La puerta




—Nunca la hemos quitado... —las palabras de mi padre se quedan resonando con una efervescencia terrorífica. 
     Él siempre tenía la frase perfecta para cada momento. Mi preferida era «El miedo es una parte de nosotros que no sabemos dominar», y me la formuló cuando le conté lo de la puerta.
     En el pasillo contiguo a mi cuarto había una puerta que siempre estaba cerrada. A veces intentaba abrirla, pero era imposible, y eso que no tenía ningún cerrojo; estaba como pegada a la pared.
     —Papá, ¿dónde lleva esta puerta? —pregunté un día.
     —A nada.
     —¿Cómo? 
    —Es decir —sonrió—, esta casa era el doble de grande. Pertenecía al abuelo. Por aquí se accedía la otra ala, él la vendió a un banco que la derruyó para construir unos pisos que nunca se edificaron. 
     —¿Y por qué no la quitó?
     —Le gustaba —seguía riendo—, es como una parte de la casa.
     Ese día dejé de obsesionarme con ella... hasta que vino la luz. 
  Una noche, la reverberación de unos cuchicheos gélidos me despertaron con la pesadillesca sensación de asfixia. Un mal sueño, pero cuando me serené una luz apareció por el pasillo. Mis padres solían levantarse en esporádicas visitas al lavabo y no pensé más en ello. De pronto, unos golpes como venidos de otro edificio irrumpieron en la quietud de la noche. Ahí sí me asusté. Intenté ir al cuarto de mis padres, pero al salir al pasillo presencié que la luz refulgía por los bordes de la misteriosa puerta. Aterrorizado, regresé al cobijo de mi cama. 
     —Me mentiste, papá —le abordé al día siguiente.
     —¿Cómo? —en su cara afloraba duda y preocupación por mi apariencia asustada.
     —Ahí vive alguien —señalé la puerta.
     —¿Eh...? Ya te dije que...
     —¡No! —corté con más sobresalto que ira—, anoche salía luz de detrás.
     Él, al leer el temor en mis ojos, entonó su mágica frase. 
     —Yo también era miedoso, pero el miedo es una parte de nosotros que no sabemos dominar. 
     Luego fuimos a una tienda y compramos una lamparilla de noche azulada con estrellitas purpúreas. 
     La encendí antes de irme a dormir. Su luminosidad no dejaba que entrara la luz, y logré dormirme. Pero el miedo es una parte de nosotros que no podemos dominar, sobre todo cuando unos siseos gélidos me despertaron. Removí la cabeza aturdido. La lámpara seguía encendida. Eso me tranquilizó, aunque solo el instante que tardé en ver a un hombre en el umbral de la puerta de mi habitación, mirándome con la cara desencajada y un palo desafiante en su mano. No grité, no pude, aunque tampoco sé qué pasó después.
    Al día siguiente, mis padres me encontraron acurrucado y en trance delante de la misteriosa puerta. Cuando volví en mí, les conté lo del enajenado que vivía detrás de la puerta supuestamente cerrada y que vino a por mí por haberlo descubierto. Ellos intentaron consolarme diciéndome que durante el duermevela la mente está aturdida y malinterpreta la realidad.
     Pero el miedo seguía siendo eso que no podemos controlar. 
   Tanto las noche como las puertas cerradas empezaron a aterrarme. Mis padres, angustiados, me llevaron a terapia, sin éxito. Finalmente tuvieron que retirar la puerta. No me lo dijeron, ni yo lo pregunté, simplemente un día no estaba. 
   Mis dolencias remitieron. Incluso los amargos recuerdos quedaron mitigados a vagas remembranzas de otra vida. El tiempo pasó, terminé los estudios y me independicé sin volver a sufrir ningún nuevo ataque... hasta hoy que mis padres me han invitado a cenar en su casa.
     —¡Buenas! —digo al entrar, pero nadie contesta, solo una luz asomando por el pasillo. 
     Me dirijo a ver y me quedo inmóvil. De pronto, me llaman al teléfono.
     —¿Llegaste? —es mi padre—, nosotros tardamos —silencio—. ¿Hola?
     —Ha vuelto... —susurro al fin.
     —¿Qué? 
     —La puerta del pasillo...
     —¿Cómo? —comenta intranquilo.
     —La que quitasteis porque me aterrorizaba, ha vuelto... 
   —Esto... —calla unos tensos segundos y entonces lo dice—: Nunca la hemos quitado... —sus palabras se quedan resonando con la efervescencia de mis antiguos temores. 
     —¡¿Qué...?! —grito y el intermitente pitido de una llamada cortada me contesta.
     Corro a la salida, pero su puerta está atrancada. Entonces, siento una presencia gélida que me retuerce los huesos. Me escondo en el lavabo mientras comienzan a aflorar los temores que nunca me abandonaron. Porque el miedo no es una parte de nosotros que no sabemos dominar, sino algo ajeno que quedó enquistado. 
     Me miro al espejo. Este escupe la imagen de una cara desencajada con unos ojos que casi no caben en sus órbitas y temen salir rodando entre sudor y escalofríos. El recuerdo del monstruo vuelve a mis retinas como si lo tuviera delante. Sin embargo, me asalta una obviedad: ahora no soy un renacuajo indefenso, sino una persona adulta con mayor fuerza de defensa.
     Desenrosco el cabezal de la fregona que solemos guardar en el lavabo, agarro el palo, trago saliva y voy hacia la puerta luminosa. Para mi sorpresa, cuando me tiene delante, esta se abre dejando entrar una pestilencia helada. La atravieso y aparezco en un pasillo como el de mi casa, pero construido con una simetría espejada. La supuesta luz sale de una habitación a mi izquierda. Avanzo y me detengo en su umbral con el palo en alto. Entonces lo veo: un niño en una cama, mirándome con unos ojos fríos donde se refleja la luz de una lamparilla de noche azulada con estrellitas purpúreas. 
 

Imágenes obtenidas de internet, si están sujetas a derechos que se me avise y las retiraré.

Opus 1: Los nueve Enanitos




Lo encontré al lado de un contenedor como un viejo mueble que ya ha vivido bastante. Parecía antiguo. Tenía la cubierta desgastada y el teclado destrozado. Sin embargo, las mazas, de apariencia atávica y rudimentaria, continuaban intactas, y las cuerdas tensas y con muchas melodías por ofrecer; de hecho, cantos de sirena salieron de su interior cuando las rasgué.
Soy más esnob que «Diógenes», pero para mí, y como pianista, estos objetos son sagrados. Además, mi carrera necesitaba otro punto de vista; el mundo de la interpretación y composición es como darse cabezazos contra una historia que nunca llegaría a saber de mi existencia. Amparándome a ello había acabado dando clases a críos mimados que solo suspiran contentar a sus padres. Quizá era hora de virar hacia la noble dedicación de luthier.
No supe qué fenómeno produjo tal locura, pero me vi haciendo algunas llamadas e instalando el piano en casa.
Una vez allí me puse manos a la obra. La cubierta la dejé tal cual. Estaba vieja y desgastada pero me gustaba el tono «vintage» que le proporcionaba. El teclado sí lo recompuse, aunque intenté utilizar los mismos trozos que lo componían, restaurando lo que pudiera y si alguna parte necesitaba un recambio nuevo lo hacía con materiales cuidadosamente rebuscados. Mientras lo ensamblaba me quedé maravillado con los acabados de su caja de resonancia y mecánica que, aunque antigua, continuaba perfecta. 
Durante días, mi pequeño estudio rezumaba artesanía, felicidad y un fuerte olor a cola. 
Una vez reparado me pasé horas sin poder dejar de mirarlo. Ese trasto me había dejado embelesado. No podía ni creer cómo alguien hablia podido desprenderse de esa reliquia. Ni siquiera conseguí contenerme; empecé a tocarlo sin esperar a que la cola compactara. 
Para mi sorpresa, estaba perfectamente afinado, el sonido que producía era límpido y puro y el peso de las teclas ideal. Interpreté «El Claro de Luna» de Beethoven, una pieza con la que mi profesor decía que llegué a tocarle el alma.
Cuando terminé permanecí en silencio y contemplando el magnífico instrumento.
—¿Podrías interpretar algo de Mozart? —dijo alguien a mi lado.
Giré sobresaltado y me encontré un hombrecillo mirándome con una cara marcada por el tiempo.
—Mejor Debussy, ese sí fue grande —oí del otro lado donde otro enanito me observaba con expectación.
—¿Grande? —una voz a mi espalda empezó a rebatir—, ¿lo dices por tu idea de la escala pentatónica?
Quizá fuera el cansancio o los vapores del pegamento, pero varios enanos a mi espalda empezaron una cómica discusión sobre unos méritos que no entendía.
—Tampoco fue tan ingenioso.
—¡Reinventó la composición! Gracias a mí.
Las intervenciones fueron sucediéndose con un tono de reproche «in crescendo».
—Todos hemos contribuido a que alguien reinventara algo.
—Ya, pero hay formas y formas.
—Totalmente de acuerdo.
—Pues yo no.
—Vamos a ver, después de Bach lo que siguió fue pura inercia...
—¿Ya me sales con Bach? ¿Y dónde te dejas a Monteverdi?
—¡Callad! —gritó uno señalándome—. Esta persona nos devuelve al mundo y, ¿nos ponemos a discutir como unos niñatos adictos al «postureo»?
Todos me miraron.
—Esto... —yo no podía creer lo que veía—, ¿qué está pasando?
Los nueve hombrecillos empezaron a reírse.
—Nos has sacado del piano —dijo uno.
—¿Yo?
—Sí —insistió el primero que había aparecido—, con la magnífica representación del maestro Beethoven.
La surrealidad se mezcló con la cordura. Ellos contando anécdotas que humanizaban a mis ídolos y tan rebuscadas que pocos musicólogos las conocerían. Yo, mientras tanto, interpretaba sus peticiones. 
Nacieron de una melodía que tocó el artesano que fabricó el instrumento. Cada vez que alguien lo tocaba y sobresaltaba las almas de sus oyentes, salían como si de una invocación se tratara. El piano era excepcional y su resonancia y armónicos tan profundos que cada uno de los grandes músicos de la historia quería pasar un rato con él, aunque fuera solo unos instantes. De ese modo, convivieron con cada genio y, en varios casos, proporcionaron el pequeño empujón que les hizo inmortales. 
Fue una velada extraordinaria.
Al día siguiente, amanecí durmiendo encima del piano, con varios pedazos de teclas pegados en la cara y la sensación de haber vivido sueño lúcido. Varios mensajes brillaban como reminiscencias de algo pasado en mi móvil. Algunos eran de padres de alumnos, preguntándome el porqué de mi ausencia. Pero uno, el más importante, procedía de mis vecinos diciéndome que la próxima vez que pasara la noche de cháchara con amigos y tocando el piano iban a denunciarme. 
Eso me exaltó. Quizá no fue una alucinación. Quizá todo lo acontecido fuera real. 
Me senté al piano e invoqué a los enanitos. Pero nada. Sin embargo, no me rendí y fui tocando sin parar. Cuando mi memoria se agotó saqué el arcón donde guardo mis partituras y empecé a interpretar una tras otra.
 Acabé con las muñecas destrozadas y las yemas sin sensibilidad. Había pasado por Brahms, Chopin, Tchaikovsky, Schumann, Schubert, Berlioz incluso Litz o Rachmaninov..., luego me atreví con Schönberg, Webern, Messiaen y contemporáneos hasta llegar a Stockhausen y los más vanguardistas, pero en el cuarto seguíamos yo y un montón de hojas por el suelo. Ningún hombrecillo misterioso. 
Desolado miré el arcón. Solo quedaba una obra. El último cartucho por quemar. La puse en el atril. Entonces me di cuenta de que nunca antes la había interpretado. Estaba manuscrita con unos garabatos puntiagudos y hechos como a toda prisa. Unos acordes en apariencia absurdos asomaban por una armonía tan complicada que no fui consciente del título y autor. Era dificilísima. Necesitaría varios días de práctica para tocarla decentemente. Sin embargo, empecé a interpretarla con una soltura innata. Mis dedos iban descubriendo cada nota como si fuera algo que surgiera de mí interior. Con los ojos entrecerrados, me dejé llevar por una interválica disonante entremezclada con melodías imposibles y una forma compositiva única que se adelantaba a mi propia época.
Terminé extasiado, sin aliento, con el corazón a mil y preguntándome de dónde habría salido esa maravilla mientras volvía a la primera página para descubrir título y autor. Esta obra sería motivo suficiente para inmortalizar a su creador. Entonces me quedé de piedra. Algo que, o bien esclarecía todo o lo dejaba aún más bajo su velo de irrealidad, me dio en la cara. Bajo el título, el mismo que esta historia, figuraba el nombre de un compositor peculiar y muy especial: yo.

El Púlsar




La culpa fue del hombre cabra. Eso dijo él que era, porque nosotros nunca habíamos visto una cabra.
Hacía tiempo que se había puesto de moda la deformación estética del cuerpo. Desde que lo vi en un ente que llevaba lo que parecía una oreja humana entre sus antenas no dejaron de aparecer. El elegido estrella para esas mutilaciones corporales era el humano. Esos seres egocéntricos siempre han suscitado tanto odio como fascinación. Está prohibido entablar contacto con ellos, hacerles así creer que están solos y dejar su belicosa mentalidad al margen. Por eso son tan deseables en el ámbito de las mutilaciones.
Sin embargo, lo del hombre cabra fue excesivo. De humano solo tenía las piernas. Dos grandes cuernos coronaban una cabeza alargada por unos maxilares apuntalados con una barbita ridícula. Era una especie de magnate interplanetario. Su apariencia no era sino una muestra de su poderío, un conjunto macabro, pero siniestramente hipnótico, y vino a nuestro planeta con una intención particular.
Situado en el centro de cuatro estrellas que rotan entre sí en una singularidad insólita, nuestro planeta es único. Esa peculiaridad astronómica le confiere unas características que sus habitantes supimos aprovechar para hacer de él el centro de la juerga intergaláctica:
Primero la penumbra.
Aunque astronómicamente tengamos cerca cuatro estrellas, no lo están tanto como para empapar de luz el planeta. Y eso que una de ellas es una gigante azul. Sus rayos llegan como flashes púrpura, cruzándose con los de la enana roja y entremezclándose con el multicolor de la enana blanca. El conjunto es un sinfín de formas danzando por la penumbra como estereogramas abstractos. Pero todo eso se quedaría en nada si no fuera por la cuarta estrella: el púlsar.
Desde miles de años luz, esta pequeña estrella de neutrones parece un pulso intermintente, de ahí su nombre, pero está tan cerca que su parpadeo lumínico es como una epiléptica rayadura discotequera bestial. A eso hay que añadir la pequeñez del planeta y su gravedad mínima. Los visitantes flotan sin cansarse durante varios periodos rotacionales. Además, la atmósfera es tan pobre que proporciona cierta desorientación si no se está acostumbrado. Y eso, junto las turbulencias y ritmos sonoros que producen las fluctuaciones gravitacionales de las cuatro estrellas, provoca en cada turista el estado de embriaguez perfecto.
Nada más aterrizar, los entes entran en trance, les invade cierta euforia con el consiguiente ensalzamiento de la amistad o ven potenciada su personalidad y lengua... Nosotros mientras damos cobijo y la exposición de las zonas donde su experiencia sea máxima.
Aun así, debemos parte del éxito al baile traslacional del púlsar con sus tres hermanas luminosas. Durante veinte ciclos rotacionales, cuando las cuatro están más próximas entre sí, la turbulencia festiva llega a su mayor auge. Incluso nosotros quedamos a merced de la juerga porque no podemos controlar sus efectos. Ese periodo es conocido como «El Gran Despiporre»; la mayor festividad del universo donde entes de todo el cosmos llegan para pegársela al máximo.
Y fue en mitad del último «Despiporre» cuando apreció el cabrón medio humano. Lo hizo de forma amistosa, proporcionándonos ayudas y maquinaria especial para sufragar ciertas deficiencias protocolarias. Incluso dispuso satélites para salvaguardar la gran cantidad de visitantes a modo de hostales espaciales. Sin embargo, no supimos ver las intenciones que escondía tras unos actos aparentemente altruistas. Las máquinas y satélites eran escáneres ambientales que recogieron todo tipo de datos.
Cuando terminó la gran festividad y reemprendimos la marcha cotidiana, lo notamos de inmediato; no fue necesario ver a los primeros visitantes menos eufóricos o mentalmente sobrios. La penumbra, atmósfera y gravedad estaban alteradas por la maquinaria del hombre cabrío; nos saboteó para montarse sus puestos astronómicos de juerga.
Intentamos no darle importancia. Ningún planeta tendría nuestra singularidad. Solo tendríamos que eliminar ese veneno que nos habían inoculado. La maquinaria fue fácil desarmarla. Los satélites no. Somos taberneros intergalácticos no ingenieros y el magnate nos sepultó a conciencia bajo una nube de chatarra flotante, copando el cielo y negando el paso de luz, incluido el púlsar. La soledad nos asoló rápidamente.
Tuvimos que abandonar el planeta y, con horror, comprobamos que cada sistema planetario aguardaba un espacio, propiedad del magnate, que viralizaba nuestra esencia.
No pude aguantarlo.
Transformé por completo mi cuerpo y vine, en secreto, al único lugar donde ese indeseable nunca pisaría. Mimetizado con los entes del planeta, empecé de nuevo. Monté lo que aquí se conoce como garito. En él, combino tradiciones de este mundo, como música y bebidas espirituosas, con una alteración atmosférica y gravitatoria a través de una máquina del hombre cabra que me agencié. Abro medio ciclo rotacional seis veces seguidas y cierro uno que aprovecho para descansar y mirar las estrellas, o más bien intentar visualizar mi planeta, aunque solo alcanzo los tenues parpadeos del púlsar. Sus cómplices guiños me producen una paz que nunca creí posible, y mucho menos entre estos seres.
Los humanos no son malos, por lo menos no la gran mayoría. Solo son ignorantes, lo que pasa que algunos de ellos aprovechan esa ignorancia para enfrentarlos entre sí. Incomprensible... Sin embargo, tengo un plan para tratar de cambiar eso, el cual comenzó cuando abrí «El Púlsar», así he llamado a mi garito, y empecé a embadurnar el planeta de desinhibición, jolgorio y exaltación de una felicidad inimaginable para ellos... Y es que, después de todo, la vida debería ser eso... una fiesta.


Imágenes de internet, si están sujetas a derechos que se me avise y las retiraré.

Uno para todas y todas para uno

La «Gaceta de optometría y óptica oftálmica» es una revista que sale a nivel nacional cada mes y dirigida al sector de la óptica y optometría. Entre estudios, entrevistas, promoción de nuevos métodos y muchas más aspectos especializados, hay un apartado para la creatividad como la fotografía, diseños y escritura. En este último caso es un microrrelato de 250 palabras y de entre todos los que se envían al mes se elige uno que se publica en el siguiente número.
En septiembre de 2019 un relato mío salió elegido para su publicación y como homenaje a esos compañeros que han estado, están y, después de todo esto que está pasando, continuarán estando, lo publico por aquí también.


UNO PARA TODAS Y TODAS PARA UNO




—Venga que se escapa —dice la gafa de lejos.

—Para ti es fácil, yo solo puedo moverme a distancias cortas —reprocha la gafa de cerca.

—Último esfuerzo —anima de nuevo la de lejos.

—Es inútil. —La gafa de cerca está al borde del derrumbe; a lo lejos, ve cómo el progresivo se va desmarcando—. Llegará antes a la meta...

—Da igual, lo importante es llegar. —La gafa de lejos sigue con sus incentivos—. ¡Mira!, ¡está ahí!

De ponto, asoma la meta: una óptica. Renovadas energías asolan a cada una. En pocos segundos llegan y se internan. Dentro está el óptico-optometrista realizando un examen visual a un paciente. Lo bordean, entran al taller del local y se encuentran al progresivo junto una lente blanda flotando en un recipiente.

—¿Y esto? —dice con extrañeza la gafa de lejos; nunca antes había visto nada parecido.

—Soy una lente de contacto, ¡vuestra perdición!

—¡Claro...! —suelta el prepotente progresivo—, ¡qué flamante! Nunca podrás valerte tú solita, siempre necesitarás el apoyo de unos lentes convencionales.

—¡Eso! —Exclama la gafa de lejos.

—¡Cállate! —le reprocha el progresivo con sorna—.Tú ya estás casi obsoleta.

—Tiene razón —solloza la gafa de cerca—, ya le sucedió al monóculo. Nos llegó la hora...

—A todas, en realidad —ríe la lentilla.

Entonces, entre esa nube de reproches, aparece el óptico-optometrista y pone orden.

—¡Calma! ¿Qué pretendéis? Tenemos un paciente esperando. Su salud visual es delicada, ¿no lo entendéis? Os necesita a todas y no por separado, sino juntas.


Delirium tremens


Los golpes en la puerta me sacaron del delirio devolviéndome a una la realidad que últimamente viraba sobre el límite de mi cordura. El día anterior, mientas jugaba mano a mano con la muerte y un coma etílico que creía dominado, había pillado tal cogorza que me había quedado dormido en el sofá.
Me incorporé sobresaltado. Además, tenía cada junta del cuerpo fuera de lugar. Hubiera necesitado algo más de tiempo para recomponerme pero la insistencia de esos manotazos contra la puerta dieron la urgencia necesaria para acudir en su ayuda.
Sorteando objetos, manchas pegajosas y retazos de dignidad que aún quedaban esparcidos por el suelo, me abrí camino. A cada paso unos pinchazos azotaban mi cabeza y a cada pinchazo una nausea golpeaba mis entrañas.
Cuando abrí, dos hombres uniformados entraron en mi casa, sin siquiera tener la cortesía de mi permiso, y preguntaron si conocía a la vecina del quinto. Dije que no; esa fue la primera mentira. Después preguntaron cuándo fue la última vez que la había visto. En mi segunda mentira, porque la había visto la noche anterior, antes de enfrentarme a ciegas contra mi última oponente de vidrio y alcohol, comenté que no sabría qué decir. La tercera mentira fue cuando me preguntaron si pensaba que ellos eran imbéciles, porque dije que no aunque pensé lo contrario. Acto seguido, me maniataron y, en comisaría, me encerraron un día entero. Esperaban que así la resaca y esa agradable estancia reblandeciera mis convicciones.
A la mañana siguiente me metieron en un cuartucho vacío con una mesa y espejos en las paredes laterales. Durante unas horas, o el día entero, no tenía forma de saberlo, cansado, hambriento y con la lengua convertida en una suela de zapato de esparto, permanecí entre sentado, paseando y tirado por el suelo. Justo cuando empecé a elaborar el plan de abrirme a cabezazos contra los espejos entró un hombre elegante y con cara amistosa. Me ofreció un vaso de agua que lo deglutí como un animal desbocado. Luego se sentó e instó a que lo hiciera. Llevaba una carpeta de cartón. Adentro aguardaba la fotografía de una chica risueña. Preguntó si la conocía. Yo quería acabar con todo, así que le conté la verdad. Sí, la conocía, era una mujer con la que había estado saliendo, la compañera perfecta y razón de mi existencia; la misma que me abandonó como un perro viejo y enfermo y a la cual no pude olvidar porque vivía en mi edificio. La última vez que la vi fue al umbral de su piso, yo iba algo borracho pero lo recuerdo. Estaba discutiendo con su nuevo novio. Fue la noche antes de que aparecieran en mi puerta dos agentes y me llevaran sin hacer más de cuatro preguntas y ninguna aclaración. Él rumió algo y me pidió que describiera a ese hombre, pero no podía, dije, iba poco bebido aún, pero lo suficiente como para definir sus rasgos. De pronto, miró al espejo y entró otro hombre que le dio un papel. Con voz monótona, leyó el informe que detallaba el asesinato de mi vecina acaecido la noche que yo la había visto.
Empecé a sollozar. En el fondo lo intuía, pero no quería creerlo. Él continuó leyendo. Varios vecinos contaron que me vieron rondar por el descansillo del quinto piso varias veces esa noche. Me preguntó que qué decía a eso. Yo no recuerdo nada de esa noche, cuando voy tan ciego me transformo en otra persona. Sin embargo, le dije que desde que ella me dejó y me embarqué en mi periplo alcohólico, no dejé de arrastrarme a su piso en busca de su redención. No le convencí.
Hoy, después de mantenerme varias semanas bajo arresto, ante la falta de pruebas, me sueltan, aunque sé que es una estratagema para observarme. Aun así, decido hacer vida normal. Me voy a casa y es aquí, como un jarro de ácido bien denso, recuerdo lo de ella. Ahora sí la he perdido para siempre. Sin embargo, como un flash que ilumina la poca masa encefálica que me queda activa, en vez de abatimiento, me vienen ganas de venganza junto con el recuerdo de mi enésima mentira: sí conozco al supuesto «novio» que la asesinó.
Voy al mueble bar, agarro una botella de bourbon, luego me dirijo a la cocina, cojo el cuchillo jamonero, entro al baño, me pongo frente al espejo, aprieto el facón contra mi cuello, me trasiego media botella... y espero a que aparezca...



Imagen sacada de internet. Si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.  


La zapatilla de ir por casa




Hoy hace un mes que perdí mi zapatilla izquierda de ir por casa. Parecerá absurdo, pero llevo treinta días calzando una. No es que les tenga un apego especial, son las típicas zapatillas de tela barata y suela de goma con un dibujo de un tiburón risueño bordado en el empeine, pero nada más entrar por la puerta de casa tengo que librarme del yugo del calzado diario; solo así logro relajarme.
Sin embargo, cuando la perdí, no fui consciente de lo que eso trajo consigo. Por un lado no he podido reemplazarlas, y eso que, cerca de casa, y para mi sorpresa, hay una tienda exclusiva de este producto. La primera vez que la vi fue, casualmente, pocos días después de perder la zapatilla. Esa coincidencia me pareció algo extraña, además, nunca habría pensado que pudiera existir un comercio que se dedicara a ese monopolio. No obstante, entré decidido a por un nuevo par, pero una vez dentro, me asoló la típica e indeseable sensación de tener que pasar una página que no era capaz. Me di la vuelta y me largué. Días después lo intenté de nuevo, pero con el mismo resultado, y eso me llevó a la cuestión de ir con un pie desnudo por casa. Una imagen que me transporta, con un vívido y límpido recuerdo, al día que la extravié.
Fue después de acompañar a mi mujer al garaje. No tenía que hacerlo, había dicho ella, aun así lo hice. Una vez en el parking, subió al coche y, sin siquiera despedirse, se fue. Luego regresé a casa, fui al dormitorio, me descalcé y, al querer ponerme las susodichas zapatillas, me di cuenta de que solo había una.
Busqué por todas partes: dormitorio, salón e incluso entre los armario altos de la cocina..., pero nada. La verdad es que no se me da bien encontrar cosas. Lo mío es perderlas. Es mi mayor virtud, como decía irónicamente mi mujer. La suya era encontrar lo que yo perdía. Nos completábamos de ese modo, nada de pamplinas abstractas, yo perdía cosas y ella las encontraba. Desde que nos conocimos siempre fue de ese modo, algo de lo que no fui consciente hasta el primer día en que empezamos a vivir juntos.
Esa mañana me iba a trabajar y no encontraba las llaves de casa.
—Cariño, ¿has visto mis llaves? —pregunté desesperado.
—Claro —replicó con burla.
—¿Y?, tengo prisa...
—¿Has mirado bien?
—¿Tú qué crees?
—¿Incluso en la cerradura? —dijo riéndose.
A partir de ese incidente mi dependencia por su virtud fue en aumento, cosa que a ella le hacía bastante gracia.
—Cariño, ¿y el mando de la tele? —preguntaba en una de esas.
—Te has sentado encima —decía sin esconder una grotesca sonrisa.
—Cariño, ¿mi chaqueta vieja? —preguntaba en otra.
—La llevas puesta —respondía con escarnio mal disimulado.
No lo hago a propósito. Es como una de esas extrañas patologías que suelen aparecer de vez en cuando en absurdos estudios realizados por universidades extranjeras.
Sin embargo, llegó un momento en que sentí que tenía que hacer algo para remediar esta dolencia. Fue un día después del trabajo.
—¿Dónde tienes el anillo? —preguntó, sin siquiera saludarme, cuando aparecí por la puerta.
Lo había perdido hacía días. Cuando iba a jugar a tenis me lo solía quitar y en una de esas...
—Está por la mesilla de noche —dije fingiendo indiferencia. Podría haber apelado a mi dolencia, pero me pareció que perder ese objeto era algo inconcebible.
Ella me miró de manera extraña.
—¿Por qué te lo quitas?
—Ya sabes, me aprieta y a veces... ¡pues eso...! —solté con decisión intentando afianzar mi farol.
—En la mesilla... —bufó con los puños apretados.
Entonces cogió mi mano y depositó en ella el anillo. Luego se giró y encerró en el dormitorio. Fue la primera vez que se enfadó seriamente conmigo.
No es que ella pensara que yo pudiera tener una aventurilla, ni que la buscara, nuestra relación, cimentada a base de mis descuidos, estaba por encima de eso. La causa era causa, que no supe, pero que lo atribuí, erróneamente, a mi capacidad de perder cosas.
A partir de ahí intenté mitigar al mínimo mi torpeza. Si extraviaba algo sopesaba la posibilidad de continuar sin ello. No preguntaba por nada, incluso me entró miedo de hablar de lo que fuera por si mí dolencia salía indirectamente a la luz. Al poco, nuestro día a día, se convirtió en una rutina elemental alternada con incómodos silencios.
Una mañana, al regresar del trabajo, me la encontré, esperándome, con una gran maleta y varias lágrimas dibujando el contorno de su cara.
—¿Cariño? —pregunté sorprendido y algo asustado.
—Me voy —dijo entrecortadamente.
—Cariño espera..., ¿qué pasa?
—No lo entiendes, ¿verdad? —explotó—. ¡Nos perdimos!, ¡rompiste nuestro ensamblaje!, ¡nuestra esencia...!, tú... —Un sollozo truncó su frase.
Agachó la cabeza, cogió su maleta y salió. Yo la seguí, aunque ella dijera que no lo hiciera. Intenté decir algo que la apaciguara, pero la pigricia que había tomado como hábito no ayudaba; me sentía como una margarita deshojada donde ninguna respuesta queda por salir. Una vez en el garaje, ante mi impávida desidia, subió al coche y, sin despedirse, la perdí.
Hoy hace un mes de aquello. Treinta días a solas contemplando mi pie desnudo; algo que no deja de recordarme que ese día no solo perdí un zapato de ir por casa... Lo perdí todo.

El animal





—¿Has visto eso?
—¿Qué?
—Por el arcén, ¿no me digas que no lo has visto?
—No... y eso que voy conduciendo .
—Estás demasiado concentrado en la carretera.
—La autopista está abarrotadísima... ¡como para ir despistándose!
—Lástima.
—¿De qué?
—De que no hayas visto al animal que acaba de pasar.
—¿Un animal? ¿Estás seguro?
—Completamente
—¿Y por qué es una lástima?
—Era increíblemente maravilloso.
—¿En serio? ¿Qué animal era?
—No sé, nunca antes lo había visto.
—¿Nunca? No te habrá dado tiempo de fijarte bien.
—Pues si que me ha dado tiempo, de hecho, cuando hemos pasado por su lado, he notado como si el tiempo se detuviera y pudiera deleitarme con su anatomía y forma.
—Claro... Y después de esa paranoia que te ha asaltado mirando ese bicho, ¿no has podido vislumbrar qué era?
—No y si no fueras tan maniático con lo tuyo también lo habrías visto.
—¿Tan maniático? ¡Estoy conduciendo, inútil! Maniático dice...
—Vale, no te enfades. A ver si vuelvo a verlo y adivino qué es; tú continúa con tus cavilaciones.
—¡Joder! Mira que llegas a ser exasperante... Descríbemelo.
—Déjalo...
—¡Que me digas cómo era!
—Si no rebajas ese tonito paso de hablar contigo.
—¡Ufff! ¿Podría su santidad adjetivar al empecatado animal?
—No sé si prefiero el sarcasmo al despotismo...
—¡Venga!
—Vale... Era grande, muy grande.
—¿Grande...? ¿Como un perro de esos que llevan un barril con brandy caliente para cuando rescatan a alguien?
—¿Un perro? Creo que lo hubiera advertido.
—¿Un oso?
—Un... ¿oso? Nunca he escuchado ese nombre.
—¡Venga ya! Si es uno de los animales más difundidos del mundo: muñecos de trapo, dibujos, marcas, escudos... ¡hasta en la sopa!
—Vaya, qué raro no haber visto jamás uno para ser tan cotidianos.
—Bueno, yo realmente tampoco, solo por televisión.
—¿Televisión?
—Sí, ¡televisión!, esa caja tonta que nos emboba a diario.
—¡Ah...! Y, a parte de grandes..., ¿cómo son?
—Son peludos, los hay pardos, blancos...
—Entonces no. Este era más bien grisáceo y sin pelo.
—¿Que qué?
—Ha sido algo raro.
—Gris... pelado... ¿Un hipopótamo?
—¿Un qué?
—¿No me digas que tampoco sabes lo qué es un hipopótamo? Si hasta anunciaba pañales hace unos años.
—¿Un animal anunciando pañales?
—No era un animal de verdad, sino un muñeco.
—¿Como los osos?
—No, más bien algo como una marioneta.
—Déjate de peleles; el animal que he visto era real.
—Ya bueno, me refería al del anuncio; los hipopótamos son reales.
—Y calculo que también los habrás visto en la... ¿televisión?
—No, en este caso lo vi con mis propios ojos en un safari, incluso tengo una fotografía.
—¿«Safa...» qué?
—¡Safari! Es como un zoo.
—¿Como un zoo?
—Sí, el primero es parecido a una aventura que haces por un recinto, de hecho en suajili significa «viaje». El zoo es más bien como un parque de atracciones o museo con animales expuestos.
—¡Cuántas cosas sabes...!
—Chorradas que se me van quedando con el paso de los años.
—Qué envidia, a mí no se me queda nada... ¿Y cómo es ese animal?
—Pues es grande, grisáceo, casi sin pelo, cabeza redonda, orejas pequeñas...
—No... Creo que no era un hipopótamo.
—Pues entonces, no sé... ¿Tenía una trompa?
—¿Qué?
—¡Trompa! Como un brazo pegado a la cabeza.
—Ahora que lo dices, sí, pero no era como un brazo, sino puntiagudo, rígido y punzante.
—¿Cómo...? ¿Has visto un pez espada o qué?
—Ya te he dicho que no lo sé..., ¿cómo es ese pez?
—Pues... grande, grisáceo, sin pelo y con una gran protuberancia que sale de su cabeza, como si su nariz fuera un largo aguijón.
—Pero, ¿los peces no deberían ir por el agua?
—Esto... ¡ya!, pero es que lo que me dices no me cuadra con nada. Estamos divagando entre perros, osos, hipopótamos, elefantes, peces... No sé qué animal puede ser grande, grisáceo, sin pelo, con un largo pincho en la cara y que además le guste ir por los arcenes de las autopistas mareando a la peña.
—Tienes razón... mejor pasemos del tema.
—¡No, ahora quiero saberlo! Dame más detalles.
—Si es que ya ni me acuerdo. Me has llenado la cabeza de tantos animales...
—¡No me jodas!
—A lo mejor vuelve a aparecer...
—¡Claro! A lo mejor podrías...
—¡Espera! ¡Míralo!
—¿Dónde, dónde...?
—¡Ahí! ¿Lo has visto ahora?
—Eh... ¡No!
—Joder, abre los ojos...
—Pero, ¡si no quito la vista de la carretera!
—Pues estaba ahí; lo hemos vuelto a perder...
—¡Ya! Me parece a mí que vamos a quedarnos sin saber qué dichoso animal es.

La Señora Cabra


—Quisiera retirar una onza alimenticia —dice la Señora Oveja.
—Imposible —contesta, detrás de la ventanilla, el Honorable Unicornio—, en crisis alimenticia solo dispensamos Polvín.
—¿Polvín? No... ¡Quiero comida de verdad! —exige la Señora Oveja.
—Es el mismo alimento, pero deconstruido, facilita costes.
—¿El mismo alimento? —La Señora Oveja empieza a enfurecerse—. Sé que lo mezcláis con tierra, ¡así es más rentable!
—Pamplinas —contesta amablemente el Honorable Unicornio—. La estará tomando incorrectamente. Escuche: diluya una cucharada por vaso de agua, así obtendrá la papilla idónea.
A espaldas de la Señora Oveja, en la cola de espera, el Señor Toro, detrás de la Señora Cabra, empieza a refunfuñar.
—¿Por qué la dichosa oveja no acepta? —farfulla.
La Señora Cabra no traga al Señor Toro, pero tiene razón, de nada sirve discutir con el Banco de Distribución y Almacenaje Alimenticio. Sin embargo, tampoco quiere darle más vueltas; su turno es inminente, después del Señor Caballo le toca. «Espero que no tarde tanto como la Señora Oveja», piensa la Señora Cabra mirándolo, el pobre parece muy nervioso y no deja de morderse la pezuña.
—¡Vale! —resuelve la Señora Oveja—. Deme una microbolsa.
El Honorable Unicornio apunta el pedido y aparece el Acrisolado Pegaso con una bolsita llena de un polvo color crema.
—Aquí tiene. ¡El siguiente! —grita el Honorable Unicornio.
El Señor Caballo se abalanza inquieto hacia la ventanilla.
—Señor Caballo... —sonríe el Honorable Unicornio—, ¿qué hace aquí? Aún faltan dos semanas para su mensualidad.
—Necesito otra ración...
—No es posible; cada uno recibe en mensualidad lo correspondiente a sus labores. Debe trabajar más, Señor Caballo, su mensualidad es mínima.
—Me refiero a una ración en concepto de... adelanto...
—Ha agotado los adelantos correspondientes a sus siguientes tres mensualidades; lo sentimos...
—¡No hay labores para mí! —explota de súbito el Señor Caballo—. Todo está mecanizado... Por favor, de équido a équido, ¡ayúdeme!
El Honorable Unicornio sonríe y mira a un lateral. Entonces, aparece el poderoso e Intachable Grifo que pilla por sorpresa, y de las patas traseras, al Señor Caballo.
—¡Monstruos...! —brama mientras es arrastrado hacia la salida—. ¡Ni animales mitológicos ni fantásticos! ¡Sólo monstruos...!
—¡El siguiente! —grita mientras tanto el Honorable Unicornio, pero la Señora Cabra, sobresaltada viendo tal espectáculo, permanece inmóvil.
—Quisiera hablar con el Director —muge el Señor Toro aprovechando el trance de la Señora Cabra y colándose.
—Está reunido —responde el Honorable Unicornio.
—Somos íntimos. ¡Llámalo!
—Le repito que el Director, el Íntegro Minotauro, está reunido con el Jefe Superior por motivos de crisis alimenticia.
—¿Jefe Superior...? —titubea el Señor Toro retrocediendo tembloroso y asustado—. Bueno. Ya... volveré.
—¡El siguiente! —vocifera de nuevo el Unicornio.
—Quisiera mi mensualidad, hoy es el día —comenta la Señora Cabra que, ahora sí, ha permanecido atenta.
—¿Cuánto quiere?
—Toda.
—¿Toda? Señora, deje algo en depósito, si no el Banco retendrá una fracción.
—Toda.
—Hágame caso: saldrá ganando.
—¡Toda! —corta ella groseramente.
El Unicornio no insiste.
—Lo que quieras... Si estás como una cabra es problema tuyo —refunfuña el Honorable Unicornio para sí mismo, aunque con el tono suficiente para que ella lo oiga.
El Acrisolado Pegaso deposita dos maxibolsas y media.
—Aquí tiene.
—¿Sólo eso? —pregunta ella extrañada.
—Ya sabe... La Retención por Totalidad va aumentando; estamos en crisis, además...
—¡Vale! —corta la Señora Cabra aparentemente cansada de tener que aguantar a esta «gente». Coge sus bolsas y vira hacia la salida. «Será mejor que me vaya», piensa, «en tiempos de crisis alimenticia una cabra debe de ser el tentempié perfecto para el Jefe Superior: el Ilustre Dragón».
Una vez afuera, libre de la toxicidad Bancaria, vuelve a respirar sin ningún tipo de asfixia, pero de pronto, a unos metros, ve al Señor Caballo sollozando en el suelo. Se acerca.
—Señor Caballo... —dice sin saber cómo consolarle. Entonces, coge una de sus maxibolsas y se la da.
Él no da crédito. Se levanta y la pilla instintivamente.
—Señora... ¡Gracias! Se la devolveré, ¡lo juro!
—¡Cállese! —suelta ella—, no puede devolver nada, he presenciado su trifulca, ¡dosifíquela!
Al oír eso el Señor Caballo vuelve a llorar, pero ella le insta a largarse; la cercanía del Banco le aterra.
Emprenden la marcha. Al poco, en dirección al Banco, se cruzan con el Señor Burro que, con una característica estaca amarrada al lomo, sostiene atada una zanahoria a la altura de su visión.
—Dentro de poco todos acabaremos así —pronostica el Señor Caballo mirándolo.
«Ya lo estamos», piensa ella.
—¿Cómo hemos llegado a esto? —explota de pronto el Señor Caballo, deteniéndose y girándose hacia el Banco—. Antes nos labrábamos nuestro alimento, ¿se acuerda? Lo producíamos nosotros mismos. ¿Cuándo irrumpió este irreal submundo de falsos animales dictaminando nuestras vidas?
La Señora Cabra no dice nada, aunque tampoco le apetece hablar del tema. Solo niega en señal de indiferencia.
—Todo es tan surrealista... —suspira de nuevo el caballo bajando la cabeza.
Ella, harta del tema y de su victimismo, reemprende la marcha rauda con la intención de dejarlo atrás. Él se da cuenta e intenta seguirla, pero está débil para hacerlo.
—Señora, espéreme —dice entonces al verse rezagado. Pero ella finge no oírle.
No obstante, a los pocos metros, movida por una especie de epifanía moral, se detiene y se gira.
—Sabe —dice secamente—, la culpa es nuestra: es un mundo irreal, sí, pero mientras sigamos creyendo en él la sombra de desdicha que proyecta sobre nuestra realidad nunca se desvanecerá. —Se da la vuelta y continúa caminando.




899 palabras.

Lluvia


Mi madre me contó que cuando nací estuvo lloviendo durante cuatro años. Nunca acabé de creérmelo, pero mi padre tampoco la desmentía, decía que la lluvia era buena, necesaria por su arbitrariedad. Bajo ella, todos somos iguales. Es la manera que tiene la naturaleza de impartir justicia.
No es que esas historietas me marcaran, pero hará un año, algo me hizo recordarlas.
Estaba en casa preparándome para ir al trabajo cuando oí llover a través de la ventana de la cocina. Me alegré. Hacía tanto tiempo que no llovía que sentía como si nunca lo hubiera presenciado. Busqué mi viejo chubasquero amarillo y me lo puse encantado, pero cuando salí a la calle me topé con un cielo totalmente despejado; incluso la gente pasaba por mi lado mirándome con cierto escarnio, como si fuera un loco.
No le di muchas vueltas. Seguramente algún goteo, al linde de la ventana, me habría dado esa sensación. Plegué el chubasquero y lo guardé en el maletero del coche junto con los triángulos.
Sin embargo, al día siguiente, volví a oír la lluvia. Sintiendo que empezaba a ceder a mis demencias, me acerqué a una ventana, descorrí la cortina y... ¡nada!. Un día bien soleado sin siquiera algo que hiciera presagiar la teoría del goteo.
Me asusté. Una alucinación reiterada puede ser sinónimo de algo serio. Pero a pesar de ese pensamiento, intenté serenarme. Estaba seguro de que una explicación racional había detrás de todo esto. No obstante, cada mañana un aguacero arreciaba detrás de las ventanas, y cuando trataba de visualizarlo me encontraba un Sol que me golpeaba con saña. Al poco, empezó a pasarme a cualquier hora del día que estuviera por casa. Desarrollé una terrible fobia a permanecer en mi hogar. Pasaba horas afuera. Dormía poco y mal. Comía deprisa, peor...
Un día, en el ascensor del trabajo, y al borde de la enajenación, me propuse contarle mi desdicha a alguien.
—¡Qué tiempo!, ¿no? —dije nervioso a un tipo sin saber cómo empezar.
—¡Ufff!, si no llueve pronto nos vamos a disecar...
—¿Cómo? —pregunté sin poder ocultar mi sobresalto.
—Ya sabes, la sequía...
—¡Ah! —exclamé enmudeciendo de estupidez. ¿Cómo se me ocurre plantear algo así en un ascensor?, me dije.
Las puertas se abrieron y salimos en silencio. Abatido, fui a la máquina de café. Había varios compañeros charlando. Me serví uno con una de esas odiosas cucharas de plástico.
—Lo escuché en la radio —oí que decía uno—, le pasa a mucha gente.
—¿En serio? —preguntaba otro.
—Es el Sol—continuaba el primero—, al parecer vuelve loca a la gente...
—¡Claro! —interrumpí, provocando la atención de todos.
—¿También lo has oído? —preguntó dubitativo el primero.
—Esto... No, pero... —titubeé—, pero a mí...—tragué saliva—, es decir..., ¿no habéis notado que la lluvia...? —a cada palabra me sentía más imbécil—. Tengo la sensación de no haber visto llover nunca... —resoplé desplomándome sobre mí mismo.
Ellos se miraron y explotaron en una sonora carcajada.
—¡Tío! —bramó uno dándome una fuerte palmada mientras se retiraba con los demás—, estás fatal.
—Tenías razón —le dijo otro ya a mis espaldas—, la gente está perdiendo la chaveta.
Me quedé solo mirando el café. Estoy loco, pensé. Entonces, un sonoro trueno me sacó del ensimismamiento. Llevaba muchos días oyendo llover, pero nunca tronar, y eso lo percibí como una señal. Corrí hacia la salida. Mientras bajaba a empujones por las escaleras los truenos iban «in crecendo». Llegué al hall jadeando, me abalancé hacia afuera y... un garrotazo luminoso me arrojó a un suelo seco.
No regresé, ni al trabajo ni a casa. No soportaría volver a estar bajo techo. Deambulé por la ciudad sopesando la posibilidad de convertirme al «vagabundismo». ¿Por qué me está pasando esto?, pensé, ¿Qué he hecho yo? Entonces, como un chispazo, vinieron a mi mente aquellas historietas de mis padres. Quizá tuvieran relación con lo que me pasaba.
Saqué mi móvil.
—¿Sí? —contestó una voz.
—Mamá...
—¡Pero bueno!, si es ese hijo mío tan ocupado para llamarme —dijo con sarcasmo de madre—, ¿a qué se debe esta Buena Nueva?
Callé, no sabía cómo empezar.
—¿Estás bien? —preguntó ante mi mutismo.
—No...
—¿Qué ha pasado?
—Pues... —dudé—, cuando nací me dijiste que estuvo cuatro años lloviendo.
—Bueno...
—Pensaba que eran historietas que te inventabas, pero empiezo a...
—Hijo —interrumpió secamente—, nunca llovió durante cuatro años; te mentí.
—Pero... ¿Por qué? —suspiré sintiendo implosionar mis entrañas.
—Eras pequeño para entender la realidad.
—¿Qué realidad?
—Que todavía sigue lloviendo...
En ese momento, una gota impactó en mi coronilla.




Imagen de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

El mundo de los postres navideños

Llego un poco tarde, pero aún queda mucha Navidad por disfrutar y degustar...

Todo empezó con un reto que lanzó David Rubio Sánchez desde su blog. Se trataba de realizar un texto a ocho manos junto con Estrella Amaranto y Rosa Berros Canuria. La idea fue buena, la elaboración mejor y el resultado, bueno, realmente inmejorable.

Así que, sin más dilación, vayamos al relato.



EL MUNDO DE LOS POSTRES NAVIDEÑOS



Felicidad, familia, reencuentros, sentimientos aglutinados junto con manjares típicos... En Navidad, la dulzura impera por cada rincón, pero si hay un mundo donde ese sentimiento adquiere todo su significado es en «El mundo de los postres navideños».
Sin embargo, a pesar de su dulzura, hubo una vez que esa condición quedó en entredicho:
Era víspera de Nochebuena y la casa de Don Turrón bullía. Cada año, todos los familiares repartidos por el mundo se encontraban allí y pasaban un rato en compañía antes de ofrecer su dulzura a los humanos.

—¿Qué tal por tierras teutonas, querida? —preguntó don Turrón a Berlina, su esposa, nada más llegó.
—Poco, ya sabes... ¿y el pequeñín? ¿Dónde tienes a mi Polvoroncillo? —contestó ella.
—Ha salido un momento con su hermano Mazapán...
—¿Dónde? Necesito abrazarlo después de tanto...
—Han ido con el abuelo a no sé qué —interrumpió Torrijas de leche, la viuda y cuñada de Don Turrón.
De pronto, la puerta se abrió y entraron los pequeños con Alfajor, el abuelo.
—¡Mis pequeños! —gritó Berlinesa abrazando a ambos—, qué ganas tenía de acariciar vuestra dulzura.
—¡Nuera! ¡Ya viniste acá! —irrumpió Alfajor sin siquiera moverse del umbral, como si extrañamente no quisiera entrar todavía.
—¡Abuelo! —exclamó Berlinesa—, entre, ¿qué hace ahí parado?
—Pues veréis... —dijo el abuelo echándose a un lado y dejando paso a un familiar que hacía mucho que no se presentaba en las reuniones familiares y que puso en jaque esa típica personalidad tan dulce: Helado de chocolate vegano con té verde.
La primera en cuestionar su presencia fue una de las tías Peladilla:
—¿Y ese qué hace? Menudo postre de Navidad más triste. Helado, frío como el tiempito que tenemos y encima sin mantequilla ni nata ni nada rico.
—Ja, ja. Parece un ratoncito mustio. ¡Eh, tú, Helado de chocolate vegano con trocitos de té verde! —¿habrase visto qué nombre más rimbombante?—, ¿entiendes castellano? Sí, soy yo, Torrija.
—No deberías burlarte tanto, Torrija —dijo serio Alfajor—. Tú que tan pronto sirves de postre navideño como de postre de Pascua no eres la más apropiada para criticar a los demás.
—Bueno, padre, de todas formas hay que hacer algo. Solo faltaría que les gustara más a los humanos y nos relegaran para siempre —se lamentó Turrón, haciéndose eco de lo que todos sentían y no se atrevían a confesar.
—Pues encima de mí estaría muy bueno —dijo Torrija un poco amoscada por el rapapolvo de Alfajor—, aunque para eso tendríamos que derretirlo.
—Ja, menuda idea —exclamó don Turrón—. ¿Por qué no lo metemos en el microondas? Un poquito y a baja potencia…
—¡Ay, querido esposo! No sé qué me da…
—Berlinesa, no vamos a matar a tu hermano solo quitarle ese aire tan… frío.
—Es verdad, se da tantos aires…
—¡¡¡¡Nooo!!! —gritó Polvoroncillo—. No quiero que queméis al tío cocholate.
La cena de Nochebuena fue todo un éxito, aunque no para todos los miembros de la familia de don Turrón. Helado de chocolate vegano yacía desmadejado en un cuenco: el mismo en que, a baja potencia y durante unos segundos, había permanecido en el microondas; lo suficiente para perder su apetitoso aspecto cremoso y adquirir la consistencia del barro mojado. Nadie en la mesa se dignó mirarlo más que para apartarlo a un lado y abrirse camino hacia una Peladilla. Los humanos disfrutaron con los dulces tradicionales. Don Turrón y los niños, Polvoroncillo y Mazapán, fueron los triunfadores absolutos de la cena, aunque Berlinesa, Alfajor y demás familiares también recibieron la atención merecida aquella noche.


En la mañana de Navidad, casi todos los postres se engalanaron para ofrecer de nuevo sus encantos gustativos a los humanos. El casi era Polvoroncillo que intentaba encaramarse al cuenco en el que se hallaba Helado de chocolate vegano con té verde.
—¿Necesitás ayuda?
Polvoroncillo se giró para ver a su abuelo rodando hacia él.
—¡Hola, abuelo Alfajor! ¿Oyes eso? Parece que el tío cocholate vegano está llorando. No me gustó lo que hicieron papá y los demás.
—Estuvo muy mal, por muy altanero que sea ese tipo no se lo merecía, y menos en Navidad. Va, subí encima de mí para ver cómo está.
Y así hizo el pequeño. Dentro del cuenco, pudo observar las lágrimas de chocolate que saltaban como los chorros de una fuente.
—¿Cómo estás? —preguntó Polvoroncillo.
—¡Ay, ay! ¡Mira lo que me hicieron! ¿Así se recibe a un familiar?
—Lo… lo siento. ¿Puedo hacer algo?
—¡Llévame de nuevo a la nevera, te lo suplico!
Polvoroncillo bajó de Alfajor dispuesto a ello, aunque no sabía cómo podrían hacer tal cosa, siendo él pequeño y su abuelo, anciano. En ese momento, llegó don Turrón.
—¿Qué hacéis todavía aquí? Los humanos pronto van a reunirse a la mesa.
—Disculpá, creo que Polvoroncillo tiene algo que decir.
Polvoroncillo observó al terco de su padre y apenas balbuceó:
—De... deberíamos llevar a tío cocholate a la nevera.
—¡¿Qué?! ¡Un rotundo no! Ya lo entenderás cuando crezcas. Vamos, que están a punto de servirnos.
Los postres aterrizaron en la mesa, felices y preparados para ser degustados. Pero pasó el tiempo, y ni uno de ellos abandonó las bandejas. Entonces escucharon a uno de los niños humanos que verbalizó la opinión del resto de comensales:
—¿Otra vez lo mismo? ¡Qué aburrimiento! ¿Cuándo podremos comer a Helado de chocolate vegano con tropezones de té verde, mamá?
Y allí quedaron. Abandonados, inadvertidos.
Fue tan decepcionante para los postres tradicionales aquel ostensible rechazo de los humanos, que al llegar la cena de Nochevieja temieron desaparecer del menú. Aquello les llevó a arrepentirse sobre su mezquina conducta con el forastero. Había que devolverle a su primigenio estado, con lo que nada mejor que enfriarlo en la nevera, de ello se encargó Polvoroncillo, pues su inocente súplica a fin de resucitarlo hizo que toda la familia cambiara de actitud, lo que le colmó de alegría, dando saltos y gritos: «¡hip hip hurra... Vivan las fiestas de Navidad y del Año Nuevo!»
Con ese buen ánimo entraron al comedor donde todos lucían sus mejores galas perfumados de aromas deliciosos y con sabores únicos. Los comensales los miraron asombrados y aguardaron que se sentara un niño impaciente, después de cometer una de sus típicas travesuras.
—Disculpa, amigo Helado vegano, pero he tropezado sin querer... en realidad, me han empujado y no sé cómo salir de aquí. —balbuceó nervioso arqueando las cejas, don Turrón, a quien aquel niño al que le gustaba hacer travesuras le había arrojado en el cuenco del postre exótico.
—¡No te preocupes! Podemos hacer un dúo exquisito si ellos se deciden a probarnos. —le contestó con una amplia sonrisa tratando de tranquilizarle.
—¡Ah, no lo había pensado antes, pero me parece una idea genial! —exclamó don Turrón mostrando sus sabrosas y exquisitas almendras en señal de aprobación.
Inquietos por la curiosidad de aquella novedosa fusión de ambos postres, los humanos la saborearon y les encantó.
Aquel incidente les ayudó a comprender que de nada les había valido ser tan prejuiciosos con lo diferente, puesto que la unión de lo tradicional con lo atípico fue lo que contribuyó a realzar sus virtudes y enriquecerse mutuamente.


FIN

Extraños en un andén


 —¿Por qué no arranca? —dice una señora. Su marido calla y baja la mirada—. ¡Vamos! —brama levantándose y estirándole con saña—, ¡si tengo que esperar a que hagas algo...!
Salen al andén. Entre vapor y siseos, ascienden. Pasan el primer vagón y ven un hombre alto mirando la locomotora.
—¿Señor? —llama la señora—, ¿ocurre algo?
—¿Perdón? —El hombre sacude la cabeza como saliendo de un trance.
—¡Otro inútil! —Farfulla ella.
—¡Deténganse! —grita entonces el hombre viéndolos enfilar hacia la locomotora—. Sucede algo... extraño —titubea señalando la máquina.
La mujer entrecierra los ojos y al ver, asomando por la puertecilla lateral de la locomotora, una persona tirada empieza a gritar. Varios viandantes se acercan alertados.
—¿Señora? —pregunta un anciano.
—¡Han matado al maquinista! —exclama alterada.
—¿Cómo? —pregunta otro.
—Es el segundo maquinista —irrumpe el hombre alto—. Él y yo estábamos hablando cuando hemos oído gritar al primer maquinista dentro de la locomotora. Entonces, ha ido y al entrar se ha desplomado.
—¡Cierto! —dice una mujer incorporándose—, lo vi desde allá atrás. Ha sido como si le hubiera dado un síncope...
—Gas tóxico —suelta un hombre calvo.
—Estaríamos todos muertos.
—¡Un disparo!
—Hubiéramos oído el tiro. Es gas, pero localizado, por ejemplo, en un leño; al arder, la caldera suelta el veneno por la cabina.
—¡Qué horror! —Exclama la señora.
—¡Absurdo! —bufa el hombre alto.
—Oiga —dice entonces ella observándolo detenidamente—, nos... ¿conocemos?
—¡Abran paso! —irrumpe de pronto un hombre uniformado: el revisor—. ¿Por qué tanto...? —calla al ver al hombre alto—. Bruno..., ¿Qué mierda haces aquí?
—Hay leños venenosos —interviene la señora.
—¿Qué has hecho, Bruno?
—Nada...
—¿No lo reconocen? —brama alto, apuntando al hombre alto, y mirando a todos— es maquinista de esta terminal; su cara lleva una semana colmando los periódicos.
—Por eso me sonaba —cuchichea la señora.
—Escúchame... —interviene Bruno.
—¡Calla! —bufa el revisor mirando hacia la locomotora—. ¿Lo has matado?
—Estás paranoico... ¡Tu esposa te ha vuelto majara!
Jack, al oír eso, reacciona propinándole un puñetazo. Los observadores retroceden. La señora se gira sobresaltada y ve dos agentes paseando.
—¡Policía! —grita.
Estos se acercan, los inmovilizan y registran. Sacan una derringer del bolsillo de Jack.
—Tengo licencia —espeta este.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta un policía.
—Hay leños tóxicos... —suelta la señora —, y estos dos saben el porqué.
—¡Cállese! —salta Bruno. Entonces les cuenta la historia.
Jack escucha colérico.
—Ahora, la verdad —dice cuando Bruno termina.
—¡Es cierto! —interrumpe nuevamente la señora—. Una mujer dice haberlo presenciado.
—¡Yo también! —suelta un hombre con gabardina y cara oculta tras un pasamontañas. El gentío va creciendo.
—Esta historia no... —corrige Jack—. ¿Se acuerdan del descarrilamiento del tren de Metcalf? Este hombre —continúa señalando a Bruno— era el primer maquinista, su segundo, y el que tenía que testificar contra él, el hombre que yace muerto. ¡Ha matado al testigo de su imprudencia!
—¡Por eso puso lo leños...! —chilla la señora mirando a Bruno.
—Pero, ¿han comprobado que esté muerto? —suelta un policía. El gentío enmudece.
El agente, tapándose nariz y boca con la mano, decide inspeccionar la escena. Encuentra dos cadáveres ensangrentados con un pequeño y familiar orificio en la cabeza.
—¡Aprésenlo...! —dice regresando y señalando al revisor—. Herida de bala... una derringer.
Se produce un mar de cuchicheos.
—¿Yo? Hoy en día cualquiera tiene una, además, ¡miren la mía...! está completamente cargada.
—La ha podido recargar.
—Pero no hemos oído disparos —salta la señora.
—El sonido de esta arma es más débil que el siseo del tren —agrega el policía girándose al gentío—. ¿Alguien ha visto a este señor merodeando la zona?
—¡Claro que me han visto, soy revisor! ¿Y por qué iba a querer matarlos?
—Porque se follaban a tu mujer —agrega Bruno a su espalda provocando el silencio.
Jack se gira lentamente con los ojos inyectados en sangre.
—¡Cabrón! —brama saltando contra él, pero un policía, de un porrazo, lo deja inconsciente.
—Llévatelo a comisaría —comenta después a su compañero—. Usted, ¡acompáñele! —ordena a Bruno—, quiero una declaración.
—Esto... debería fichar... —titubea Bruno aparentemente aturdido por la escena—, ya... tengo bastantes problemas.
—Le esperamos
Bruno asiente y parte hacia el registro. Por el camino se cruza con el hombre de la gabardina. Parece seguirle. Entran a la terminal y doblan por un pasillo que desemboca en una puerta que abre a un descampado repleto de material ferroviario.
—Joder, Guy —dice Bruno—, con ese antifaz pareces un asesino.
—¡Tenías razón! —ríe Guy quitándose el pasamontañas—, llevaba una derringer.
—Sí, el plan salió bien.
—¿De verdad se tiraban a su mujer?
—No sé, pero ella se ha cepillado a medio personal.
—¡¿No sabes?! ¿Y si lo niega?
—Sus mentiras e infidelidades desarticularan su confesión; ahora, dame la derringer.
—Primero la pasta.
—No la traje.
—¡Mierda, Bruno!, si no pago hoy mis deudas estoy muerto.
—¡Me han registrado, imbécil! Hubiera sido sospechoso llevar tanto dinero. Luego saldamos cuentas. ¡Ahora, dame el arma! Aquí hay un pozo donde arrojarla.
Guy obedece.
—¿Habrás sido sigiloso? —pregunta Bruno.
—¡Claro! Permanecí agazapado en la puerta contraria al andén. Tuve que matar al primero, daños colaterales, después rodeé el tren y me uní al gentío.
—La gabardina, ¡dámela!, la arrojo también, y lárgate; tengo prisa, con la conmoción del momento solo podré justificar diez minutos de desfase en mi registro.
—Vale... —dice Guy girándose—, y deshazte del arma; es el último cabo suelto.

—Sí —ríe Bruno apuntándole a la espalda—, pero antes, ataré el penúltimo...





899 palabras



Si las imágenes utilizadas tienen algún derecho que se me avise y las retiraré.