Abro la puerta.
Entonces me agarra de las muñecas.
—¿Quién es? —pregunto
Afuera aguarda un hombre delgado, alto y tez blanquecina. Aparenta mis treinta y pico años. No contesta. Solo ríe. Tiene un incisivo lateral apoyado levemente sobre el central. Da dentera.
—¿Quiere algo? —vuelvo a preguntar.
Él se aclara la garganta:
—Es complicado, además…
—Si viene a venderme algo… —le corto
—No, no —contesta, luego suspira y me mira—. Está bien: yo soy tú.
—¿Qué? —grito.
—Sí, cuesta de entender, pero créeme: somos la misma persona. Más en concreto yo soy tú dentro de unos… ¿diez a veinte minutos? Eso es. Diez o veinte minutos. Más o menos lo que se tarda en dormirse, o en morir de una puñalada en la barriga…
Muevo espasmódicamente la cabeza. ¿Qué dice? Es más. ¿Por qué no lo mando a la mierda?
—Porque no puedes; somos la misma persona. Además, he de hacer eso que ya sabes.
—¿Que qué?
—No te hagas el tonto, no conmigo. Dentro de un rato vendrá tu mujer. Sí, hoy llegará antes. Piensa que no estás en casa. Está harta de ti, de esa conversación que nunca quieres tener.
—¿Qué dices ahora? —vuelvo a gritar al tiempo que apoyo mi cuerpo contra la puerta para tratar de cerrarla, pero él, en un alarde de fuerza, y de un empujón, la abre y me tira en medio del pasillo.
—Sí —brama—, vendrá antes, con la esperanza de recoger sus cosas e irse. Pero tú ya has llegado, ¿verdad? Estarás en el baño y la sorprenderás en la cocina, pero ya será tarde, así que déjame tener esa conversación.
—¡Cállate! —chillo, me levanto y huyo hacia a la cocina.
Él me sigue y se me acerca. Ahora estamos cara a cara. Le huele el aliento, no sé a qué, es como uno de esos olores que reconoces pero no sabes de dónde. Es nauseabundo.
—Déjame hablar con ella.
—Suéltame —forcejeo, pero es fuerte
—Quiero deshacer tus cagadas.
Intento librarme de su amarre, pero cuesta. Me tiene contra la encimera, cabeza hacia atrás y su aliento golpeándome la entendedera. Por suerte consigo liberar mi mano derecha. Poca cosa, pero algo es algo. Trato de golpearle, pero no puedo. Necesito algo de ayuda, algo de esperanza. Algo frío, metálico y con mando de marfil: el cuchillo de cocina. Tanteo por mi espalda, lo agarro y lanzo un mandoble. Ante eso no tiene maniobra de defensa. Me suelta y gimotea hacia atrás. Le he hecho un trecho en su brazo. Yo aprovecho, le embisto y tiro al suelo. Luego posiciono el cuchillo en su vientre.
—Vete —digo, jadeando.
—No puedo, ya lo sabes.
Presiono el cuchillo. Una mancha roja comienza a tintarle la camisa.
—Vete o esto se acabará en unos diez o veinte minutos—No te conviene.
—¿Por qué? ¿Porque somos la misma persona? ¿Porque reventaré el entramado espacio/tiempo?
—Porque no se debe jugar con destino.
Entonces grita y hace el amago de levantarse. Pero, al hacerlo, el cuchillo se le mete hasta el mango.
La sangre comienza a borbotear por la sala. Me separo y él me mira, de rodillas y tambaleando. Tose sangre. O ríe. Ese diente torcido manchado de rojo asoma. Luego, cae de boca.
—Mierda —digo—. ¡Mierda, mierda, mierda!
¿Qué he hecho? Salgo de la cocina. La puerta de la calle sigue abierta. En un salto la cierro. Tengo las manos llenas de sangre. La manos y parte del resto de mi cuerpo. Mierda. ¿Qué ha sido todo esto? El cuerpo asoma desde la cocina. Joder. Esto es una locura. Lo agarro de las piernas y me lo llevo al lavabo. No sé para qué. No pienso con claridad.
¿Qué hago?, he de calmarme. Pero primero limpiarme. Y calmarme. Y luego pensar con claridad. O pensar en algo.
Entonces, oigo la puerta de la entrada. ¿No la cerré?
Vuelvo corriendo. Mientras, oigo pasos, en la cocina, además. Joder. Y lo peor es cuando llego y me la encuentro: mi mujer.
—¿Qué? —dice mirando el estropicio. Pero sobre todo a mí.
—Nena… —digo, trato de ocultar mi manos manchadas de sangre. No sé para qué, mi ropa está peor. Y del reguero que sale de la cocina ni hablamos.
Ella comienza a temblar.
—Puedo explicarlo.
—¿Explicar qué?
Trato de cogerle la mano, pero ella rehuye, y grita, y su temblor se hace más fuerte.
—Nena, por favor… no te esperaba tan pronto.
—¿Qué? —titubea y mira hacia todos lados, luego se tambalea y cae al suelo de rodillas.
—Ha sido un accidente —digo.
Ella solloza, parece que va a venirse abajo, pero entonces hace un rápido movimiento y coge una cosa del suelo. Luego se levanta con esa cosa apuntándome. Aún gotea sangre de su afilada punta.
—No, conmigo no —susurra, ahora no tiembla, ahora no solloza, y ahora su voz es dura, casi ronca.
—¿Nena? —Ahora el que tiembla soy yo.
Da un salto y me ensarta, justo en el vientre. Ha sido repentino, no me lo esperaba. Un fuerte y sordo latigazo recorre mi cuerpo.
Ella se queda mirándome mientras me desangro. ¿Esto es lo que se llama jugar con el destino? Por detrás asoma una figura sonriendo. Tiene ese incisivo lateral ligeramente encima del central. ¿Qué hace este aquí? ¿No me lo había cargado antes?
—Te dije que no lo hicieras.
—Ya…
—Bueno, ahora tranquilo; esta agonía acabará en unos diez o veinte minutos.

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