en común le ha cogido el gusto y ya tiene otra nueva víctima. 
    Regreso a la ventana de diálogo privado que ha abierto mi fallecida amiga. Seguro que también ha recibido la sugerencia de amistad. «Hola», le digo, «escucha bien lo que te voy a contar: hoy es el aniversario de nuestra muerte...». 
    La conversación se alarga, pero no me cuesta convencerla y trazar un nuevo plan para desenmascararle. Por delante nos queda un año. La idea «me gusta»; primer “like” de esta nueva época... 








Bora Bora


Bueno, pues volvemos con el tintero y este emocionante y divertidísimo reto. ¿De qué trata? De hacer un micro de 250 palabras con el argumento que te proporcione el Storynator, un generador de argumentos one-line. Luego explicar de qué elementos del mismo me basé para escribirlo.
En mi caso este fue el argumento:


BORA BORA


—¿Qué hacemos? —pregunto a Toni, mi amigo. Él parece absorto con la conversación de nuestros tres secuaces: fútbol en días huracanados.
    —¡Calla! —contesta sin mirarme, aunque con el pasamontañas que llevamos es difícil saberlo.
    De pronto, la puerta de la mansión que tenemos delante se abre, sale un coche de gama estratosférica y desaparece rápido, como si estuviera huyendo.
    —¡Vamos! —alardea Toni—, hasta mañana no volverán.
    —¿Seguro?—suelta un compinche.
    —Sí. Les escuché mientras pintaba su fachada.
    Después me mira.
    —Toma. Te toca —saca un papelito arrugado—. La contraseña; tendrás que desconectar la alarma.
    —¿Cómo? —gruño incrédulo; no conocía esta parte del plan.
    —Instalé un cable desde la fachada a la calle, ¿ves? —lo señala.
    —¿Para qué?
    —Eres funambulista.
    —¡Malabarista!
    —Pues eso... Te deslizas dentro y... ¡Voilá!
    —¿Estás loco?
    —Esto era lo que querías, ¿no? Un poco de...—titubea, por detrás nuestros compinches se agrupan cual grupo de matones—. Además, ¿qué crees que harán estos si te niegas?
    Asiento resignado, subo al poste y me enfrento al cable. Antiguamente me ganaba la vida así; fue desde que lo dejé que no levanto cabeza. «Si el botín lo permite me retiro; Bora Bora, por ejemplo».
    Entonces, por la calle, aparece un enorme gentío directo a la mansión con decenas de policías escoltándolos.
    —¡¿Qué queremos?! —grita uno que va delante con un megáfono.
    —¡¡¡Que reabran la fábrica!!! —contesta la masa.
    —¡¿Cuándo lo queremos?!
    —¡¡¡Ahora!!!
    Mis secuaces huyen.
    Yo, sin embargo, pierdo el equilibrio y caigo hacia un futuro sin red... y sin Bora Bora.

Pain

 



—Estoy cansado. Muy cansado. Creo que nunca antes lo había estado tanto. En algún momento de mi aletargada existencia he pasado momentos de abatimiento extremo, pero es que lo que siento ahora es algo más que cansancio; es una aleación de desplome y derrumbe físico mezclado con agotamiento y rociado de extenuación... Un cóctel que tarde o temprano acabará con mi vida.
    »Una vez leí que es imposible llegar al estado de cansancio total, ese en el que el cuerpo dice basta, se desvincula de la conciencia y empieza a vagar solo con la esperanza de que una trastabilla le ayude a caer y desvanecerse en el propio abismo de su abstracción corporal. No sé si habré llegado a ese estado, pero el otro día, sin ir más lejos, me vi en una situación que tacharía como tal. Fue en mi casa, en uno de esos momentos donde mi cabeza divagaba alejada de mis pasos y sujeta por un fino hilo de cordura. Estaba haciendo la típica ruta que hago últimamente cuando el dolor de mi sesera nubla todo mi entendimiento: ir y venir por el amplio pasillo que une el salón con cocina. Últimamente lo hago más de lo normal. Ese vaivén me ayuda en algo, no sé en qué, pero es de agradecer.
    »De pronto, en uno de esos bamboleos, me topé con una persona que salía de una puerta lateral del pasillo. A priori no lo conocí, pero él sí a mí, o por lo menos me llamó por mi nombre, agarró del hombro con una naturalidad amistosa y me llevó adentro de la habitación de la que acababa de salir. Al entrar, aparecimos en un cuarto que nunca antes había visto, y eso que supuestamente seguíamos en mi casa. Era amplio. Tenía una lámpara de araña que arrojaba tenues haces de una luz casi opaca. En el centro había una gran mesa. Mi supuesto amigo me animó a que me sentara mientras él preparaba unos cócteles en un lujoso minibar adosado en una esquina. Luego se sentó frente a mí, me dio el bebistrajo que él mismo había preparado y, encomiándome a que levantara la copa, brindamos por los viejos tiempos. En ese momento lo reconocí. Era Pain, pronunciado como pino en inglés: mi amigo de la infancia.
    »Aunque me puse muy contento de volverle a ver, algo no cuadraba en todo esto. ¿Qué hacía en mi hogar? ¿Cómo había aparecido después de tantos años? Y lo más importante, ¿seguía yo en mi casa? Sin embargo, por muy extraño que pareciera todo, no pude esclarecer nada de lo que pasaba. Y no porque Pain siguiera siendo esa persona persuasiva y con carisma que se apoderaba de las situaciones por inverosímiles que fueran; es que, de pronto, la puerta de esa habitación se abrió y entró mi mujer.
    »Solo me había bebido media copa, pero no recuerdo haber estado nunca tan eufórico. Me levanté y fui hacia ella para agarrarla y presentarle a mi amigo.
    »—Mariah —dije ya cogido de su mano y girándome hacia la estancia—, te presento a...
    »No pude seguir. La habitación en cuestión se había convertido en el cuartucho oscuro de dos metros cuadrados donde solemos guardar el material de limpieza. Ni rastro de esa lámpara, mesa, minibar, cubatas y amigo medio olvidado. No entendía nada.
    »Mariah me agarró fuerte y me saco al pasillo.
    »—¿Está bien? ¿Qué hacías a oscuras en el trastero? —dijo.
    »No supe qué decir. Hacía unos segundos estaba con Pain, era tan real como mi propio aliento, pero ahora yacía solo como un loco enajenado en un cuartucho a oscuras. Sin embargo, no quise asustarla; reí, la miré y le dije que había entrado a coger la escoba, que la puerta se había cerrado y, a oscuras, no daba con nada, ni con la llave de luz ni con la de la puerta. No hizo cara de salir convencida. Pero le dije que estaba cansado, muy cansado, más de lo que había estado en mi vida, y que me costaba coordinar. Eso ayudó a que se relajara. Se giró y se internó en el salón. Yo me quedé unos segundos viéndola partir. Los mismos que me devolvieron a la realidad de la locura que acababa de experimentar. Necesitaba descansar, pensé. Quizá debiera llamar al trabajo y pedir unos días, luego ir a la farmacia, comprar unas pastillas potentes y echarme en la cama hasta que el cuerpo decidiera estar listo.
    »Eso me pareció una gran idea. Se lo dije a mi mujer y le pareció bien, pero con una condición: ella era la que iría a comprar los calmantes.
    »—¿Por qué? —pregunté.
    »—Creo que así es mejor —dijo, y es que aún seguía mosca por lo que me había pasado. La verdad es que no la culpo. La imagen mía adentro del cuartucho debería ser de «aupa».
    »Se fue de inmediato mientras yo hacía la llamada. En mi trabajo no pusieron ninguna pega; según dijo mi supervisor, era lo mejor que podía hacer pues hacía tiempo que me veían un poco ido y, si la causa era el cansancio, mejor descansar y reponerse. Esa cuestión me alertó un poco. Hasta el altercado con mi mujer, creía que mi semblante estaba bien arraigado a la pasividad típica del día día sin ningún aspecto que hiciera aflorar la batalla interna con mi cansancio. Pero después de esa llamada empecé a pensar que mi realidad pudiera estar más dañada de lo que pensaba. Incluso podría ser que el altercado con Pain solo había sido la punta de un iceberg solo escondido para mi raciocinio. «Pain», pensé. ¿Por qué él? ¿Qué tenía de especial nuestra amistad? Éramos buenos amigos, de eso no hay duda, pero, aunque ese carisma que tenía hiciera reflejar en sus acompañantes parte de su grandeza, desde que perdimos el contacto me había olvidado completamente de él. Es más, lo sentía como si hubiera dejado de existir.
    »No supe por qué, pero, al quedar embelesado por el recuerdo vívido de la situación que hacía unos minutos había experimentado con mi amigo, sentí la necesidad de volver a verlo. De terminar la copa aunque fuera. Era una gran persona, un gran amigo, o esa sensación estaba aflorando en mi psique. Además ¿y si en realidad mi actual existencia fuera la alucinación y el altercado con Pain la vida real? ¿Por qué la realidad se debe cimentar sobre una conducta afable y rutinaria en vez de con otra más alocada? Es más, ¿por qué no convivir con varias realidades? No me lo pensé, me levanté como un resorte, me dirigí hacia el pasillo y adentré al supuesto trastero.
    »En el interior no había ningún cuartucho pequeño y oscuro, sino una gran sala con una lámpara, aunque no tan lujosa como la que acaba de dejar, y una mesa en el centro. A una equina un mueble bar, o algo parecido, lucía con un puñado de botellas medio llenas. Todas de marcas vulgares, al igual que el resto de la estancia, la cual no era la misma que recordaba. Pero eso no era lo peor: lo peor era que estaba solo. Ni rastro de Pain. Di un par de vueltas a la mesa en una absurda rutina por buscar eso que no existe. ¿Dónde se había metido?, pensé. Quizá algo había hecho mal. Quizá era él el que debería buscarme y no al revés. Me dirigí a la puerta para salir al pasillo con la intención de volver a hacer las mismas acciones que había hecho cuando se me hubo aparecido, como si de un ritual se tratara. Pero cuando estaba a punto de coger el pomo de la puerta, esta se abrió dejando paso a mi mujer. Tenía los ojos muy abiertos y tez algo blanca.
    »—Ufff, menos mal que te encuentro —dijo—, ¿qué haces en el comedor?
    »—¿Comedor? —dije dándome la vuelta para cerciorarme de dónde estaba. Y es que mi mujer tenía razón, me había equivocado de cuarto. La puerta del comedor está justo unos metros antes de la del trastero. En mi euforia por llegar tan aprisa me había adentrado en ella pensando que era la otra.
    »—Nada —reí—, estirar las piernas. El pasillo me tiene harto.
    »Ella me miró con una cara aún más sería que antes. Pero no dijo nada, solo me señaló que ya tenía las pastillas. El farmacéutico le había dicho que debía tomarme un par después de cenar y a dormir.
    »—Ve al salón mientras preparo la cena y no te muevas —dijo después.
    »Yo le hice caso, pero solo para que no se asustara. Enfilé hacia el salón mientas ella se quedaba viendo cómo lo hacía. Una vez me hube sentado la oí dirigirse hacia la cocina y encender el extractor.
    »Quizá mi mujer tuviera razón, pensé, y eso iba a hacer; descansar, lo necesitaba. Pero antes también necesitaba ver por última vez a Pain y terminarme la copa o simplemente despedirme. Sabía que si no lo hacía ese pensamiento me perseguiría y no me dejaría dormir por muchas pastillas que tomara de postre. Así que me levanté. Lo hice con sigilo. Me asomé al pasillo y observé con horror que mi mujer había dejado la puerta de la cocina abierta adrede para tenerme de algún modo controlado. Me quedé en el umbral del pasillo vislumbrando mi sino: la segunda puerta de la derecha. Allí debía dirigirme, pero no sabía cómo hacerlo sin llamar la atención de Mariah. «¿Arrastrándome?», pensé. Era algo temerario, cómico, pero tremendamente arriesgado si ella me encontraba tirado en el suelo; además, ya tenía una edad para ir de ese modo sin lastimar las juntas de mis extremidades. No. Me desplazaría poco a poco, como en el juego del pollito inglés. Iría con paso seguro pero lento y silencioso y si ella me pillaba diría que me dirigía al baño; su puerta está justo en frente de la del trastero.
    »Era una idea maravillosa. Me adentré eufórico en el pasillo, con cuidado y vista al frente. El avance era lento, algo errático, pero firme y decidido. A cada paso me sentía más vivo, más cerca de mi objetivo. Al poco ya estaba casi encima de la puerta y nada hacía presagiar que mi sino no fuera el que tenía pensado. Me posicioné delante del trastero, tragué saliva y cuando iba a entrar, oí cómo la puerta del baño, la que estaba enfrente de la del trastero y que ahora tenía a mis espaldas, se abría. Probablemente mi mujer se había adentrado antes de empezar mi andanza por el pasillo. Me había pillado bloqueando mi única vía de escape.
    »Me giré como un niño al que le han pillado haciendo la enésima trastada, pero no vi nada. Solo la puerta del baño abriéndose sola, como movida por una misteriosa corriente de aire.
    »—Aquí —oí entonces a mi izquierda. Era Pain asomando por la puerta del salón al fondo del pasillo. Me dio tal sorpresa que di un salto con respingo y grito incluido, lo que alertó a mi mujer que también asomó por la puerta de la cocina en el otro extremo.
    »Los dos empezaron a llamarme y en esa situación me quedé sin saber adónde ir. A un lado Pain, mi amigo de la infancia, con su perfecta y luminosa sonrisa, traje caro y ajustado y engominado hasta las cejas, sosteniendo dos copas y ofreciéndome una. Al otro lado Mariah, mi mujer, tratando de llamar mi atención con cara grabe y ojeras bien pronunciadas, producto de algún aparatoso quehacer que sospecho algo conmigo tenía que ver. Yo permanecía inmóvil sin saber qué hacer. Deseaba irme con Pain y recordar viejos tiempos, pero temía por el estado anímico de Mariah que parecía a punto de sucumbir a mis demencias. No obstante, ¿cuáles eran dichas demencias?, comencé a pensar. ¿Qué era real y qué no? ¿De verdad importaba eso? Después de todo, ¿cabía la posibilidad de que ninguna o ambas situaciones fueran ficticias? ¿Valía la pena alarmarse por todo eso?
    »Mientras yo permanecía quieto pensando en todas esas cosas, los dos fueron acercándose hacia mi y lanzándome loables palabras para que me fuera con ellos. Su desplazamiento era de una manera simultánea, como si uno fuera la imagen espejada de otro. Incluso el espacio a sus espaldas se iba desplazando con ellos, como comprimiéndose al mismo paso que su avance. De pronto, sus palabras empezaron a perder sentido; se transformaron en una maraña de ruidos sin ningún tipo de coherencia. El aire comenzó a comprimirse proporcionándome una sensación de asfixia. La cosa se estaba tornando un poco macabra, sobre todo cuando ya se posicionaron a mi lado y me agarraron cada uno por un brazos y empezaron a estirar.
    »Me vi en medio de algo que no sabía cómo afrontar y que se alió con mi cansancio haciendo que rebrotara ese aletargamiento que me llevó al borde del desmallo. Pero entonces...

—¡Señor del Pino! —de pronto, mi terapeuta y psicólogo, el afamado Doctor Rodríguez, corta con un grito mi historia. Me quedo mirándolo exhausto, estaba tan metido en mis palabras, y la tumbona donde me hallo recostado es tan cómoda, que me había olvidado de dónde me encuentro—, todo esto que me cuenta es muy interesante —continúa mi amable y experimentado loquero—, pero nuestra hora está llegando a su fin. Creo que tendremos que dejarlo por hoy y continuar la semana que viene.
    —Pero Doctor... —protesto, y es que por nada del mundo me apetece dejar esta consulta e irme sin terminar mi relato.
    —No hay peros, señor del Pino, y entiendo perfectamente sus quejas, pero no es solo por mi apretada agenda —mira a unos papeles que tiene encima de su enorme escritorio donde está sentado—, sino porque mi experiencia me ha enseñado que hay cosas que deben reposar.
    —¿Cosas? —pregunto sin entender a qué se refiere.
    —Su historia, por ejemplo —dice agrupando todos las hojas en una y golpeándolas contra el escritorio—. Llevamos meses tratando sus dolencias y hoy hemos empezado a ver algunos avances, pero en estos casos no debemos catalizar los acontecimientos. Así que le pido que se vaya a casa y piense en todo lo que me ha dicho.
    —¿En qué hemos avanzado? Además, no quiero irme a casa. —Y eso es verdad, allí solo me esperan Mariah y Pain; ni quiero ni puedo volver a enfrentarme a ellos.
    Él frunce el ceño, levanta la vista, da un suspiro y me vuelve a mirar.
    —Señor del Pino, ya lo hemos hablado muchas veces. Padece de una eremofobia un tanto especial; no es solo por el miedo a la soledad, sino la incapacidad de relacionarse con la gente. Por eso se inventó la existencia de un amigo imaginario para poder combatir tal dolencia.
    Al oír esas últimas palabras me incorporo de la supuesta tumbona donde estoy acomodado.
    —¿Qué amigo imaginario? —digo con cierto enojo—. Eso son bobadas, Pain es muy real, amigo de toda la vida.
    —¿En serio? —contesta negando con la cabeza—. Dígame cuándo lo conoció.
    —Pues, fue a los... ¡no sé a qué cuándo!, en la niñez no se tienen en cuenta esas cosas.
    —Muy cierto, entonces dígame qué es lo primero que recuerda de él, su primera aventurilla infantil.
    Yo miro hacia arriba tratando de recordar mi añorada niñez. La verdad que es algo que cuesta de concretar, aunque se crea lo contrario.
    —Mi primera aventurilla... —titubeo—, a ver... recuerdo... recuerdo reunirme con él en torno a una mesa y jugar.
    —¿A qué jugaron? —su expresión vuelve a ser la típica de un psicólogo. Aprieta las yemas de los dedos y se pone las manos en la boca.
    —Pues... no era exactamente un juego, era más bien algo un poco gamberrete...
    —¿Gamberrete?
    —Sí... juegos de mayores, es decir, él traía bebidas alcohólicas y las bebíamos.
    —¿Y lo hacíais en torno a una mesa...? —retira las manos de su cara y empieza a buscar entre sus documentos.
    —Correcto.
    —¿Bajo una lámpara de araña?
    —¡Sí!
    —Déjeme adivinar... —en ese momento deja todo lo que ha estado haciendo y me mira con una extraña, luminosa y familiar sonrisa—, el tal Pain sacaba las botellas de un minibar escondido en una esquina.
    Me quedo de piedra. «¿Cómo sabe este mequetrefe esas cosas?».
    —¿No se da cuenta? —dice recostándose en su asiento con cara de autocomplacencia—. Esa es la escena que me acaba de describir, cuando Pain se le apareció en el trastero convertido en su comedor. Ese es el primer y único recuerdo que tiene de él —su sonrisa brilla aún más, como un badajo de perlas—. ¿No me cree? Fíjese en su nombre, «Pain», o como usted mismo dice, pino en inglés. ¿Lo entiende ahora, señor del Pino? Pain es usted mismo, un «súper yo» que se ha inventado —se levanta mientras continúa hablando. Lleva un traje muy ceñido y nuevo, demasiado para una persona que tiene que pasarse el día sentado y escuchando a dementes—, en psicología eso se conoce como «La supremacía del ego» —continúa—, la persona tiende a crear un sujeto ulterior de sí mismo con el que se encuentra a gusto y le ayuda a aflorar en su soledad.
    Dicho esto se detiene ante un pequeño armario que ha brotado de repente en una esquina de la consulta, o por lo menos yo no lo había visto aún. Lo abre y saca dos vasos de vidrio bien grandes junto con una botella de scotch que parece muy cara.
    —La cuestión, señor del Pino —continúa mientras llena las copas—, es la negativa a la que su cabeza ha llevado a su raciocinio. Tiene que superar sus miedos, pero no puede y por ello se ha inventado un amigo imaginario, un compañero de copas; una artimaña bastante típica si me permite la broma... —sonríe—. Sin embargo, la irrupción de su supuesta mujer es algo fascinante...
    —¿Cómo? —me pongo tenso, no me está gustando su tono condescendiente—. ¿Qué pasa con Mariah?
    Él levanta la vista de lo que está haciendo. Su apariencia es cada vez más luminosa y juguetona. Tiene el pelo tan engominado que deslumbra.
    —Señor del Pino... Usted no está casado. Vive solo y no quiere salir de casa porque tiene miedo a relacionarse con la gente, pero al mismo tiempo también tiene miedo a estar solo; una dolencia un poco perversa y paradójica —se acerca con su sonrisa y me da uno de los grandes vasos mientras él le da un trago al suyo animándome a que haga lo propio.
    El whisky es de lo mejor que he probado en mi vida. Está frío y entra con su típica aspereza dejando a su paso un regusto agradable. Él se vuelve a sentar en el escritorio, el cual es tan grande que parece una mesa de comedor. La lámpara de araña que corona el gran estudio lanza unos rayos de luz apaciguantes.
    —El hecho en sí es interesante —continúa—, su subconsciente ha percibido la existencia de su amigo ficticio como algo tóxico, una relación que le llevará a peor, por eso ha introducido a su supuesta mujer, esa tal Mariah, para contrarrestar su influencia. La verdad es que es un ardid bastante macabro por parte de su psique. Un matrimonio para terminar con la perversidad de una vida ebria junto con su amigote —comienza a reír bien alto—, ¡esto es lo más extraño que he experimentado!
    La carcajada vuelve a cortar su perorata mientras coge de nuevo la botella de scotch y rellena las copas. Yo miro mi vaso sin entender. La sesión había acabado, o eso me estaba diciendo cuando me ha cortado la historia, pero este mequetrefe ha empezado a hablar y a beber con total naturalidad como si... Además, nada de lo que me dice tiene sentido...
    —Doctor Rodríguez —digo entonces—, ¿qué está ocurriendo aquí?
    —Señor del Pino, no hay nada que tenga que entender, solo déjese llevar. Beba y disfrute de la vida sin que su maltrecho raciocinio le gaste más malas pasadas. Además, cuanto más ebrio esté menos posibilidades tendrá su mujer volver a aparecer por este recoveco de su mente; aquí debemos estar solos usted y yo.
    —¿Solos? ¿Aquí? Pero, Doctor Rodríguez...
    —Por favor —él me corta con un ademán y una sonrisa que ya he visto hace escasos minutos, justo en el lujoso comedor de mi supuesta casa donde casualmente estamos sentados y bebiendo—, nada de Doctor Rodríguez, simplemente llámeme Pain.



Imagen extraía de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

Pizza

Buenos días y buena entrada del veranito.

Este mes participo en un reto que me llamó mucho la atención. Se trata del Reto #fuegoenlaspalbras  de junio, en el blog deRebeca Gonzalo, crónicas de la loca que cazaba nubes.

Para tratar el reto primero escuchemos la canción:



Cosmic Love (letra traducida):


Amor cósmico
Una estrella descendiente cayó de
tu corazón y aterrizó en mis ojos
Grité alto, mientras pasaba rasgándolos,
y ahora me ha dejado ciega

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Y a oscuras, puedo oír el latido de tu
corazón
Intenté encontrar el sonido
Pero entonces paró, y yo estaba en la oscuridad
Así que en oscuridad me convertí

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Cogí las estrellas de tus ojos, y entonces
hice un mapa
Y sabía que de algún modo encontraría
el camino de vuelta
Entonces oí el latido de tu corazón,
estabas
en la oscuridad
Así que me quedé en la oscuridad
contigo

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón


Con la música como inspiración debíamos que escribir un relato de unas 1000 palabras, en el caso de ser un texto narrado, y que incorporara el título de la canción o alguna de las frases de su letra. En mi caso, me planteé el terrible pero divertidísimo reto adicional de incorporar todas las frases de la canción. Espero que os guste.

PIZZA






Llevo nueve años cenando pizza cada sábado. No es que me guste, de hecho detesto ese tipo de comida. Sin embargo, era una costumbre que llevaba haciendo desde que empecé a vivir contigo. Estabas enganchadísima. Te comías hasta los bordes. A mi me hacía mucha gracia verte, sobre todo cuando terminabas y comentabas la misma broma, «Y ahora me he quedado ciega de tanto comer». Aun así, en el fondo, lo que más te gustaba de ello era el relax que ese advenimiento te proporcionaba. Sofá, manta y peli a oscuras acurrucada a mí. Aún puedo oír el latido de tu corazón contra mi cuerpo, visualizar tu mirada iluminada por el televisor como pequeños destellos que se quedaron en mi memoria. Verte en ese estado, produjo una felicidad que aterrizó en mis ojos como algo inesperado. 
       No obstante, desde que te fuiste, desde que me dejaste en la oscuridad del sábado noche, lo he continuado haciendo. Me refiero a lo de la pizza. Las estrellas, la luna, todas se han apagado, incluso el televisor permanece a oscuras, pero ese pan con especias, queso y tomate, continúa en mi vida. Puede que lo veas algo normal, pero lo realmente extraño del asunto es que, durante estos nueve años que llevó comiéndola en soledad, nunca la he encargado. 
       Todo empezó el primer fin de semana que me quedé solo y ausente en la sombra de tu corazón. Nunca pensé que se pudiera echar a alguien tanto de menos. Pensaba en ti a todas horas. Te fuiste y mi mente no dejó de divagar por tu imagen y las reminiscencias destellares que dejaste en la oscuridad. Era normal; en su día cogí las estrellas de tus ojos para hacerlos míos, pero para mí desgracia, solo quedaron en mi memoria. De pronto, sonó el timbre sacándome de mis demonios. Grité alto. No esperaba a nadie y me dio un susto de muerte. Abrí la puerta y había un repartidor de pizza que me miraba con sorpresa, o por lo menos eso deducí de sus actos. Aunque no era de extrañar, estaba envuelto en la oscuridad de mi piso y cualquiera se hubiera sorprendido. 
       Le pregunté que qué quería y me dijo que me entregaba la pizza, una la cual nunca había pedido. Le dije que se fuera, que se había equivocado, además, precisamente pizza era lo último que me convenía. Pero se negó; tenía mi dirección, teléfono, incluso sabía cómo me llamaban..., era evidente que ese producto era para mí, aunque yo no lo hubiera pedido. En eso, como una estrella descendiente, tu memoria cayó de tu corazón hacia el mío. Casi desfallezco en el umbral del piso mientras él seguía con sus argumentos. Pero entonces, a raíz de un ademán mío con el que aceptaba el pedido, paró. 
       Cuando se fue permanecí varios minutos en el hall con la pizza en la mano y medio en trance. Porque lo sentí, o más bien lo escuché, incluso hoy todavía puedo oír el latido de tu corazón que percibí en aquel momento. No te podía ver, pero me asaltó la certeza de que allí estabas. 
       Y así me quedé, en la oscuridad contigo. 
    Devoré la pizza con fruición y sin desamparo. Derramé pedazos por el sofá mientras pasaba rasgándolos de la caja a mi boca. 
      A la mañana siguiente desperté con la resaca de haber vivido un sueño desconcertante. Te habías ido, no estabas, probablemente todo había sido producto de mi subconsciente que te echaba de menos. Solo era eso, o por lo menos, así traté de hacérmelo entender. Pero el sábado siguiente, volvió la oscuridad, soledad y el repartidor a la puerta de mi casa. Esa vez no protesté. Yo estaba en la oscuridad, te esperaba. Pagué, me quedé quieto e intenté encontrar el sonido de tu presencia. Y allí estabas en la oscuridad también. 
   Los años pasaron, mi dinámica de vida cambiaba, aunque el sábado noche permanecía imperturbable. Como si de un reloj se tratara, a las diez en punto, la puerta clamaba mi presencia para recoger una pizza que nunca había pedido. Eso me anclo a una existencia vaga y sin solución; en la languidez de un estado anímico al amparo de tu recuerdo. Ni alba, ni día pasaban sin que lamentara cada momento que no pasé contigo. Así que en oscuridad me convertí y la única manera de salir de ese pozo era olvidarte. 
    Cogí la última caja de pizza para llamar al restaurante en cuestión y decirle que salvo ningún concepto volviera a mandarme más pedidos. Pero en el logotipo de las tapas venía un dibujo típico sin ningún distintivo comercial. Entonces hice un mapa con todas las pizzerías de la ciudad y me personé, caja en mano, en cada una. Nunca había sido consciente de la gran cantidad de establecimientos que existen. Pero no cejé. Fui hasta el rincón más abstruso, lugares tan desconocidos que llegaba momentos en los que no sabía, si, de algún modo encontraría el camino de vuelta. 
       Mi travesía duró días, pero nadie sabía nada de mí. Incluso la caja y su dibujo eran desconocidos para cualquier establecimiento. Desistí. Entonces, llegando a casa, casi en el umbral del edificio, tropecé con el repartidor de pizza. Casualmente era sábado. Podría haberle asaltado e interrogado, pero por la experiencia de los anteriores encuentros sabía que no iba a sacar nada. En vez de eso lo seguí a hurtadillas. Llegó a la puerta de mi piso y llamó pero nadie abría. Sin embargo, no renunció, se quedó a la espera mirando la puerta como un perrito aguardado la vuelta de su amo. 
       Entonces lo entendí. 
      Los años pasaron y, aunque siempre estoy en este crepúsculo lastimoso, a partir de ese día ya no hay oscuridad, solo una tierna añoranza. Cada sábado sigo recibiendo nuestra pizza. La como solo o con quien sea, pero siempre con una ausencia, la tuya, la cual entendí que no debía olvidar. sino aprender a convivir con ella durante el resto de mi vida.


Trofeo de participante en Fuego en las palabras

Imágenes extraídas de internet, si estuvieran sujetas a derechos que se me avise y las retiraré.