Un gran día







Estoy bien. Muy bien. Creo que nunca me he sentido así. Y eso que el scotch que sirven en este antro es acorde a su apariencia. Ya pensaba que estos locales se habrían extinguido: mesas roñosas con su juego de sillas enclenques, barra pegajosa y carcomida, estantes de botellas viejas bajo un sucio y agrietado espejo rectangular... Aunque lo más típico es esa perpetua penumbra solo contrastada por un pequeño televisor del siglo pasado que, colgado arriba del espejo, no deja de emitir macabros noticiarios. A estas horas de la madrugada es lo único que hacen, como si fuera necesario proporcionar vívidas pesadillas a noctámbulos enfermizos.
    —¿Quiere más? —dice el educado y bien vestido barman, traje color crema con chaleco y pelo repeinado de lado, algo que destaca sobre el cochambroso local.
    Asiento, aunque el whisky sepa a meado amargo. Él deja de sacar brillo a un vaso que debería estar disfrutando de una merecida jubilación y me rellena el mío. Un ruidoso coche patrulla pasa corriendo por la calle bañándonos con su azuladas luces.
    —Menuda hay montada —dice de nuevo mi elegante barman—. Desde que han encontrado a esa pareja mutilada aquí al lado no han dejado de pasar policías. ¡Menudo psicópata!
    Eso me extraña.
    —¿A qué se refiere? —pregunto—, ¿por qué un psicópata y no un asesino?
    Él deja la botella y coge un largo y afilado cuchillo de cocina que tenía a mano.
    —Eso se suele decir... —mueve el arma en el aire con una habilidad pasmosa.
    —Ya, pero ¿qué diferencia hay entre ambos?
    —Uno mata por algún motivo y otro porque sí.
    —No estoy de acuerdo —comenta un joven parroquiano bien trajeado que ha brotado a mi lado, como si hubiera permanecido largo rato mimetizado en la penumbra. Sostiene un pequeño cuchillo con una especie de estrecha apertura cortante en el centro de la hoja, como esos utensilios de cocina que también se usan para pelar frutas.
    —¿Por qué no? —pregunto mirándole.
    Él ríe y comienza a pasarse su estilete por entre los dedos cual malabarista.
    —Los psicópatas matan por necesidad —dice al fin.
    —Ya... —comenta el barman frunciendo el labio en señal afirmativa y apuntándome con su facón—, aunque un psicópata no mata de cualquier modo; disfruta de ello.
    El joven asiente mirando su cortador como un niño miraría su juguete favorito.
    Entonces, de una puerta lateral sale un mujercita rubia con el pelo recogido y ataviada con elegante pantalón de traje y camisa ceñida. Es hermosa y delgada, sus pechos se remarcan pequeños pero perfectamente formados. Se acerca a nosotros, no hay nadie más en el bar, y se sienta encima del joven. Acto seguido le quita el pequeño cuchillo y empieza a apretárselo contra el cuello.
    —¿Todavía seguís con vuestras rayaduras de cabeza? —dice como si supiera de lo que estábamos hablando. Él, sin embargo, la agarra con fuerza y le besa sin reparo a que ella pueda rebanarle media tráquea.
    No puedo dejar de mirarlos, se han convertido en los dueños de mis vergencias. De los besuqueos pasan a los lametones. Ella desliza la lengua hasta el cuello, donde mantenía el cuchillo apretado, y comienza a succionar la pequeña hoja de forma obscena...
    —¿Hay alguien? —Oigo de pronto a mi espalda.
    Me giro. Un agente de policía vestido de civil, o eso adivino por la placa que tiene enganchada en la trabilla del pantalón, asoma por la entrada.
    —¿El dueño? —comenta mientras entra.
    Vuelvo la atención a la barra y me veo solo. El barman y la lujuriosa pareja se han esfumado, como si nunca hubieran existido.
    —No está —titubeo poniéndome en pie y alisándome el pulcro traje—, pero no se preocupe, estoy al cuidado del bar en su ausencia —sonrío.
    Él se desparrama en el taburete donde segundos antes había una pareja. Yo me interno detrás del mostrador con cuidado de no tropezar con los restos del barman que han quedado esparcidos en la otra parte de la barra con la cara desfigurada y un gran cuchillo de cocina clavado en el pecho. Después cojo una botella y lleno un vaso que él apura de un trago.
    —¡Ah! —gruñe luego haciendo amagos para que rellene la copa—. ¡En mi vida he visto nada semejante!
    —¿A qué se refiere?
    —A la matanza de una pareja a unas manzanas de aquí... El cabrón les ha cercenado la piel a tiras; no sé cómo coño lo habrá hecho.
    Meto la mano en el bolsillo, acaricio mi preciado cuchillo pelador y me relamo recordando ese memorable evento. Él apura su vaso y vuelvo a llenárselo. Entonces, a su espalda, al fondo de la sala, se me vuelven a aparecer mi colección de almas encabezadas por el barman y la parejita feliz, aunque en este caso están callados y riendo de una manera exagerada hacia el poli. O más bien picándome a que engrose mi lista. «Serán cabrones», pienso, pero ¿por qué no? Después de todo, hoy está siendo un gran día…
    —¿Qué pasa? —dice volteándose hacia el fondo y luego hacia mí—. ¿De qué se ríe?
    —Nada, nada... —trato de serenarme—, es decir, ¿puedo preguntarle algo? —pero empiezo a reírme de forma ofensiva.
    Él se incorpora molesto.
    —¿Le ocurre algo, amigo?
    Yo, aún sonriente, me acerco mientras saco mi cortador sin que se dé cuenta pero sin dejar de mirarle la yugular y le susurro:
    —Dígame, ¿sabe la diferencia entre un asesino y un psicópata?







 

Black Mirror: La red fantasma

 Hola a todos. Regresando con la web de Café literautas en la segunda temporada. El primer reto nos han pedido escribir un capítulo de una serie televisiva. Yo elegí la saga de Black Mirror. Espero acercarme a ese estilo, pero sobre todo que os guste.


Red Fantasma





Hoy es el aniversario de mi muerte. Sonará increíble, de hecho solo una persona ha llegado a creerme. Sin embargo, algo de mí ha quedado arraigado a la vida. No he sabido el porqué, aunque sé que está relacionado con el hecho que marcó mi defunción: fui asesinada. 
    El hijo de perra que lo hizo fue muy hábil. Encontraron mi cuerpo hasta arriba de “Ritalín” y decretaron que había muerto por sobredosis de “anfetas”. Yo era una de esas personas que vivía de las redes sociales. Era muy popular, una estrella, tenía cientos de seguidores día a día besando cada tontería que hiciera. Y como pasaba tantas horas delante de la pantalla abusaba del “Ritalín”, pero lo hacía con cabeza; al contrario de cómo se pensó. 
    Cuando se supo, el muro de la red que más usaba se llenó de condolencias. Pero esa avalancha de panegíricos, en vez de proporcionarme la paz suficiente que me catapultara hacia la otra vida, produjo una rabia por contar la verdad; rabia que se transmitió a través de mi vida virtual que decidió no abandonar este mundo. 
    Uno a uno, fui contestando cada comentario, «me han asesinado», «ayuda», «todo es mentira»..., pero nadie me creyó. Mis seguidores pensaron que un hacker había pirateado mi cuenta y empezaron a bloquearme. A las pocas horas, de los cientos de miles de seguidores solo una persona no me había puesto ese candado virtual; la cual, cuando estuvimos asolas, me escribió: «te creo». 
    Eso fue esperanzador. 
    Me metí en su espacio. El perfil estaba vacío. Parecía un usuario fantasma. No tenía amigos y, desde hace un año, solo me seguida a mí. Era lo único que hacía: ver y darle un «me gusta» a todas mis entradas. Le escribí, pero solo conseguí estrellarme contra su muro sin que él reaccionara. A los pocos días, me convertí en un apenado espectro virtual vagando de mi perfil al suyo a la espera de que alguien pasara. 
    Un mes después, recibí una sugerencia de amistad. Mi único contacto había empezado a seguir a otra persona, y eso produjo que yo pudiera enviarle una solicitud de seguimiento. Sorprendentemente, ese usuario me acepta. 
    Mi nueva seudoamiga tiene miles de seguidores. Me dedico a observarla, avasallándola, correría el riesgo de que me bloqueara. Como mi antiguo yo, se despoja con gran facilidad de su intimidad. Todo lo concerniente a su existencia es expuesto sin tapujos. En poco tiempo, sé más de ella que de mí misma: problemas, sueños, adicciones... Entonces lo entiendo; si yo hubiera sido una asesina no habría tenido ningún problema en asestarle cualquier atrocidad. Eso me había pasado. Alguien se obsesionó conmigo y, cuando conocía cada detalle de mi vida mejor que yo misma, perpetró el asesinato perfecto. Y al parecer, ese alguien, ha elegido una nueva víctima. 
    Llegados a ese punto pienso que debo avisarla, pero ¿cómo? Cualquier cosa que diga sonará a locura. Entonces se me ocurre hacerlo el día del aniversario de mi muerte. Aprovechar ese hecho, valerme de mi destreza de “influencer” y elaborar la mejor de las peroratas; sin ñoñerías ni emociones, solo crudeza excluida de toda adulación... Un mensaje claro y directo y tan bien empaquetado cual bomba de relojería. 
    Pero algo escapa a mis planes. Justo el día señalado, segundos antes de soltar el paquete, ella muere. Lo sé por los mensajes de condolencias que empiezan a colmar su muro. Un accidente, o eso se dice, aunque sé que no es cierto. Ni siquiera me ha hecho falta leer las contestaciones de su fantasma digital desmintiéndolo. Sin embargo, nadie la cree y, como a mí, a las pocas horas se queda sola con dos seguidores: yo y el indeseable que se ríe en nuestra cara y le dice el mismo «te creo». 
    Ella continúa hablándonos, también a mí, incluso me ha mandado varios mensajes privados. Debería contestarle, intentar apaciguar su desazón. Pero no queda esperanza. De pronto, me llega una solicitud de seguimiento. Por lo visto nuestro macabro amigo en común le ha cogido el gusto y ya tiene otra nueva víctima. 
    Regreso a la ventana de diálogo privado que ha abierto mi fallecida amiga. Seguro que también ha recibido la sugerencia de amistad. «Hola», le digo, «escucha bien lo que te voy a contar: hoy es el aniversario de nuestra muerte...». 
    La conversación se alarga, pero no me cuesta convencerla y trazar un nuevo plan para desenmascararle. Por delante nos queda un año. La idea «me gusta»; primer “like” de esta nueva época... 








Bora Bora


Bueno, pues volvemos con el tintero y este emocionante y divertidísimo reto. ¿De qué trata? De hacer un micro de 250 palabras con el argumento que te proporcione el Storynator, un generador de argumentos one-line. Luego explicar de qué elementos del mismo me basé para escribirlo.
En mi caso este fue el argumento:


BORA BORA


—¿Qué hacemos? —pregunto a Toni, mi amigo. Él parece absorto con la conversación de nuestros tres secuaces: fútbol en días huracanados.
    —¡Calla! —contesta sin mirarme, aunque con el pasamontañas que llevamos es difícil saberlo.
    De pronto, la puerta de la mansión que tenemos delante se abre, sale un coche de gama estratosférica y desaparece rápido, como si estuviera huyendo.
    —¡Vamos! —alardea Toni—, hasta mañana no volverán.
    —¿Seguro?—suelta un compinche.
    —Sí. Les escuché mientras pintaba su fachada.
    Después me mira.
    —Toma. Te toca —saca un papelito arrugado—. La contraseña; tendrás que desconectar la alarma.
    —¿Cómo? —gruño incrédulo; no conocía esta parte del plan.
    —Instalé un cable desde la fachada a la calle, ¿ves? —lo señala.
    —¿Para qué?
    —Eres funambulista.
    —¡Malabarista!
    —Pues eso... Te deslizas dentro y... ¡Voilá!
    —¿Estás loco?
    —Esto era lo que querías, ¿no? Un poco de...—titubea, por detrás nuestros compinches se agrupan cual grupo de matones—. Además, ¿qué crees que harán estos si te niegas?
    Asiento resignado, subo al poste y me enfrento al cable. Antiguamente me ganaba la vida así; fue desde que lo dejé que no levanto cabeza. «Si el botín lo permite me retiro; Bora Bora, por ejemplo».
    Entonces, por la calle, aparece un enorme gentío directo a la mansión con decenas de policías escoltándolos.
    —¡¿Qué queremos?! —grita uno que va delante con un megáfono.
    —¡¡¡Que reabran la fábrica!!! —contesta la masa.
    —¡¿Cuándo lo queremos?!
    —¡¡¡Ahora!!!
    Mis secuaces huyen.
    Yo, sin embargo, pierdo el equilibrio y caigo hacia un futuro sin red... y sin Bora Bora.

Pain

 



—Estoy cansado. Muy cansado. Creo que nunca antes lo había estado tanto. En algún momento de mi aletargada existencia he pasado momentos de abatimiento extremo, pero es que lo que siento ahora es algo más que cansancio; es una aleación de desplome y derrumbe físico mezclado con agotamiento y rociado de extenuación... Un cóctel que tarde o temprano acabará con mi vida.
    »Una vez leí que es imposible llegar al estado de cansancio total, ese en el que el cuerpo dice basta, se desvincula de la conciencia y empieza a vagar solo con la esperanza de que una trastabilla le ayude a caer y desvanecerse en el propio abismo de su abstracción corporal. No sé si habré llegado a ese estado, pero el otro día, sin ir más lejos, me vi en una situación que tacharía como tal. Fue en mi casa, en uno de esos momentos donde mi cabeza divagaba alejada de mis pasos y sujeta por un fino hilo de cordura. Estaba haciendo la típica ruta que hago últimamente cuando el dolor de mi sesera nubla todo mi entendimiento: ir y venir por el amplio pasillo que une el salón con cocina. Últimamente lo hago más de lo normal. Ese vaivén me ayuda en algo, no sé en qué, pero es de agradecer.
    »De pronto, en uno de esos bamboleos, me topé con una persona que salía de una puerta lateral del pasillo. A priori no lo conocí, pero él sí a mí, o por lo menos me llamó por mi nombre, agarró del hombro con una naturalidad amistosa y me llevó adentro de la habitación de la que acababa de salir. Al entrar, aparecimos en un cuarto que nunca antes había visto, y eso que supuestamente seguíamos en mi casa. Era amplio. Tenía una lámpara de araña que arrojaba tenues haces de una luz casi opaca. En el centro había una gran mesa. Mi supuesto amigo me animó a que me sentara mientras él preparaba unos cócteles en un lujoso minibar adosado en una esquina. Luego se sentó frente a mí, me dio el bebistrajo que él mismo había preparado y, encomiándome a que levantara la copa, brindamos por los viejos tiempos. En ese momento lo reconocí. Era Pain, pronunciado como pino en inglés: mi amigo de la infancia.
    »Aunque me puse muy contento de volverle a ver, algo no cuadraba en todo esto. ¿Qué hacía en mi hogar? ¿Cómo había aparecido después de tantos años? Y lo más importante, ¿seguía yo en mi casa? Sin embargo, por muy extraño que pareciera todo, no pude esclarecer nada de lo que pasaba. Y no porque Pain siguiera siendo esa persona persuasiva y con carisma que se apoderaba de las situaciones por inverosímiles que fueran; es que, de pronto, la puerta de esa habitación se abrió y entró mi mujer.
    »Solo me había bebido media copa, pero no recuerdo haber estado nunca tan eufórico. Me levanté y fui hacia ella para agarrarla y presentarle a mi amigo.
    »—Mariah —dije ya cogido de su mano y girándome hacia la estancia—, te presento a...
    »No pude seguir. La habitación en cuestión se había convertido en el cuartucho oscuro de dos metros cuadrados donde solemos guardar el material de limpieza. Ni rastro de esa lámpara, mesa, minibar, cubatas y amigo medio olvidado. No entendía nada.
    »Mariah me agarró fuerte y me saco al pasillo.
    »—¿Está bien? ¿Qué hacías a oscuras en el trastero? —dijo.
    »No supe qué decir. Hacía unos segundos estaba con Pain, era tan real como mi propio aliento, pero ahora yacía solo como un loco enajenado en un cuartucho a oscuras. Sin embargo, no quise asustarla; reí, la miré y le dije que había entrado a coger la escoba, que la puerta se había cerrado y, a oscuras, no daba con nada, ni con la llave de luz ni con la de la puerta. No hizo cara de salir convencida. Pero le dije que estaba cansado, muy cansado, más de lo que había estado en mi vida, y que me costaba coordinar. Eso ayudó a que se relajara. Se giró y se internó en el salón. Yo me quedé unos segundos viéndola partir. Los mismos que me devolvieron a la realidad de la locura que acababa de experimentar. Necesitaba descansar, pensé. Quizá debiera llamar al trabajo y pedir unos días, luego ir a la farmacia, comprar unas pastillas potentes y echarme en la cama hasta que el cuerpo decidiera estar listo.
    »Eso me pareció una gran idea. Se lo dije a mi mujer y le pareció bien, pero con una condición: ella era la que iría a comprar los calmantes.
    »—¿Por qué? —pregunté.
    »—Creo que así es mejor —dijo, y es que aún seguía mosca por lo que me había pasado. La verdad es que no la culpo. La imagen mía adentro del cuartucho debería ser de «aupa».
    »Se fue de inmediato mientras yo hacía la llamada. En mi trabajo no pusieron ninguna pega; según dijo mi supervisor, era lo mejor que podía hacer pues hacía tiempo que me veían un poco ido y, si la causa era el cansancio, mejor descansar y reponerse. Esa cuestión me alertó un poco. Hasta el altercado con mi mujer, creía que mi semblante estaba bien arraigado a la pasividad típica del día día sin ningún aspecto que hiciera aflorar la batalla interna con mi cansancio. Pero después de esa llamada empecé a pensar que mi realidad pudiera estar más dañada de lo que pensaba. Incluso podría ser que el altercado con Pain solo había sido la punta de un iceberg solo escondido para mi raciocinio. «Pain», pensé. ¿Por qué él? ¿Qué tenía de especial nuestra amistad? Éramos buenos amigos, de eso no hay duda, pero, aunque ese carisma que tenía hiciera reflejar en sus acompañantes parte de su grandeza, desde que perdimos el contacto me había olvidado completamente de él. Es más, lo sentía como si hubiera dejado de existir.
    »No supe por qué, pero, al quedar embelesado por el recuerdo vívido de la situación que hacía unos minutos había experimentado con mi amigo, sentí la necesidad de volver a verlo. De terminar la copa aunque fuera. Era una gran persona, un gran amigo, o esa sensación estaba aflorando en mi psique. Además ¿y si en realidad mi actual existencia fuera la alucinación y el altercado con Pain la vida real? ¿Por qué la realidad se debe cimentar sobre una conducta afable y rutinaria en vez de con otra más alocada? Es más, ¿por qué no convivir con varias realidades? No me lo pensé, me levanté como un resorte, me dirigí hacia el pasillo y adentré al supuesto trastero.
    »En el interior no había ningún cuartucho pequeño y oscuro, sino una gran sala con una lámpara, aunque no tan lujosa como la que acaba de dejar, y una mesa en el centro. A una equina un mueble bar, o algo parecido, lucía con un puñado de botellas medio llenas. Todas de marcas vulgares, al igual que el resto de la estancia, la cual no era la misma que recordaba. Pero eso no era lo peor: lo peor era que estaba solo. Ni rastro de Pain. Di un par de vueltas a la mesa en una absurda rutina por buscar eso que no existe. ¿Dónde se había metido?, pensé. Quizá algo había hecho mal. Quizá era él el que debería buscarme y no al revés. Me dirigí a la puerta para salir al pasillo con la intención de volver a hacer las mismas acciones que había hecho cuando se me hubo aparecido, como si de un ritual se tratara. Pero cuando estaba a punto de coger el pomo de la puerta, esta se abrió dejando paso a mi mujer. Tenía los ojos muy abiertos y tez algo blanca.
    »—Ufff, menos mal que te encuentro —dijo—, ¿qué haces en el comedor?
    »—¿Comedor? —dije dándome la vuelta para cerciorarme de dónde estaba. Y es que mi mujer tenía razón, me había equivocado de cuarto. La puerta del comedor está justo unos metros antes de la del trastero. En mi euforia por llegar tan aprisa me había adentrado en ella pensando que era la otra.
    »—Nada —reí—, estirar las piernas. El pasillo me tiene harto.
    »Ella me miró con una cara aún más sería que antes. Pero no dijo nada, solo me señaló que ya tenía las pastillas. El farmacéutico le había dicho que debía tomarme un par después de cenar y a dormir.
    »—Ve al salón mientras preparo la cena y no te muevas —dijo después.
    »Yo le hice caso, pero solo para que no se asustara. Enfilé hacia el salón mientas ella se quedaba viendo cómo lo hacía. Una vez me hube sentado la oí dirigirse hacia la cocina y encender el extractor.
    »Quizá mi mujer tuviera razón, pensé, y eso iba a hacer; descansar, lo necesitaba. Pero antes también necesitaba ver por última vez a Pain y terminarme la copa o simplemente despedirme. Sabía que si no lo hacía ese pensamiento me perseguiría y no me dejaría dormir por muchas pastillas que tomara de postre. Así que me levanté. Lo hice con sigilo. Me asomé al pasillo y observé con horror que mi mujer había dejado la puerta de la cocina abierta adrede para tenerme de algún modo controlado. Me quedé en el umbral del pasillo vislumbrando mi sino: la segunda puerta de la derecha. Allí debía dirigirme, pero no sabía cómo hacerlo sin llamar la atención de Mariah. «¿Arrastrándome?», pensé. Era algo temerario, cómico, pero tremendamente arriesgado si ella me encontraba tirado en el suelo; además, ya tenía una edad para ir de ese modo sin lastimar las juntas de mis extremidades. No. Me desplazaría poco a poco, como en el juego del pollito inglés. Iría con paso seguro pero lento y silencioso y si ella me pillaba diría que me dirigía al baño; su puerta está justo en frente de la del trastero.
    »Era una idea maravillosa. Me adentré eufórico en el pasillo, con cuidado y vista al frente. El avance era lento, algo errático, pero firme y decidido. A cada paso me sentía más vivo, más cerca de mi objetivo. Al poco ya estaba casi encima de la puerta y nada hacía presagiar que mi sino no fuera el que tenía pensado. Me posicioné delante del trastero, tragué saliva y cuando iba a entrar, oí cómo la puerta del baño, la que estaba enfrente de la del trastero y que ahora tenía a mis espaldas, se abría. Probablemente mi mujer se había adentrado antes de empezar mi andanza por el pasillo. Me había pillado bloqueando mi única vía de escape.
    »Me giré como un niño al que le han pillado haciendo la enésima trastada, pero no vi nada. Solo la puerta del baño abriéndose sola, como movida por una misteriosa corriente de aire.
    »—Aquí —oí entonces a mi izquierda. Era Pain asomando por la puerta del salón al fondo del pasillo. Me dio tal sorpresa que di un salto con respingo y grito incluido, lo que alertó a mi mujer que también asomó por la puerta de la cocina en el otro extremo.
    »Los dos empezaron a llamarme y en esa situación me quedé sin saber adónde ir. A un lado Pain, mi amigo de la infancia, con su perfecta y luminosa sonrisa, traje caro y ajustado y engominado hasta las cejas, sosteniendo dos copas y ofreciéndome una. Al otro lado Mariah, mi mujer, tratando de llamar mi atención con cara grabe y ojeras bien pronunciadas, producto de algún aparatoso quehacer que sospecho algo conmigo tenía que ver. Yo permanecía inmóvil sin saber qué hacer. Deseaba irme con Pain y recordar viejos tiempos, pero temía por el estado anímico de Mariah que parecía a punto de sucumbir a mis demencias. No obstante, ¿cuáles eran dichas demencias?, comencé a pensar. ¿Qué era real y qué no? ¿De verdad importaba eso? Después de todo, ¿cabía la posibilidad de que ninguna o ambas situaciones fueran ficticias? ¿Valía la pena alarmarse por todo eso?
    »Mientras yo permanecía quieto pensando en todas esas cosas, los dos fueron acercándose hacia mi y lanzándome loables palabras para que me fuera con ellos. Su desplazamiento era de una manera simultánea, como si uno fuera la imagen espejada de otro. Incluso el espacio a sus espaldas se iba desplazando con ellos, como comprimiéndose al mismo paso que su avance. De pronto, sus palabras empezaron a perder sentido; se transformaron en una maraña de ruidos sin ningún tipo de coherencia. El aire comenzó a comprimirse proporcionándome una sensación de asfixia. La cosa se estaba tornando un poco macabra, sobre todo cuando ya se posicionaron a mi lado y me agarraron cada uno por un brazos y empezaron a estirar.
    »Me vi en medio de algo que no sabía cómo afrontar y que se alió con mi cansancio haciendo que rebrotara ese aletargamiento que me llevó al borde del desmallo. Pero entonces...

—¡Señor del Pino! —de pronto, mi terapeuta y psicólogo, el afamado Doctor Rodríguez, corta con un grito mi historia. Me quedo mirándolo exhausto, estaba tan metido en mis palabras, y la tumbona donde me hallo recostado es tan cómoda, que me había olvidado de dónde me encuentro—, todo esto que me cuenta es muy interesante —continúa mi amable y experimentado loquero—, pero nuestra hora está llegando a su fin. Creo que tendremos que dejarlo por hoy y continuar la semana que viene.
    —Pero Doctor... —protesto, y es que por nada del mundo me apetece dejar esta consulta e irme sin terminar mi relato.
    —No hay peros, señor del Pino, y entiendo perfectamente sus quejas, pero no es solo por mi apretada agenda —mira a unos papeles que tiene encima de su enorme escritorio donde está sentado—, sino porque mi experiencia me ha enseñado que hay cosas que deben reposar.
    —¿Cosas? —pregunto sin entender a qué se refiere.
    —Su historia, por ejemplo —dice agrupando todos las hojas en una y golpeándolas contra el escritorio—. Llevamos meses tratando sus dolencias y hoy hemos empezado a ver algunos avances, pero en estos casos no debemos catalizar los acontecimientos. Así que le pido que se vaya a casa y piense en todo lo que me ha dicho.
    —¿En qué hemos avanzado? Además, no quiero irme a casa. —Y eso es verdad, allí solo me esperan Mariah y Pain; ni quiero ni puedo volver a enfrentarme a ellos.
    Él frunce el ceño, levanta la vista, da un suspiro y me vuelve a mirar.
    —Señor del Pino, ya lo hemos hablado muchas veces. Padece de una eremofobia un tanto especial; no es solo por el miedo a la soledad, sino la incapacidad de relacionarse con la gente. Por eso se inventó la existencia de un amigo imaginario para poder combatir tal dolencia.
    Al oír esas últimas palabras me incorporo de la supuesta tumbona donde estoy acomodado.
    —¿Qué amigo imaginario? —digo con cierto enojo—. Eso son bobadas, Pain es muy real, amigo de toda la vida.
    —¿En serio? —contesta negando con la cabeza—. Dígame cuándo lo conoció.
    —Pues, fue a los... ¡no sé a qué cuándo!, en la niñez no se tienen en cuenta esas cosas.
    —Muy cierto, entonces dígame qué es lo primero que recuerda de él, su primera aventurilla infantil.
    Yo miro hacia arriba tratando de recordar mi añorada niñez. La verdad que es algo que cuesta de concretar, aunque se crea lo contrario.
    —Mi primera aventurilla... —titubeo—, a ver... recuerdo... recuerdo reunirme con él en torno a una mesa y jugar.
    —¿A qué jugaron? —su expresión vuelve a ser la típica de un psicólogo. Aprieta las yemas de los dedos y se pone las manos en la boca.
    —Pues... no era exactamente un juego, era más bien algo un poco gamberrete...
    —¿Gamberrete?
    —Sí... juegos de mayores, es decir, él traía bebidas alcohólicas y las bebíamos.
    —¿Y lo hacíais en torno a una mesa...? —retira las manos de su cara y empieza a buscar entre sus documentos.
    —Correcto.
    —¿Bajo una lámpara de araña?
    —¡Sí!
    —Déjeme adivinar... —en ese momento deja todo lo que ha estado haciendo y me mira con una extraña, luminosa y familiar sonrisa—, el tal Pain sacaba las botellas de un minibar escondido en una esquina.
    Me quedo de piedra. «¿Cómo sabe este mequetrefe esas cosas?».
    —¿No se da cuenta? —dice recostándose en su asiento con cara de autocomplacencia—. Esa es la escena que me acaba de describir, cuando Pain se le apareció en el trastero convertido en su comedor. Ese es el primer y único recuerdo que tiene de él —su sonrisa brilla aún más, como un badajo de perlas—. ¿No me cree? Fíjese en su nombre, «Pain», o como usted mismo dice, pino en inglés. ¿Lo entiende ahora, señor del Pino? Pain es usted mismo, un «súper yo» que se ha inventado —se levanta mientras continúa hablando. Lleva un traje muy ceñido y nuevo, demasiado para una persona que tiene que pasarse el día sentado y escuchando a dementes—, en psicología eso se conoce como «La supremacía del ego» —continúa—, la persona tiende a crear un sujeto ulterior de sí mismo con el que se encuentra a gusto y le ayuda a aflorar en su soledad.
    Dicho esto se detiene ante un pequeño armario que ha brotado de repente en una esquina de la consulta, o por lo menos yo no lo había visto aún. Lo abre y saca dos vasos de vidrio bien grandes junto con una botella de scotch que parece muy cara.
    —La cuestión, señor del Pino —continúa mientras llena las copas—, es la negativa a la que su cabeza ha llevado a su raciocinio. Tiene que superar sus miedos, pero no puede y por ello se ha inventado un amigo imaginario, un compañero de copas; una artimaña bastante típica si me permite la broma... —sonríe—. Sin embargo, la irrupción de su supuesta mujer es algo fascinante...
    —¿Cómo? —me pongo tenso, no me está gustando su tono condescendiente—. ¿Qué pasa con Mariah?
    Él levanta la vista de lo que está haciendo. Su apariencia es cada vez más luminosa y juguetona. Tiene el pelo tan engominado que deslumbra.
    —Señor del Pino... Usted no está casado. Vive solo y no quiere salir de casa porque tiene miedo a relacionarse con la gente, pero al mismo tiempo también tiene miedo a estar solo; una dolencia un poco perversa y paradójica —se acerca con su sonrisa y me da uno de los grandes vasos mientras él le da un trago al suyo animándome a que haga lo propio.
    El whisky es de lo mejor que he probado en mi vida. Está frío y entra con su típica aspereza dejando a su paso un regusto agradable. Él se vuelve a sentar en el escritorio, el cual es tan grande que parece una mesa de comedor. La lámpara de araña que corona el gran estudio lanza unos rayos de luz apaciguantes.
    —El hecho en sí es interesante —continúa—, su subconsciente ha percibido la existencia de su amigo ficticio como algo tóxico, una relación que le llevará a peor, por eso ha introducido a su supuesta mujer, esa tal Mariah, para contrarrestar su influencia. La verdad es que es un ardid bastante macabro por parte de su psique. Un matrimonio para terminar con la perversidad de una vida ebria junto con su amigote —comienza a reír bien alto—, ¡esto es lo más extraño que he experimentado!
    La carcajada vuelve a cortar su perorata mientras coge de nuevo la botella de scotch y rellena las copas. Yo miro mi vaso sin entender. La sesión había acabado, o eso me estaba diciendo cuando me ha cortado la historia, pero este mequetrefe ha empezado a hablar y a beber con total naturalidad como si... Además, nada de lo que me dice tiene sentido...
    —Doctor Rodríguez —digo entonces—, ¿qué está ocurriendo aquí?
    —Señor del Pino, no hay nada que tenga que entender, solo déjese llevar. Beba y disfrute de la vida sin que su maltrecho raciocinio le gaste más malas pasadas. Además, cuanto más ebrio esté menos posibilidades tendrá su mujer volver a aparecer por este recoveco de su mente; aquí debemos estar solos usted y yo.
    —¿Solos? ¿Aquí? Pero, Doctor Rodríguez...
    —Por favor —él me corta con un ademán y una sonrisa que ya he visto hace escasos minutos, justo en el lujoso comedor de mi supuesta casa donde casualmente estamos sentados y bebiendo—, nada de Doctor Rodríguez, simplemente llámeme Pain.



Imagen extraía de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

Pizza

Buenos días y buena entrada del veranito.

Este mes participo en un reto que me llamó mucho la atención. Se trata del Reto #fuegoenlaspalbras  de junio, en el blog deRebeca Gonzalo, crónicas de la loca que cazaba nubes.

Para tratar el reto primero escuchemos la canción:



Cosmic Love (letra traducida):


Amor cósmico
Una estrella descendiente cayó de
tu corazón y aterrizó en mis ojos
Grité alto, mientras pasaba rasgándolos,
y ahora me ha dejado ciega

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Y a oscuras, puedo oír el latido de tu
corazón
Intenté encontrar el sonido
Pero entonces paró, y yo estaba en la oscuridad
Así que en oscuridad me convertí

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Cogí las estrellas de tus ojos, y entonces
hice un mapa
Y sabía que de algún modo encontraría
el camino de vuelta
Entonces oí el latido de tu corazón,
estabas
en la oscuridad
Así que me quedé en la oscuridad
contigo

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón

Las estrellas, la luna, todas se han
apagado
Me dejaste en la oscuridad
Ni alba, ni día, siempre estoy en este crepúsculo
En la sombra de tu corazón


Con la música como inspiración debíamos que escribir un relato de unas 1000 palabras, en el caso de ser un texto narrado, y que incorporara el título de la canción o alguna de las frases de su letra. En mi caso, me planteé el terrible pero divertidísimo reto adicional de incorporar todas las frases de la canción. Espero que os guste.

PIZZA






Llevo nueve años cenando pizza cada sábado. No es que me guste, de hecho detesto ese tipo de comida. Sin embargo, era una costumbre que llevaba haciendo desde que empecé a vivir contigo. Estabas enganchadísima. Te comías hasta los bordes. A mi me hacía mucha gracia verte, sobre todo cuando terminabas y comentabas la misma broma, «Y ahora me he quedado ciega de tanto comer». Aun así, en el fondo, lo que más te gustaba de ello era el relax que ese advenimiento te proporcionaba. Sofá, manta y peli a oscuras acurrucada a mí. Aún puedo oír el latido de tu corazón contra mi cuerpo, visualizar tu mirada iluminada por el televisor como pequeños destellos que se quedaron en mi memoria. Verte en ese estado, produjo una felicidad que aterrizó en mis ojos como algo inesperado. 
       No obstante, desde que te fuiste, desde que me dejaste en la oscuridad del sábado noche, lo he continuado haciendo. Me refiero a lo de la pizza. Las estrellas, la luna, todas se han apagado, incluso el televisor permanece a oscuras, pero ese pan con especias, queso y tomate, continúa en mi vida. Puede que lo veas algo normal, pero lo realmente extraño del asunto es que, durante estos nueve años que llevó comiéndola en soledad, nunca la he encargado. 
       Todo empezó el primer fin de semana que me quedé solo y ausente en la sombra de tu corazón. Nunca pensé que se pudiera echar a alguien tanto de menos. Pensaba en ti a todas horas. Te fuiste y mi mente no dejó de divagar por tu imagen y las reminiscencias destellares que dejaste en la oscuridad. Era normal; en su día cogí las estrellas de tus ojos para hacerlos míos, pero para mí desgracia, solo quedaron en mi memoria. De pronto, sonó el timbre sacándome de mis demonios. Grité alto. No esperaba a nadie y me dio un susto de muerte. Abrí la puerta y había un repartidor de pizza que me miraba con sorpresa, o por lo menos eso deducí de sus actos. Aunque no era de extrañar, estaba envuelto en la oscuridad de mi piso y cualquiera se hubiera sorprendido. 
       Le pregunté que qué quería y me dijo que me entregaba la pizza, una la cual nunca había pedido. Le dije que se fuera, que se había equivocado, además, precisamente pizza era lo último que me convenía. Pero se negó; tenía mi dirección, teléfono, incluso sabía cómo me llamaban..., era evidente que ese producto era para mí, aunque yo no lo hubiera pedido. En eso, como una estrella descendiente, tu memoria cayó de tu corazón hacia el mío. Casi desfallezco en el umbral del piso mientras él seguía con sus argumentos. Pero entonces, a raíz de un ademán mío con el que aceptaba el pedido, paró. 
       Cuando se fue permanecí varios minutos en el hall con la pizza en la mano y medio en trance. Porque lo sentí, o más bien lo escuché, incluso hoy todavía puedo oír el latido de tu corazón que percibí en aquel momento. No te podía ver, pero me asaltó la certeza de que allí estabas. 
       Y así me quedé, en la oscuridad contigo. 
    Devoré la pizza con fruición y sin desamparo. Derramé pedazos por el sofá mientras pasaba rasgándolos de la caja a mi boca. 
      A la mañana siguiente desperté con la resaca de haber vivido un sueño desconcertante. Te habías ido, no estabas, probablemente todo había sido producto de mi subconsciente que te echaba de menos. Solo era eso, o por lo menos, así traté de hacérmelo entender. Pero el sábado siguiente, volvió la oscuridad, soledad y el repartidor a la puerta de mi casa. Esa vez no protesté. Yo estaba en la oscuridad, te esperaba. Pagué, me quedé quieto e intenté encontrar el sonido de tu presencia. Y allí estabas en la oscuridad también. 
   Los años pasaron, mi dinámica de vida cambiaba, aunque el sábado noche permanecía imperturbable. Como si de un reloj se tratara, a las diez en punto, la puerta clamaba mi presencia para recoger una pizza que nunca había pedido. Eso me anclo a una existencia vaga y sin solución; en la languidez de un estado anímico al amparo de tu recuerdo. Ni alba, ni día pasaban sin que lamentara cada momento que no pasé contigo. Así que en oscuridad me convertí y la única manera de salir de ese pozo era olvidarte. 
    Cogí la última caja de pizza para llamar al restaurante en cuestión y decirle que salvo ningún concepto volviera a mandarme más pedidos. Pero en el logotipo de las tapas venía un dibujo típico sin ningún distintivo comercial. Entonces hice un mapa con todas las pizzerías de la ciudad y me personé, caja en mano, en cada una. Nunca había sido consciente de la gran cantidad de establecimientos que existen. Pero no cejé. Fui hasta el rincón más abstruso, lugares tan desconocidos que llegaba momentos en los que no sabía, si, de algún modo encontraría el camino de vuelta. 
       Mi travesía duró días, pero nadie sabía nada de mí. Incluso la caja y su dibujo eran desconocidos para cualquier establecimiento. Desistí. Entonces, llegando a casa, casi en el umbral del edificio, tropecé con el repartidor de pizza. Casualmente era sábado. Podría haberle asaltado e interrogado, pero por la experiencia de los anteriores encuentros sabía que no iba a sacar nada. En vez de eso lo seguí a hurtadillas. Llegó a la puerta de mi piso y llamó pero nadie abría. Sin embargo, no renunció, se quedó a la espera mirando la puerta como un perrito aguardado la vuelta de su amo. 
       Entonces lo entendí. 
      Los años pasaron y, aunque siempre estoy en este crepúsculo lastimoso, a partir de ese día ya no hay oscuridad, solo una tierna añoranza. Cada sábado sigo recibiendo nuestra pizza. La como solo o con quien sea, pero siempre con una ausencia, la tuya, la cual entendí que no debía olvidar. sino aprender a convivir con ella durante el resto de mi vida.


Trofeo de participante en Fuego en las palabras

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Hermosina



Érase una vez, en un lugar tan lejano como el punto de referencia que se tomara, existía un reino tan típico como cualquiera. En él, naturalmente, vivía una princesita y, cómo no, acababa de cumplir los dieciocho. Ese día, entre regalos, confetis y alegrías, apareció su tía abuela, que también era madrina, aunque no hada, pero sí un poco bruja, y le dijo, Hermosina —así se llamaba, pues sus padres eran más pedantes que imaginativos—, si llegas a los 35 sin marido, te quedarás sola y sin arroz. 
     Hermosina se rio de ella. Era evidente que esa vieja estaba loca. Además, su belleza irradiaba luz por la vereda que paseara. Si quisiera, podría ser incluso la chica del tiempo de los noticiarios de fin de semana. Sin embargo, esa perfección hacía que los mozos no se atrevieran a cortejarla. 
     Al cumplir los treinta, sin haberse comido una rosca aún, decidió afear su aspecto para probar suerte. Pero por más que dejó de lavarse y acicalarse, por más dulces y grasas saturadas que tomara, por más harapos zarrapastrosos que vistiera, su percha y metabolismo de princesa eran.
     Con su flor más inmaculada que un paquete de toallitas húmedas sin desprecintar, alcanzó la edad maldita. Pero entonces, entre peluches, sollozos y la ventana de su alcoba, apareció Él.
     Era príncipe, tremendamente apolíneo e incluso calzaba como un elefante. Se enamoraron al primer atisbo; la química era evidente, y la física, la anatomía... Las matemáticas no tanto, pero daba igual; eran guapos.
     Hicieron separación de bienes, se casaron, comieron perdices, o lo que fuera ya que no podían engordar, y vivieron felices hasta que sus padres, movidos por un macabro impuesto que el tiránico pueblo gobernante aplicó a su soberanía, les recortaron la paga.
     Y colorín colorado, este cuento ha de terminar; que si no estos dos se acabarán por divorciar.


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Una madriguera de falsas maravillas



Los alaridos de mi móvil interrumpen la calma de mi casa como una tormenta imprevista. Miro quién llama. Número oculto. Normalmente no respondería, sin embargo, algo en el timbre clama por una respuesta.
     —¿Sí? —contesto.
     —¿Me quieres? —dice una voz que no adivino, pero que me suena de una manera especial, como si estuviera obligado reconocer.
     —¿Perdón?
     —Sabes perfectamente qué he preguntado.
     —¿Pero quién eres?
     —¿En serio? —en su tono se adivina ironía mezclada con reproche—. ¿Después de los amaneceres?, ¿de las inocentes caricias debajo de mi falda?, ¿de tu habilidad para detener la rotación del planeta en el punto más fogoso de un atardecer sonrojado por nuestros quehaceres...? ¿En serio preguntas quién soy?
     Enmudezco, pero porque de pronto aparece mi novia por la puerta del salón.
     —¿Quién te llama? —pregunta.
     Noto mis vergüenzas perlándome la espalda, aparto el móvil y susurro:
     —Nadie, una comercial de telefonía.
     Oigo una sonora carcajada al otro lado del teléfono. Mi novia permanece delante intentando cazar mi mirada
    —¡No me creo que hayas dicho eso! —ríe la falsa comercial. La verdad es que es una mentira bastante ridícula, pero mejor eso que tratar de desmentir un posible desliz—. ¡Estáis peor de lo que pensaba! ¿Se lo ha tragado? Aunque pensándolo bien, es una buena treta; una empresa de telefonía es lo que necesita una relación sin comunicación; escudar los sentimientos detrás de esta madriguera de llamadas y mensajitos es ya un cliché conyugal...
     —¡Discúlpeme! —corto fingiendo un tono neutro—. ¿En qué puedo ayudarla?
Ella vuelve a reír. Mi novia frunce el ceño.
     —Ya sabes... —dice—, ¿me quieres?
     —Esto... no tengo tiempo.
     —¿Tiempo? Solo di «sí» o «no».
     Intento voltearme, o mejor dicho, intento apartar la imagen de mi novia, pero por mucho que gire ella rota con mi campo de fijación.
     —¿Podría llamar luego? —insisto.
     —¿Crees que esta respuesta puede posponerse?
     Asiento, como si mi interlocutora pudiera verme, aunque la que lo hace es otra.
    —Escuche... —miro a mi novia a los ojos—, ahora no puedo contestarle.
    Nuevas risas.
     —¡Vale! ¿cuándo podrás?
     —Pues... —atisbo el reloj de pared, las cuatro—, ¿a las seis?
     La llamada se corta.
     —¿Qué quería? —comenta entonces mi novia, como si supiera que todo es una pantomima.
     —Ya sabes —titubeo—vender...
     Intento zafarme de ella.
     —¿Pero quieres cambiar de compañía? —corta mi paso.
     —No.
     —¿Por qué no se lo has dicho?
     —Bueno... estos comerciales no aceptan un no.
     —¿Y postergar esa negativa es mejor?
     — Al final, dándoles largas, se rinden.
     —Ya...
     —¡Pues sí...! —bufo nervioso, con la esperanza de que la cadena de banalidades esté llegado al punto muerto que preceda un silencio con suficiente incomodidad.
     Entonces baja la mirada. Aprovecho para bordearla y sentarme al sofá. Ella me sigue y se sienta, pero dejando una distancia bien marcada. Después saca la fundita en forma de conejito blanco donde guarda su móvil y comienza a trastearlo. Odio estos aparejos. Es increíble hasta dónde ha llegado un teléfono. Se ha convertido en una extensión de nuestro yo, el alter ego de una realidad de falsas maravillas con madriguera virtual por donde adentrarse incluida.
     El reloj de pared marca las seis menos cinco. Seré estúpido. He estado divagando entre pajas mentales en vez de idear una manera de librarme de la falsa comercial. Miro al lado. Mi novia no está. Eso me relaja, aunque mejor cerciorarme de su paradero para cuando reciba la llamada.
     Recorro la casa, pero es como si hubiera desaparecido. Voy a la cocina y abro una cerveza. En el reloj del horno son casi las seis y media. Eso me reconforta. Puede que la susodicha acosadora haya desistido. Finalmente todo ha sido un mal trago que intentaré pasar a golpe de birra. Sin embargo, la ausencia de mi pareja me descuadra. Cojo el móvil. Tengo una llamada perdida, justo a las seis en punto, aunque esta vez es de mi novia.
     Quizá debería llamarla, o quizá debería terminar la cerveza y coger otra. Entonces suena el teléfono. Es mi novia.
     —Dime...
     —¿Sabes ya la respuesta? —contesta la voz de la falsa comercial.
     —¿Qué?, ¿cómo es que me llamas desde este móvil? ¿Lo has robado?
     —He pensado que llamándote con número oculto podrías no contestar, así que he mostrado mi número.
     —¡Claro! —empiezo a entender, o eso creo—. Estás con ella... —Las dos han estado jugando conmigo.
     Salgo de la cocina furioso. Ella vuelve a carcajearse. Eso me enfurece más, pero de pronto, entro al salón y me encuentro a mi novia con su móvil en el sofá como si nunca se hubiera ido.
     —¿Qué ocurre aquí? —bramo entonces. Mi novia da un respingo y se levanta.
     —No lo entiendes, ¿verdad? —la falsa comercial ríe con un deje amargo.
     —¿Qué?
     —No me tocas, no quieres hablar conmigo... —su voz se convierte en un quejido lastimoso—, antes era la reina de tu corazón..., ahora quieres deshacerte de mí, cortarme la cabeza... ¡Ni siquiera me estás mirando!
     «¿Cómo?», pienso oteando el móvil.
     Levanto la vista. La desorientada sensación de estar intercalado entre dos mundos empapa mi raciocinio. Miro a Ali, mi novia, tiene los ojos hinchados sobre unas ojeras reblandecidas por un llanto perenne. Una imagen tan lastimosa como la voz del otro lado telefónico, de hecho me asalta la certeza de que imagen y voz son parte de la misma cosa unidas por esa madriguera virtual de la que no deja de brotar un envolvente y difónico murmullo:
     —¿Me quieres?

La visita




—¿Quién es? —pregunto abriendo la puerta. Afuera aguarda un señor vestido con ropa de otra época.
     —¡Hola! —exclama con un respingo, como si no me esperara.
     —¿Quería algo? —pregunto incódomo.
     —¿Yo? No... —su acento es extraño, no sé si por ser extranjero o por la disposición torcida de sus dientes.
     —¡Pues no llame a mi puerta! —refunfuño haciendo amagos de cerrar.
     —No he llamado —ríe mostrando una boca flanqueada por unos piños que desearían ser otra cosa.
     —¿Usted cree que soy tonto?
     —No podría objetar juicio alguno; no lo conozco.... —dicho esto trata de adentrarse.
     —¿Qué hace? —bramo cortándole el paso.
     —Me está invitando a entrar, ¿no?
     —¿Yo?
     —¡¿Qué ocurre aquí?! —oigo de pronto a mi espalda.
     Me giro sobresaltado y veo a una señora joven pero bastante estropeada.
     —Isidro, —dice mirándome y señalando al señor de los dientes torcidos—. ¿Quién es?
     —¿Isidro? —murmullo para mí mismo.
     —¡Ya estamos! Desorientado... ¡Como siempre! Cada día me digo, María, esto es pasajero, mañana será mejor... —me sortea y se coloca delante del señor—. Pase.
     —¿Por que lo invitas? —grito.
     —Eres tú el que está haciéndolo.
     —¿Yo? ¡Él ha llamado!
     —No he oído el timbre, ¿estás seguro? Cuando te dan estos ataques haces cosas raras...
     —¿Qué... insinúas?
     —Bueno, entonces cuéntame qué ha pasado.
     —Pues —titubeo—, iba por aquí y... —callo con la mente en blanco.
     —¿Y? —pregunta la supuesta María.
     —He... abierto la puerta y estaba este señor —digo al fin.
     —¿Has abierto sin más?
     —No sé...
     —¿Y por qué dices que esta persona estaba llamando?
     —Porque... —mi astenia aumenta.
     —Has abierto la puerta, lo has visto y como no te cuadraba has pensado que ha llamado —concluye ella rápidamente—. Entre, buen hombre —continúa mirándole.
     —Gracias —comenta él que se ha quedado quieto durante toda la conversación como un autómata aguardando una orden.
     —¿Cómo ha dicho que se llama? —pregunta María cogiéndole del brazo.
     —No lo he dicho.
     —Siendo sincera, tampoco lo he preguntado —ríen y se internan por una puerta lateral que acaba de  aparecer—. ¿Un café?
     —Por supuesto.
     —Perfecto, Isidro lo preparará —los oigo hablar desde dentro—. Por cierto, tiene una dentadura perfecta.
     —Me alegra que se fije, estoy orgulloso de ella.
     Permanezco en silencio y preguntándome qué acaba de ocurrir. He abierto una puerta, un desconocido ha entrado sin querer y mi supuesta mujer parece encantada...
     —¡Isidro! —María asoma por la puerta—, ¡Prepara café!
     Asiento.
     Mejor hacerle caso, pienso, aunque... tampoco recuerdo dónde está la cocina. Solo veo la puerta de salida y la del cuarto donde aguardan los dos indeseables. Comienzo a caminar por el angosto pasillo que tengo al frente. No parece una buena opción, pero es mejor que preguntarle a la tal María.
     El pasadizo es larguísimo, ni siquiera veo el fondo. Una maraña lechosa se entremezcla con una negrura que va intensificándose. Incluso mi visión parece haberse ensuciado, como si una aparatosa legaña se hubiera formado en mi córnea negando el paso libre de luz hacia el interior de mi raciocinio...
     —¡Isidro! —María grita asomando de nuevo por la puerta como si no me hubiera movido—, ¿qué haces? ¡Tira para la cocina! —dice señalando una tercera puerta que aún no había visto.
     Me interno. Aparezco en una desconocida y estrecha despensa. La tal María tiene razón, estoy mal si no reconozco ni mi propia casa. Espero que el café me ayude a volver en mí. Pero la cocina se resiste a aparecer. La despensa es larga y se va empequeñeciendo por culpa de la gran cantidad de estanterías repletas de vasijas rebosantes de un polvo color crema. Son muy viejas, como si llevaran años sin tocarse, de hecho, por sus rebordes asoman remolinos de telaraña bien condensada. Eso me da cierta dentera. Odio las arañas y su aparatoso telar, y este cada vez es más denso, incluso va pasando de estante a estante invadiendo mi campo de avance. De hecho, noto cómo esos aprensivos filamentos se me enredan por la cara y si trato de quitármelos se me adhieren más...
     —¡Isidro!
     Despierto en mi cama. Me incorporo como un resorte. Delante está María, mi María, mi hermosa mujer por la que los años solo pasan para otorgarle más belleza y resplandor.
     —¿Estás bien? —dice acariciándome—, qué sudada llevas.
     Sacudo la cabeza.
     —Menudo sueño...
     —Bueno, levántate, he hecho café.
     Percibo su aroma, por eso estaría soñando con él.
     —Unos minutos... —me desperezo.
     —No —contradice—, vente al salón, tenemos visita.
     —¿Visita? —arrugo la frente.
    —No me mires así; fuiste tú quien invitó al hombre de los dientes torcidos...


La puerta




—Nunca la hemos quitado... —las palabras de mi padre se quedan resonando con una efervescencia terrorífica. 
     Él siempre tenía la frase perfecta para cada momento. Mi preferida era «El miedo es una parte de nosotros que no sabemos dominar», y me la formuló cuando le conté lo de la puerta.
     En el pasillo contiguo a mi cuarto había una puerta que siempre estaba cerrada. A veces intentaba abrirla, pero era imposible, y eso que no tenía ningún cerrojo; estaba como pegada a la pared.
     —Papá, ¿dónde lleva esta puerta? —pregunté un día.
     —A nada.
     —¿Cómo? 
    —Es decir —sonrió—, esta casa era el doble de grande. Pertenecía al abuelo. Por aquí se accedía la otra ala, él la vendió a un banco que la derruyó para construir unos pisos que nunca se edificaron. 
     —¿Y por qué no la quitó?
     —Le gustaba —seguía riendo—, es como una parte de la casa.
     Ese día dejé de obsesionarme con ella... hasta que vino la luz
  Una noche, la reverberación de unos cuchicheos gélidos me despertaron con la pesadillesca sensación de asfixia. Un mal sueño, pero cuando me serené una luz apareció por el pasillo. Mis padres solían levantarse en esporádicas visitas al lavabo y no pensé más en ello. De pronto, unos golpes como venidos de otro edificio irrumpieron en la quietud de la noche. Ahí sí me asusté. Intenté ir al cuarto de mis padres, pero al salir al pasillo presencié que la luz refulgía por los bordes de la misteriosa puerta. Aterrorizado, regresé al cobijo de mi cama. 
     —Me mentiste, papá —le abordé al día siguiente.
     —¿Cómo? —en su cara afloraba duda y preocupación por mi apariencia asustada.
     —Ahí vive alguien —señalé la puerta.
     —¿Eh...? Ya te dije que...
     —¡No! —corté con más sobresalto que ira—, anoche salía luz de detrás.
     Él, al leer el temor en mis ojos, entonó su mágica frase. 
     —Yo también era miedoso, pero el miedo es una parte de nosotros que no sabemos dominar. 
     Luego fuimos a una tienda y compramos una lamparilla de noche azulada con estrellitas purpúreas. 
     La encendí antes de irme a dormir. Su luminosidad no dejaba que entrara la luz, y logré dormirme. Pero el miedo es una parte de nosotros que no podemos dominar, sobre todo cuando unos siseos gélidos me despertaron. Removí la cabeza aturdido. La lámpara seguía encendida. Eso me tranquilizó, aunque solo el instante que tardé en ver a un hombre en el umbral de la puerta de mi habitación, mirándome con la cara desencajada y un palo desafiante en su mano. No grité, no pude, aunque tampoco sé qué pasó después.
    Al día siguiente, mis padres me encontraron acurrucado y en trance delante de la misteriosa puerta. Cuando volví en mí, les conté lo del enajenado que vivía detrás de la puerta supuestamente cerrada y que vino a por mí por haberlo descubierto. Ellos intentaron consolarme diciéndome que durante el duermevela la mente está aturdida y malinterpreta la realidad.
     Pero el miedo seguía siendo eso que no podemos controlar. 
   Tanto las noche como las puertas cerradas empezaron a aterrarme. Mis padres, angustiados, me llevaron a terapia, sin éxito. Finalmente tuvieron que retirar la puerta. No me lo dijeron, ni yo lo pregunté, simplemente un día no estaba. 
   Mis dolencias remitieron. Incluso los amargos recuerdos quedaron mitigados a vagas remembranzas de otra vida. El tiempo pasó, terminé los estudios y me independicé sin volver a sufrir ningún nuevo ataque... hasta hoy que mis padres me han invitado a cenar en su casa.
     —¡Buenas! —digo al entrar, pero nadie contesta, solo una luz asomando por el pasillo. 
     Me dirijo a ver y me quedo inmóvil. De pronto, me llaman al teléfono.
     —¿Llegaste? —es mi padre—, nosotros tardamos —silencio—. ¿Hola?
     —Ha vuelto... —susurro al fin.
     —¿Qué? 
     —La puerta del pasillo...
     —¿Cómo? —comenta intranquilo.
     —La que quitasteis porque me aterrorizaba, ha vuelto... 
   —Esto... —calla unos tensos segundos y entonces lo dice—: Nunca la hemos quitado... —sus palabras se quedan resonando con la efervescencia de mis antiguos temores. 
     —¡¿Qué...?! —grito y el intermitente pitido de una llamada cortada me contesta.
     Corro a la salida, pero su puerta está atrancada. Entonces, siento una presencia gélida que me retuerce los huesos. Me escondo en el lavabo mientras comienzan a aflorar los temores que nunca me abandonaron. Porque el miedo no es una parte de nosotros que no sabemos dominar, sino algo ajeno que quedó enquistado. 
     Me miro al espejo. Este escupe la imagen de una cara desencajada con unos ojos que casi no caben en sus órbitas y temen salir rodando entre sudor y escalofríos. El recuerdo del monstruo vuelve a mis retinas como si lo tuviera delante. Sin embargo, me asalta una obviedad: ahora no soy un renacuajo indefenso, sino una persona adulta con mayor fuerza de defensa.
     Desenrosco el cabezal de la fregona que solemos guardar en el lavabo, agarro el palo, trago saliva y voy hacia la puerta luminosa. Para mi sorpresa, cuando me tiene delante, esta se abre dejando entrar una pestilencia helada. La atravieso y aparezco en un pasillo como el de mi casa, pero construido con una simetría espejada. La supuesta luz sale de una habitación a mi izquierda. Avanzo y me detengo en su umbral con el palo en alto. Entonces lo veo: un niño en una cama, mirándome con unos ojos fríos donde se refleja la luz de una lamparilla de noche azulada con estrellitas purpúreas. 
 

Imágenes obtenidas de internet, si están sujetas a derechos que se me avise y las retiraré.

Opus 1: Los nueve Enanitos




Lo encontré al lado de un contenedor como un viejo mueble que ya ha vivido bastante. Parecía antiguo. Tenía la cubierta desgastada y el teclado destrozado. Sin embargo, las mazas, de apariencia atávica y rudimentaria, continuaban intactas, y las cuerdas tensas y con muchas melodías por ofrecer; de hecho, cantos de sirena salieron de su interior cuando las rasgué.
Soy más esnob que «Diógenes», pero para mí, y como pianista, estos objetos son sagrados. Además, mi carrera necesitaba otro punto de vista; el mundo de la interpretación y composición es como darse cabezazos contra una historia que nunca llegaría a saber de mi existencia. Amparándome a ello había acabado dando clases a críos mimados que solo suspiran contentar a sus padres. Quizá era hora de virar hacia la noble dedicación de luthier.
No supe qué fenómeno produjo tal locura, pero me vi haciendo algunas llamadas e instalando el piano en casa.
Una vez allí me puse manos a la obra. La cubierta la dejé tal cual. Estaba vieja y desgastada pero me gustaba el tono «vintage» que le proporcionaba. El teclado sí lo recompuse, aunque intenté utilizar los mismos trozos que lo componían, restaurando lo que pudiera y si alguna parte necesitaba un recambio nuevo lo hacía con materiales cuidadosamente rebuscados. Mientras lo ensamblaba me quedé maravillado con los acabados de su caja de resonancia y mecánica que, aunque antigua, continuaba perfecta. 
Durante días, mi pequeño estudio rezumaba artesanía, felicidad y un fuerte olor a cola. 
Una vez reparado me pasé horas sin poder dejar de mirarlo. Ese trasto me había dejado embelesado. No podía ni creer cómo alguien hablia podido desprenderse de esa reliquia. Ni siquiera conseguí contenerme; empecé a tocarlo sin esperar a que la cola compactara. 
Para mi sorpresa, estaba perfectamente afinado, el sonido que producía era límpido y puro y el peso de las teclas ideal. Interpreté «El Claro de Luna» de Beethoven, una pieza con la que mi profesor decía que llegué a tocarle el alma.
Cuando terminé permanecí en silencio y contemplando el magnífico instrumento.
—¿Podrías interpretar algo de Mozart? —dijo alguien a mi lado.
Giré sobresaltado y me encontré un hombrecillo mirándome con una cara marcada por el tiempo.
—Mejor Debussy, ese sí fue grande —oí del otro lado donde otro enanito me observaba con expectación.
—¿Grande? —una voz a mi espalda empezó a rebatir—, ¿lo dices por tu idea de la escala pentatónica?
Quizá fuera el cansancio o los vapores del pegamento, pero varios enanos a mi espalda empezaron una cómica discusión sobre unos méritos que no entendía.
—Tampoco fue tan ingenioso.
—¡Reinventó la composición! Gracias a mí.
Las intervenciones fueron sucediéndose con un tono de reproche «in crescendo».
—Todos hemos contribuido a que alguien reinventara algo.
—Ya, pero hay formas y formas.
—Totalmente de acuerdo.
—Pues yo no.
—Vamos a ver, después de Bach lo que siguió fue pura inercia...
—¿Ya me sales con Bach? ¿Y dónde te dejas a Monteverdi?
—¡Callad! —gritó uno señalándome—. Esta persona nos devuelve al mundo y, ¿nos ponemos a discutir como unos niñatos adictos al «postureo»?
Todos me miraron.
—Esto... —yo no podía creer lo que veía—, ¿qué está pasando?
Los nueve hombrecillos empezaron a reírse.
—Nos has sacado del piano —dijo uno.
—¿Yo?
—Sí —insistió el primero que había aparecido—, con la magnífica representación del maestro Beethoven.
La surrealidad se mezcló con la cordura. Ellos contando anécdotas que humanizaban a mis ídolos y tan rebuscadas que pocos musicólogos las conocerían. Yo, mientras tanto, interpretaba sus peticiones. 
Nacieron de una melodía que tocó el artesano que fabricó el instrumento. Cada vez que alguien lo tocaba y sobresaltaba las almas de sus oyentes, salían como si de una invocación se tratara. El piano era excepcional y su resonancia y armónicos tan profundos que cada uno de los grandes músicos de la historia quería pasar un rato con él, aunque fuera solo unos instantes. De ese modo, convivieron con cada genio y, en varios casos, proporcionaron el pequeño empujón que les hizo inmortales. 
Fue una velada extraordinaria.
Al día siguiente, amanecí durmiendo encima del piano, con varios pedazos de teclas pegados en la cara y la sensación de haber vivido sueño lúcido. Varios mensajes brillaban como reminiscencias de algo pasado en mi móvil. Algunos eran de padres de alumnos, preguntándome el porqué de mi ausencia. Pero uno, el más importante, procedía de mis vecinos diciéndome que la próxima vez que pasara la noche de cháchara con amigos y tocando el piano iban a denunciarme. 
Eso me exaltó. Quizá no fue una alucinación. Quizá todo lo acontecido fuera real. 
Me senté al piano e invoqué a los enanitos. Pero nada. Sin embargo, no me rendí y fui tocando sin parar. Cuando mi memoria se agotó saqué el arcón donde guardo mis partituras y empecé a interpretar una tras otra.
 Acabé con las muñecas destrozadas y las yemas sin sensibilidad. Había pasado por Brahms, Chopin, Tchaikovsky, Schumann, Schubert, Berlioz incluso Litz o Rachmaninov..., luego me atreví con Schönberg, Webern, Messiaen y contemporáneos hasta llegar a Stockhausen y los más vanguardistas, pero en el cuarto seguíamos yo y un montón de hojas por el suelo. Ningún hombrecillo misterioso. 
Desolado miré el arcón. Solo quedaba una obra. El último cartucho por quemar. La puse en el atril. Entonces me di cuenta de que nunca antes la había interpretado. Estaba manuscrita con unos garabatos puntiagudos y hechos como a toda prisa. Unos acordes en apariencia absurdos asomaban por una armonía tan complicada que no fui consciente del título y autor. Era dificilísima. Necesitaría varios días de práctica para tocarla decentemente. Sin embargo, empecé a interpretarla con una soltura innata. Mis dedos iban descubriendo cada nota como si fuera algo que surgiera de mí interior. Con los ojos entrecerrados, me dejé llevar por una interválica disonante entremezclada con melodías imposibles y una forma compositiva única que se adelantaba a mi propia época.
Terminé extasiado, sin aliento, con el corazón a mil y preguntándome de dónde habría salido esa maravilla mientras volvía a la primera página para descubrir título y autor. Esta obra sería motivo suficiente para inmortalizar a su creador. Entonces me quedé de piedra. Algo que, o bien esclarecía todo o lo dejaba aún más bajo su velo de irrealidad, me dio en la cara. Bajo el título, el mismo que esta historia, figuraba el nombre de un compositor peculiar y muy especial: yo.

El Púlsar




La culpa fue del hombre cabra. Eso dijo él que era, porque nosotros nunca habíamos visto una cabra.
Hacía tiempo que se había puesto de moda la deformación estética del cuerpo. Desde que lo vi en un ente que llevaba lo que parecía una oreja humana entre sus antenas no dejaron de aparecer. El elegido estrella para esas mutilaciones corporales era el humano. Esos seres egocéntricos siempre han suscitado tanto odio como fascinación. Está prohibido entablar contacto con ellos, hacerles así creer que están solos y dejar su belicosa mentalidad al margen. Por eso son tan deseables en el ámbito de las mutilaciones.
Sin embargo, lo del hombre cabra fue excesivo. De humano solo tenía las piernas. Dos grandes cuernos coronaban una cabeza alargada por unos maxilares apuntalados con una barbita ridícula. Era una especie de magnate interplanetario. Su apariencia no era sino una muestra de su poderío, un conjunto macabro, pero siniestramente hipnótico, y vino a nuestro planeta con una intención particular.
Situado en el centro de cuatro estrellas que rotan entre sí en una singularidad insólita, nuestro planeta es único. Esa peculiaridad astronómica le confiere unas características que sus habitantes supimos aprovechar para hacer de él el centro de la juerga intergaláctica:
Primero la penumbra.
Aunque astronómicamente tengamos cerca cuatro estrellas, no lo están tanto como para empapar de luz el planeta. Y eso que una de ellas es una gigante azul. Sus rayos llegan como flashes púrpura, cruzándose con los de la enana roja y entremezclándose con el multicolor de la enana blanca. El conjunto es un sinfín de formas danzando por la penumbra como estereogramas abstractos. Pero todo eso se quedaría en nada si no fuera por la cuarta estrella: el púlsar.
Desde miles de años luz, esta pequeña estrella de neutrones parece un pulso intermintente, de ahí su nombre, pero está tan cerca que su parpadeo lumínico es como una epiléptica rayadura discotequera bestial. A eso hay que añadir la pequeñez del planeta y su gravedad mínima. Los visitantes flotan sin cansarse durante varios periodos rotacionales. Además, la atmósfera es tan pobre que proporciona cierta desorientación si no se está acostumbrado. Y eso, junto las turbulencias y ritmos sonoros que producen las fluctuaciones gravitacionales de las cuatro estrellas, provoca en cada turista el estado de embriaguez perfecto.
Nada más aterrizar, los entes entran en trance, les invade cierta euforia con el consiguiente ensalzamiento de la amistad o ven potenciada su personalidad y lengua... Nosotros mientras damos cobijo y la exposición de las zonas donde su experiencia sea máxima.
Aun así, debemos parte del éxito al baile traslacional del púlsar con sus tres hermanas luminosas. Durante veinte ciclos rotacionales, cuando las cuatro están más próximas entre sí, la turbulencia festiva llega a su mayor auge. Incluso nosotros quedamos a merced de la juerga porque no podemos controlar sus efectos. Ese periodo es conocido como «El Gran Despiporre»; la mayor festividad del universo donde entes de todo el cosmos llegan para pegársela al máximo.
Y fue en mitad del último «Despiporre» cuando apreció el cabrón medio humano. Lo hizo de forma amistosa, proporcionándonos ayudas y maquinaria especial para sufragar ciertas deficiencias protocolarias. Incluso dispuso satélites para salvaguardar la gran cantidad de visitantes a modo de hostales espaciales. Sin embargo, no supimos ver las intenciones que escondía tras unos actos aparentemente altruistas. Las máquinas y satélites eran escáneres ambientales que recogieron todo tipo de datos.
Cuando terminó la gran festividad y reemprendimos la marcha cotidiana, lo notamos de inmediato; no fue necesario ver a los primeros visitantes menos eufóricos o mentalmente sobrios. La penumbra, atmósfera y gravedad estaban alteradas por la maquinaria del hombre cabrío; nos saboteó para montarse sus puestos astronómicos de juerga.
Intentamos no darle importancia. Ningún planeta tendría nuestra singularidad. Solo tendríamos que eliminar ese veneno que nos habían inoculado. La maquinaria fue fácil desarmarla. Los satélites no. Somos taberneros intergalácticos no ingenieros y el magnate nos sepultó a conciencia bajo una nube de chatarra flotante, copando el cielo y negando el paso de luz, incluido el púlsar. La soledad nos asoló rápidamente.
Tuvimos que abandonar el planeta y, con horror, comprobamos que cada sistema planetario aguardaba un espacio, propiedad del magnate, que viralizaba nuestra esencia.
No pude aguantarlo.
Transformé por completo mi cuerpo y vine, en secreto, al único lugar donde ese indeseable nunca pisaría. Mimetizado con los entes del planeta, empecé de nuevo. Monté lo que aquí se conoce como garito. En él, combino tradiciones de este mundo, como música y bebidas espirituosas, con una alteración atmosférica y gravitatoria a través de una máquina del hombre cabra que me agencié. Abro medio ciclo rotacional seis veces seguidas y cierro uno que aprovecho para descansar y mirar las estrellas, o más bien intentar visualizar mi planeta, aunque solo alcanzo los tenues parpadeos del púlsar. Sus cómplices guiños me producen una paz que nunca creí posible, y mucho menos entre estos seres.
Los humanos no son malos, por lo menos no la gran mayoría. Solo son ignorantes, lo que pasa que algunos de ellos aprovechan esa ignorancia para enfrentarlos entre sí. Incomprensible... Sin embargo, tengo un plan para tratar de cambiar eso, el cual comenzó cuando abrí «El Púlsar», así he llamado a mi garito, y empecé a embadurnar el planeta de desinhibición, jolgorio y exaltación de una felicidad inimaginable para ellos... Y es que, después de todo, la vida debería ser eso... una fiesta.


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