El animal





—¿Has visto eso?
—¿Qué?
—Por el arcén, ¿no me digas que no lo has visto?
—No... y eso que voy conduciendo .
—Estás demasiado concentrado en la carretera.
—La autopista está abarrotadísima... ¡como para ir despistándose!
—Lástima.
—¿De qué?
—De que no hayas visto al animal que acaba de pasar.
—¿Un animal? ¿Estás seguro?
—Completamente
—¿Y por qué es una lástima?
—Era increíblemente maravilloso.
—¿En serio? ¿Qué animal era?
—No sé, nunca antes lo había visto.
—¿Nunca? No te habrá dado tiempo de fijarte bien.
—Pues si que me ha dado tiempo, de hecho, cuando hemos pasado por su lado, he notado como si el tiempo se detuviera y pudiera deleitarme con su anatomía y forma.
—Claro... Y después de esa paranoia que te ha asaltado mirando ese bicho, ¿no has podido vislumbrar qué era?
—No y si no fueras tan maniático con lo tuyo también lo habrías visto.
—¿Tan maniático? ¡Estoy conduciendo, inútil! Maniático dice...
—Vale, no te enfades. A ver si vuelvo a verlo y adivino qué es; tú continúa con tus cavilaciones.
—¡Joder! Mira que llegas a ser exasperante... Descríbemelo.
—Déjalo...
—¡Que me digas cómo era!
—Si no rebajas ese tonito paso de hablar contigo.
—¡Ufff! ¿Podría su santidad adjetivar al empecatado animal?
—No sé si prefiero el sarcasmo al despotismo...
—¡Venga!
—Vale... Era grande, muy grande.
—¿Grande...? ¿Como un perro de esos que llevan un barril con brandy caliente para cuando rescatan a alguien?
—¿Un perro? Creo que lo hubiera advertido.
—¿Un oso?
—Un... ¿oso? Nunca he escuchado ese nombre.
—¡Venga ya! Si es uno de los animales más difundidos del mundo: muñecos de trapo, dibujos, marcas, escudos... ¡hasta en la sopa!
—Vaya, qué raro no haber visto jamás uno para ser tan cotidianos.
—Bueno, yo realmente tampoco, solo por televisión.
—¿Televisión?
—Sí, ¡televisión!, esa caja tonta que nos emboba a diario.
—¡Ah...! Y, a parte de grandes..., ¿cómo son?
—Son peludos, los hay pardos, blancos...
—Entonces no. Este era más bien grisáceo y sin pelo.
—¿Que qué?
—Ha sido algo raro.
—Gris... pelado... ¿Un hipopótamo?
—¿Un qué?
—¿No me digas que tampoco sabes lo qué es un hipopótamo? Si hasta anunciaba pañales hace unos años.
—¿Un animal anunciando pañales?
—No era un animal de verdad, sino un muñeco.
—¿Como los osos?
—No, más bien algo como una marioneta.
—Déjate de peleles; el animal que he visto era real.
—Ya bueno, me refería al del anuncio; los hipopótamos son reales.
—Y calculo que también los habrás visto en la... ¿televisión?
—No, en este caso lo vi con mis propios ojos en un safari, incluso tengo una fotografía.
—¿«Safa...» qué?
—¡Safari! Es como un zoo.
—¿Como un zoo?
—Sí, el primero es parecido a una aventura que haces por un recinto, de hecho en suajili significa «viaje». El zoo es más bien como un parque de atracciones o museo con animales expuestos.
—¡Cuántas cosas sabes...!
—Chorradas que se me van quedando con el paso de los años.
—Qué envidia, a mí no se me queda nada... ¿Y cómo es ese animal?
—Pues es grande, grisáceo, casi sin pelo, cabeza redonda, orejas pequeñas...
—No... Creo que no era un hipopótamo.
—Pues entonces, no sé... ¿Tenía una trompa?
—¿Qué?
—¡Trompa! Como un brazo pegado a la cabeza.
—Ahora que lo dices, sí, pero no era como un brazo, sino puntiagudo, rígido y punzante.
—¿Cómo...? ¿Has visto un pez espada o qué?
—Ya te he dicho que no lo sé..., ¿cómo es ese pez?
—Pues... grande, grisáceo, sin pelo y con una gran protuberancia que sale de su cabeza, como si su nariz fuera un largo aguijón.
—Pero, ¿los peces no deberían ir por el agua?
—Esto... ¡ya!, pero es que lo que me dices no me cuadra con nada. Estamos divagando entre perros, osos, hipopótamos, elefantes, peces... No sé qué animal puede ser grande, grisáceo, sin pelo, con un largo pincho en la cara y que además le guste ir por los arcenes de las autopistas mareando a la peña.
—Tienes razón... mejor pasemos del tema.
—¡No, ahora quiero saberlo! Dame más detalles.
—Si es que ya ni me acuerdo. Me has llenado la cabeza de tantos animales...
—¡No me jodas!
—A lo mejor vuelve a aparecer...
—¡Claro! A lo mejor podrías...
—¡Espera! ¡Míralo!
—¿Dónde, dónde...?
—¡Ahí! ¿Lo has visto ahora?
—Eh... ¡No!
—Joder, abre los ojos...
—Pero, ¡si no quito la vista de la carretera!
—Pues estaba ahí; lo hemos vuelto a perder...
—¡Ya! Me parece a mí que vamos a quedarnos sin saber qué dichoso animal es.

La Señora Cabra


—Quisiera retirar una onza alimenticia —dice la Señora Oveja.
—Imposible —contesta, detrás de la ventanilla, el Honorable Unicornio—, en crisis alimenticia solo dispensamos Polvín.
—¿Polvín? No... ¡Quiero comida de verdad! —exige la Señora Oveja.
—Es el mismo alimento, pero deconstruido, facilita costes.
—¿El mismo alimento? —La Señora Oveja empieza a enfurecerse—. Sé que lo mezcláis con tierra, ¡así es más rentable!
—Pamplinas —contesta amablemente el Honorable Unicornio—. La estará tomando incorrectamente. Escuche: diluya una cucharada por vaso de agua, así obtendrá la papilla idónea.
A espaldas de la Señora Oveja, en la cola de espera, el Señor Toro, detrás de la Señora Cabra, empieza a refunfuñar.
—¿Por qué la dichosa oveja no acepta? —farfulla.
La Señora Cabra no traga al Señor Toro, pero tiene razón, de nada sirve discutir con el Banco de Distribución y Almacenaje Alimenticio. Sin embargo, tampoco quiere darle más vueltas; su turno es inminente, después del Señor Caballo le toca. «Espero que no tarde tanto como la Señora Oveja», piensa la Señora Cabra mirándolo, el pobre parece muy nervioso y no deja de morderse la pezuña.
—¡Vale! —resuelve la Señora Oveja—. Deme una microbolsa.
El Honorable Unicornio apunta el pedido y aparece el Acrisolado Pegaso con una bolsita llena de un polvo color crema.
—Aquí tiene. ¡El siguiente! —grita el Honorable Unicornio.
El Señor Caballo se abalanza inquieto hacia la ventanilla.
—Señor Caballo... —sonríe el Honorable Unicornio—, ¿qué hace aquí? Aún faltan dos semanas para su mensualidad.
—Necesito otra ración...
—No es posible; cada uno recibe en mensualidad lo correspondiente a sus labores. Debe trabajar más, Señor Caballo, su mensualidad es mínima.
—Me refiero a una ración en concepto de... adelanto...
—Ha agotado los adelantos correspondientes a sus siguientes tres mensualidades; lo sentimos...
—¡No hay labores para mí! —explota de súbito el Señor Caballo—. Todo está mecanizado... Por favor, de équido a équido, ¡ayúdeme!
El Honorable Unicornio sonríe y mira a un lateral. Entonces, aparece el poderoso e Intachable Grifo que pilla por sorpresa, y de las patas traseras, al Señor Caballo.
—¡Monstruos...! —brama mientras es arrastrado hacia la salida—. ¡Ni animales mitológicos ni fantásticos! ¡Sólo monstruos...!
—¡El siguiente! —grita mientras tanto el Honorable Unicornio, pero la Señora Cabra, sobresaltada viendo tal espectáculo, permanece inmóvil.
—Quisiera hablar con el Director —muge el Señor Toro aprovechando el trance de la Señora Cabra y colándose.
—Está reunido —responde el Honorable Unicornio.
—Somos íntimos. ¡Llámalo!
—Le repito que el Director, el Íntegro Minotauro, está reunido con el Jefe Superior por motivos de crisis alimenticia.
—¿Jefe Superior...? —titubea el Señor Toro retrocediendo tembloroso y asustado—. Bueno. Ya... volveré.
—¡El siguiente! —vocifera de nuevo el Unicornio.
—Quisiera mi mensualidad, hoy es el día —comenta la Señora Cabra que, ahora sí, ha permanecido atenta.
—¿Cuánto quiere?
—Toda.
—¿Toda? Señora, deje algo en depósito, si no el Banco retendrá una fracción.
—Toda.
—Hágame caso: saldrá ganando.
—¡Toda! —corta ella groseramente.
El Unicornio no insiste.
—Lo que quieras... Si estás como una cabra es problema tuyo —refunfuña el Honorable Unicornio para sí mismo, aunque con el tono suficiente para que ella lo oiga.
El Acrisolado Pegaso deposita dos maxibolsas y media.
—Aquí tiene.
—¿Sólo eso? —pregunta ella extrañada.
—Ya sabe... La Retención por Totalidad va aumentando; estamos en crisis, además...
—¡Vale! —corta la Señora Cabra aparentemente cansada de tener que aguantar a esta «gente». Coge sus bolsas y vira hacia la salida. «Será mejor que me vaya», piensa, «en tiempos de crisis alimenticia una cabra debe de ser el tentempié perfecto para el Jefe Superior: el Ilustre Dragón».
Una vez afuera, libre de la toxicidad Bancaria, vuelve a respirar sin ningún tipo de asfixia, pero de pronto, a unos metros, ve al Señor Caballo sollozando en el suelo. Se acerca.
—Señor Caballo... —dice sin saber cómo consolarle. Entonces, coge una de sus maxibolsas y se la da.
Él no da crédito. Se levanta y la pilla instintivamente.
—Señora... ¡Gracias! Se la devolveré, ¡lo juro!
—¡Cállese! —suelta ella—, no puede devolver nada, he presenciado su trifulca, ¡dosifíquela!
Al oír eso el Señor Caballo vuelve a llorar, pero ella le insta a largarse; la cercanía del Banco le aterra.
Emprenden la marcha. Al poco, en dirección al Banco, se cruzan con el Señor Burro que, con una característica estaca amarrada al lomo, sostiene atada una zanahoria a la altura de su visión.
—Dentro de poco todos acabaremos así —pronostica el Señor Caballo mirándolo.
«Ya lo estamos», piensa ella.
—¿Cómo hemos llegado a esto? —explota de pronto el Señor Caballo, deteniéndose y girándose hacia el Banco—. Antes nos labrábamos nuestro alimento, ¿se acuerda? Lo producíamos nosotros mismos. ¿Cuándo irrumpió este irreal submundo de falsos animales dictaminando nuestras vidas?
La Señora Cabra no dice nada, aunque tampoco le apetece hablar del tema. Solo niega en señal de indiferencia.
—Todo es tan surrealista... —suspira de nuevo el caballo bajando la cabeza.
Ella, harta del tema y de su victimismo, reemprende la marcha rauda con la intención de dejarlo atrás. Él se da cuenta e intenta seguirla, pero está débil para hacerlo.
—Señora, espéreme —dice entonces al verse rezagado. Pero ella finge no oírle.
No obstante, a los pocos metros, movida por una especie de epifanía moral, se detiene y se gira.
—Sabe —dice secamente—, la culpa es nuestra: es un mundo irreal, sí, pero mientras sigamos creyendo en él la sombra de desdicha que proyecta sobre nuestra realidad nunca se desvanecerá. —Se da la vuelta y continúa caminando.




899 palabras.

Lluvia


Mi madre me contó que cuando nací estuvo lloviendo durante cuatro años. Nunca acabé de creérmelo, pero mi padre tampoco la desmentía, decía que la lluvia era buena, necesaria por su arbitrariedad. Bajo ella, todos somos iguales. Es la manera que tiene la naturaleza de impartir justicia.
No es que esas historietas me marcaran, pero hará un año, algo me hizo recordarlas.
Estaba en casa preparándome para ir al trabajo cuando oí llover a través de la ventana de la cocina. Me alegré. Hacía tanto tiempo que no llovía que sentía como si nunca lo hubiera presenciado. Busqué mi viejo chubasquero amarillo y me lo puse encantado, pero cuando salí a la calle me topé con un cielo totalmente despejado; incluso la gente pasaba por mi lado mirándome con cierto escarnio, como si fuera un loco.
No le di muchas vueltas. Seguramente algún goteo, al linde de la ventana, me habría dado esa sensación. Plegué el chubasquero y lo guardé en el maletero del coche junto con los triángulos.
Sin embargo, al día siguiente, volví a oír la lluvia. Sintiendo que empezaba a ceder a mis demencias, me acerqué a una ventana, descorrí la cortina y... ¡nada!. Un día bien soleado sin siquiera algo que hiciera presagiar la teoría del goteo.
Me asusté. Una alucinación reiterada puede ser sinónimo de algo serio. Pero a pesar de ese pensamiento, intenté serenarme. Estaba seguro de que una explicación racional había detrás de todo esto. No obstante, cada mañana un aguacero arreciaba detrás de las ventanas, y cuando trataba de visualizarlo me encontraba un Sol que me golpeaba con saña. Al poco, empezó a pasarme a cualquier hora del día que estuviera por casa. Desarrollé una terrible fobia a permanecer en mi hogar. Pasaba horas afuera. Dormía poco y mal. Comía deprisa, peor...
Un día, en el ascensor del trabajo, y al borde de la enajenación, me propuse contarle mi desdicha a alguien.
—¡Qué tiempo!, ¿no? —dije nervioso a un tipo sin saber cómo empezar.
—¡Ufff!, si no llueve pronto nos vamos a disecar...
—¿Cómo? —pregunté sin poder ocultar mi sobresalto.
—Ya sabes, la sequía...
—¡Ah! —exclamé enmudeciendo de estupidez. ¿Cómo se me ocurre plantear algo así en un ascensor?, me dije.
Las puertas se abrieron y salimos en silencio. Abatido, fui a la máquina de café. Había varios compañeros charlando. Me serví uno con una de esas odiosas cucharas de plástico.
—Lo escuché en la radio —oí que decía uno—, le pasa a mucha gente.
—¿En serio? —preguntaba otro.
—Es el Sol—continuaba el primero—, al parecer vuelve loca a la gente...
—¡Claro! —interrumpí, provocando la atención de todos.
—¿También lo has oído? —preguntó dubitativo el primero.
—Esto... No, pero... —titubeé—, pero a mí...—tragué saliva—, es decir..., ¿no habéis notado que la lluvia...? —a cada palabra me sentía más imbécil—. Tengo la sensación de no haber visto llover nunca... —resoplé desplomándome sobre mí mismo.
Ellos se miraron y explotaron en una sonora carcajada.
—¡Tío! —bramó uno dándome una fuerte palmada mientras se retiraba con los demás—, estás fatal.
—Tenías razón —le dijo otro ya a mis espaldas—, la gente está perdiendo la chaveta.
Me quedé solo mirando el café. Estoy loco, pensé. Entonces, un sonoro trueno me sacó del ensimismamiento. Llevaba muchos días oyendo llover, pero nunca tronar, y eso lo percibí como una señal. Corrí hacia la salida. Mientras bajaba a empujones por las escaleras los truenos iban «in crecendo». Llegué al hall jadeando, me abalancé hacia afuera y... un garrotazo luminoso me arrojó a un suelo seco.
No regresé, ni al trabajo ni a casa. No soportaría volver a estar bajo techo. Deambulé por la ciudad sopesando la posibilidad de convertirme al «vagabundismo». ¿Por qué me está pasando esto?, pensé, ¿Qué he hecho yo? Entonces, como un chispazo, vinieron a mi mente aquellas historietas de mis padres. Quizá tuvieran relación con lo que me pasaba.
Saqué mi móvil.
—¿Sí? —contestó una voz.
—Mamá...
—¡Pero bueno!, si es ese hijo mío tan ocupado para llamarme —dijo con sarcasmo de madre—, ¿a qué se debe esta Buena Nueva?
Callé, no sabía cómo empezar.
—¿Estás bien? —preguntó ante mi mutismo.
—No...
—¿Qué ha pasado?
—Pues... —dudé—, cuando nací me dijiste que estuvo cuatro años lloviendo.
—Bueno...
—Pensaba que eran historietas que te inventabas, pero empiezo a...
—Hijo —interrumpió secamente—, nunca llovió durante cuatro años; te mentí.
—Pero... ¿Por qué? —suspiré sintiendo implosionar mis entrañas.
—Eras pequeño para entender la realidad.
—¿Qué realidad?
—Que todavía sigue lloviendo...
En ese momento, una gota impactó en mi coronilla.




Imagen de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

El mundo de los postres navideños

Llego un poco tarde, pero aún queda mucha Navidad por disfrutar y degustar...

Todo empezó con un reto que lanzó David Rubio Sánchez desde su blog. Se trataba de realizar un texto a ocho manos junto con Estrella Amaranto y Rosa Berros Canuria. La idea fue buena, la elaboración mejor y el resultado, bueno, realmente inmejorable.

Así que, sin más dilación, vayamos al relato.



EL MUNDO DE LOS POSTRES NAVIDEÑOS



Felicidad, familia, reencuentros, sentimientos aglutinados junto con manjares típicos... En Navidad, la dulzura impera por cada rincón, pero si hay un mundo donde ese sentimiento adquiere todo su significado es en «El mundo de los postres navideños».
Sin embargo, a pesar de su dulzura, hubo una vez que esa condición quedó en entredicho:
Era víspera de Nochebuena y la casa de Don Turrón bullía. Cada año, todos los familiares repartidos por el mundo se encontraban allí y pasaban un rato en compañía antes de ofrecer su dulzura a los humanos.

—¿Qué tal por tierras teutonas, querida? —preguntó don Turrón a Berlina, su esposa, nada más llegó.
—Poco, ya sabes... ¿y el pequeñín? ¿Dónde tienes a mi Polvoroncillo? —contestó ella.
—Ha salido un momento con su hermano Mazapán...
—¿Dónde? Necesito abrazarlo después de tanto...
—Han ido con el abuelo a no sé qué —interrumpió Torrijas de leche, la viuda y cuñada de Don Turrón.
De pronto, la puerta se abrió y entraron los pequeños con Alfajor, el abuelo.
—¡Mis pequeños! —gritó Berlinesa abrazando a ambos—, qué ganas tenía de acariciar vuestra dulzura.
—¡Nuera! ¡Ya viniste acá! —irrumpió Alfajor sin siquiera moverse del umbral, como si extrañamente no quisiera entrar todavía.
—¡Abuelo! —exclamó Berlinesa—, entre, ¿qué hace ahí parado?
—Pues veréis... —dijo el abuelo echándose a un lado y dejando paso a un familiar que hacía mucho que no se presentaba en las reuniones familiares y que puso en jaque esa típica personalidad tan dulce: Helado de chocolate vegano con té verde.
La primera en cuestionar su presencia fue una de las tías Peladilla:
—¿Y ese qué hace? Menudo postre de Navidad más triste. Helado, frío como el tiempito que tenemos y encima sin mantequilla ni nata ni nada rico.
—Ja, ja. Parece un ratoncito mustio. ¡Eh, tú, Helado de chocolate vegano con trocitos de té verde! —¿habrase visto qué nombre más rimbombante?—, ¿entiendes castellano? Sí, soy yo, Torrija.
—No deberías burlarte tanto, Torrija —dijo serio Alfajor—. Tú que tan pronto sirves de postre navideño como de postre de Pascua no eres la más apropiada para criticar a los demás.
—Bueno, padre, de todas formas hay que hacer algo. Solo faltaría que les gustara más a los humanos y nos relegaran para siempre —se lamentó Turrón, haciéndose eco de lo que todos sentían y no se atrevían a confesar.
—Pues encima de mí estaría muy bueno —dijo Torrija un poco amoscada por el rapapolvo de Alfajor—, aunque para eso tendríamos que derretirlo.
—Ja, menuda idea —exclamó don Turrón—. ¿Por qué no lo metemos en el microondas? Un poquito y a baja potencia…
—¡Ay, querido esposo! No sé qué me da…
—Berlinesa, no vamos a matar a tu hermano solo quitarle ese aire tan… frío.
—Es verdad, se da tantos aires…
—¡¡¡¡Nooo!!! —gritó Polvoroncillo—. No quiero que queméis al tío cocholate.
La cena de Nochebuena fue todo un éxito, aunque no para todos los miembros de la familia de don Turrón. Helado de chocolate vegano yacía desmadejado en un cuenco: el mismo en que, a baja potencia y durante unos segundos, había permanecido en el microondas; lo suficiente para perder su apetitoso aspecto cremoso y adquirir la consistencia del barro mojado. Nadie en la mesa se dignó mirarlo más que para apartarlo a un lado y abrirse camino hacia una Peladilla. Los humanos disfrutaron con los dulces tradicionales. Don Turrón y los niños, Polvoroncillo y Mazapán, fueron los triunfadores absolutos de la cena, aunque Berlinesa, Alfajor y demás familiares también recibieron la atención merecida aquella noche.


En la mañana de Navidad, casi todos los postres se engalanaron para ofrecer de nuevo sus encantos gustativos a los humanos. El casi era Polvoroncillo que intentaba encaramarse al cuenco en el que se hallaba Helado de chocolate vegano con té verde.
—¿Necesitás ayuda?
Polvoroncillo se giró para ver a su abuelo rodando hacia él.
—¡Hola, abuelo Alfajor! ¿Oyes eso? Parece que el tío cocholate vegano está llorando. No me gustó lo que hicieron papá y los demás.
—Estuvo muy mal, por muy altanero que sea ese tipo no se lo merecía, y menos en Navidad. Va, subí encima de mí para ver cómo está.
Y así hizo el pequeño. Dentro del cuenco, pudo observar las lágrimas de chocolate que saltaban como los chorros de una fuente.
—¿Cómo estás? —preguntó Polvoroncillo.
—¡Ay, ay! ¡Mira lo que me hicieron! ¿Así se recibe a un familiar?
—Lo… lo siento. ¿Puedo hacer algo?
—¡Llévame de nuevo a la nevera, te lo suplico!
Polvoroncillo bajó de Alfajor dispuesto a ello, aunque no sabía cómo podrían hacer tal cosa, siendo él pequeño y su abuelo, anciano. En ese momento, llegó don Turrón.
—¿Qué hacéis todavía aquí? Los humanos pronto van a reunirse a la mesa.
—Disculpá, creo que Polvoroncillo tiene algo que decir.
Polvoroncillo observó al terco de su padre y apenas balbuceó:
—De... deberíamos llevar a tío cocholate a la nevera.
—¡¿Qué?! ¡Un rotundo no! Ya lo entenderás cuando crezcas. Vamos, que están a punto de servirnos.
Los postres aterrizaron en la mesa, felices y preparados para ser degustados. Pero pasó el tiempo, y ni uno de ellos abandonó las bandejas. Entonces escucharon a uno de los niños humanos que verbalizó la opinión del resto de comensales:
—¿Otra vez lo mismo? ¡Qué aburrimiento! ¿Cuándo podremos comer a Helado de chocolate vegano con tropezones de té verde, mamá?
Y allí quedaron. Abandonados, inadvertidos.
Fue tan decepcionante para los postres tradicionales aquel ostensible rechazo de los humanos, que al llegar la cena de Nochevieja temieron desaparecer del menú. Aquello les llevó a arrepentirse sobre su mezquina conducta con el forastero. Había que devolverle a su primigenio estado, con lo que nada mejor que enfriarlo en la nevera, de ello se encargó Polvoroncillo, pues su inocente súplica a fin de resucitarlo hizo que toda la familia cambiara de actitud, lo que le colmó de alegría, dando saltos y gritos: «¡hip hip hurra... Vivan las fiestas de Navidad y del Año Nuevo!»
Con ese buen ánimo entraron al comedor donde todos lucían sus mejores galas perfumados de aromas deliciosos y con sabores únicos. Los comensales los miraron asombrados y aguardaron que se sentara un niño impaciente, después de cometer una de sus típicas travesuras.
—Disculpa, amigo Helado vegano, pero he tropezado sin querer... en realidad, me han empujado y no sé cómo salir de aquí. —balbuceó nervioso arqueando las cejas, don Turrón, a quien aquel niño al que le gustaba hacer travesuras le había arrojado en el cuenco del postre exótico.
—¡No te preocupes! Podemos hacer un dúo exquisito si ellos se deciden a probarnos. —le contestó con una amplia sonrisa tratando de tranquilizarle.
—¡Ah, no lo había pensado antes, pero me parece una idea genial! —exclamó don Turrón mostrando sus sabrosas y exquisitas almendras en señal de aprobación.
Inquietos por la curiosidad de aquella novedosa fusión de ambos postres, los humanos la saborearon y les encantó.
Aquel incidente les ayudó a comprender que de nada les había valido ser tan prejuiciosos con lo diferente, puesto que la unión de lo tradicional con lo atípico fue lo que contribuyó a realzar sus virtudes y enriquecerse mutuamente.


FIN

Extraños en un andén


 —¿Por qué no arranca? —dice una señora. Su marido calla y baja la mirada—. ¡Vamos! —brama levantándose y estirándole con saña—, ¡si tengo que esperar a que hagas algo...!
Salen al andén. Entre vapor y siseos, ascienden. Pasan el primer vagón y ven un hombre alto mirando la locomotora.
—¿Señor? —llama la señora—, ¿ocurre algo?
—¿Perdón? —El hombre sacude la cabeza como saliendo de un trance.
—¡Otro inútil! —Farfulla ella.
—¡Deténganse! —grita entonces el hombre viéndolos enfilar hacia la locomotora—. Sucede algo... extraño —titubea señalando la máquina.
La mujer entrecierra los ojos y al ver, asomando por la puertecilla lateral de la locomotora, una persona tirada empieza a gritar. Varios viandantes se acercan alertados.
—¿Señora? —pregunta un anciano.
—¡Han matado al maquinista! —exclama alterada.
—¿Cómo? —pregunta otro.
—Es el segundo maquinista —irrumpe el hombre alto—. Él y yo estábamos hablando cuando hemos oído gritar al primer maquinista dentro de la locomotora. Entonces, ha ido y al entrar se ha desplomado.
—¡Cierto! —dice una mujer incorporándose—, lo vi desde allá atrás. Ha sido como si le hubiera dado un síncope...
—Gas tóxico —suelta un hombre calvo.
—Estaríamos todos muertos.
—¡Un disparo!
—Hubiéramos oído el tiro. Es gas, pero localizado, por ejemplo, en un leño; al arder, la caldera suelta el veneno por la cabina.
—¡Qué horror! —Exclama la señora.
—¡Absurdo! —bufa el hombre alto.
—Oiga —dice entonces ella observándolo detenidamente—, nos... ¿conocemos?
—¡Abran paso! —irrumpe de pronto un hombre uniformado: el revisor—. ¿Por qué tanto...? —calla al ver al hombre alto—. Bruno..., ¿Qué mierda haces aquí?
—Hay leños venenosos —interviene la señora.
—¿Qué has hecho, Bruno?
—Nada...
—¿No lo reconocen? —brama alto, apuntando al hombre alto, y mirando a todos— es maquinista de esta terminal; su cara lleva una semana colmando los periódicos.
—Por eso me sonaba —cuchichea la señora.
—Escúchame... —interviene Bruno.
—¡Calla! —bufa el revisor mirando hacia la locomotora—. ¿Lo has matado?
—Estás paranoico... ¡Tu esposa te ha vuelto majara!
Jack, al oír eso, reacciona propinándole un puñetazo. Los observadores retroceden. La señora se gira sobresaltada y ve dos agentes paseando.
—¡Policía! —grita.
Estos se acercan, los inmovilizan y registran. Sacan una derringer del bolsillo de Jack.
—Tengo licencia —espeta este.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta un policía.
—Hay leños tóxicos... —suelta la señora —, y estos dos saben el porqué.
—¡Cállese! —salta Bruno. Entonces les cuenta la historia.
Jack escucha colérico.
—Ahora, la verdad —dice cuando Bruno termina.
—¡Es cierto! —interrumpe nuevamente la señora—. Una mujer dice haberlo presenciado.
—¡Yo también! —suelta un hombre con gabardina y cara oculta tras un pasamontañas. El gentío va creciendo.
—Esta historia no... —corrige Jack—. ¿Se acuerdan del descarrilamiento del tren de Metcalf? Este hombre —continúa señalando a Bruno— era el primer maquinista, su segundo, y el que tenía que testificar contra él, el hombre que yace muerto. ¡Ha matado al testigo de su imprudencia!
—¡Por eso puso lo leños...! —chilla la señora mirando a Bruno.
—Pero, ¿han comprobado que esté muerto? —suelta un policía. El gentío enmudece.
El agente, tapándose nariz y boca con la mano, decide inspeccionar la escena. Encuentra dos cadáveres ensangrentados con un pequeño y familiar orificio en la cabeza.
—¡Aprésenlo...! —dice regresando y señalando al revisor—. Herida de bala... una derringer.
Se produce un mar de cuchicheos.
—¿Yo? Hoy en día cualquiera tiene una, además, ¡miren la mía...! está completamente cargada.
—La ha podido recargar.
—Pero no hemos oído disparos —salta la señora.
—El sonido de esta arma es más débil que el siseo del tren —agrega el policía girándose al gentío—. ¿Alguien ha visto a este señor merodeando la zona?
—¡Claro que me han visto, soy revisor! ¿Y por qué iba a querer matarlos?
—Porque se follaban a tu mujer —agrega Bruno a su espalda provocando el silencio.
Jack se gira lentamente con los ojos inyectados en sangre.
—¡Cabrón! —brama saltando contra él, pero un policía, de un porrazo, lo deja inconsciente.
—Llévatelo a comisaría —comenta después a su compañero—. Usted, ¡acompáñele! —ordena a Bruno—, quiero una declaración.
—Esto... debería fichar... —titubea Bruno aparentemente aturdido por la escena—, ya... tengo bastantes problemas.
—Le esperamos
Bruno asiente y parte hacia el registro. Por el camino se cruza con el hombre de la gabardina. Parece seguirle. Entran a la terminal y doblan por un pasillo que desemboca en una puerta que abre a un descampado repleto de material ferroviario.
—Joder, Guy —dice Bruno—, con ese antifaz pareces un asesino.
—¡Tenías razón! —ríe Guy quitándose el pasamontañas—, llevaba una derringer.
—Sí, el plan salió bien.
—¿De verdad se tiraban a su mujer?
—No sé, pero ella se ha cepillado a medio personal.
—¡¿No sabes?! ¿Y si lo niega?
—Sus mentiras e infidelidades desarticularan su confesión; ahora, dame la derringer.
—Primero la pasta.
—No la traje.
—¡Mierda, Bruno!, si no pago hoy mis deudas estoy muerto.
—¡Me han registrado, imbécil! Hubiera sido sospechoso llevar tanto dinero. Luego saldamos cuentas. ¡Ahora, dame el arma! Aquí hay un pozo donde arrojarla.
Guy obedece.
—¿Habrás sido sigiloso? —pregunta Bruno.
—¡Claro! Permanecí agazapado en la puerta contraria al andén. Tuve que matar al primero, daños colaterales, después rodeé el tren y me uní al gentío.
—La gabardina, ¡dámela!, la arrojo también, y lárgate; tengo prisa, con la conmoción del momento solo podré justificar diez minutos de desfase en mi registro.
—Vale... —dice Guy girándose—, y deshazte del arma; es el último cabo suelto.

—Sí —ríe Bruno apuntándole a la espalda—, pero antes, ataré el penúltimo...





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La fábrica de pasteles

   


Al final he elegido el verde. La verdad es que no sé por qué lo he hecho. Puede que haya sido por la novedad o a lo mejor por esa luz verdosa y penetrante resbalando por la superficie, pero su imagen ha captado al instante mi atención. Un día leí que el color verde chillón es donde reside la máxima agudeza visual, y es muy posible que el artesano pastelero decidiera darle tal aspecto para que resaltara sobre el resto. 
    No obstante, me ha parecido algo intrigante, y no me refiero al pastel en sí, sino a mi elección. Es la primera vez que lo he visto, y tampoco soy una persona adicta al cambio, pero la estrategia que ha conseguido que yo lo eligiera me ha convencido. Incluso las expectativas que su visión me han provocado han sido enormes. Sin embargo, después de saborearlo, se me ha quedado la misma cara de tonto que tengo desde que empecé a degustar estos pasteles.    
    El último que me comí también suscitó los mismas falsas perspectivas. Este era un pastel anaranjado que se puso, como un golpe de viento, rápidamente de moda, pero que en seguida se dejó de ver. Algo parecido le pasó al famoso pastel de frambuesa, aunque lo de frambuesa era solo por su color morado, por dentro, y en esencia, tenía el mismo sabor que todos. 
    Una nube de reproches y aversiones ha vuelto a nublar mi pensamiento. Siempre que caigo en la tentación de un nuevo pastelillo me pasa lo mismo. Aun así, como yo, y cada persona que conozco, nunca dejo visitar este obrador; todos queremos nuestra parte del pastel. 
    Pese a todo, no siempre fue así. Tardé mucho tiempo en poder optar a mi cachito. Por alguna maniobra propagandística, la gente tiene prohibida la entrada a la fábrica hasta que cumple la edad conocida como «adulta». Antes de ella, somos tratados como si fuéramos un bebé grande sin consciencia. La sensación de impotencia por no poder entrar es tal que, cuando por fin cumplí los años necesarios, entré con tanta ilusión que sentí como si el hecho de poder elegir el pastel que llevarme a la boca comprendiera un acto transcendental del que dependiera el rumbo de mi vida. 
    En aquel entonces no había tanta variedad ni estilismo. Los pasteles estaban elaborados sin  imaginación. Su condición dulce estaba por encima de lo demás. El primero que saboreé fue uno que, sigo sin entender por qué, aún continúa fabricándose. Era de un color azulón y regusto empalagoso. Empero, la sensación de estar al mando de mis acciones compensó, a piori, aquella primera mala experiencia. Pero, al segundo bocado, toda su esencia me empachó de tal modo que no pude continuar comiendo. Todavía recuerdo cómo sufrí ese bocado varias horas atravesado en mi garganta como si fuera un caracol arrastrándose por una madera reseca y vieja. Por eso, la segunda elección fue la otra clase de pastel que se hacía en aquellos tiempos. Este era de un aspecto  trabajado, con una superficie roja como una rosa, pero de igual sabor al primero.
    Pasé largos años entre estas falsas gollerías sin saber cuál estaba deglutiendo; degustando sus empalagues sin poder ir más allá de dos bocados por elección. Pero no había otra, era lo único que la fábrica ofrecía, y si irrumpía algo nuevo, la cantidad de los dos primeros lo absorbía. 
    Llegó un momento en que la gente empezó a cansarse de la poca variedad. La fábrica fue vaciándose y sus cimientos empezaron a resquebrajarse ante la idea del cierre. Entonces, desde lo más profundo de la zona manufacturera, irrumpió una nueva generación de pasteles, que se sumó a los dos pioneros, y revolucionó el negocio de la repostería. Miles de electores, como yo, comenzaron a aglutinarse con la esperanza de saborear el pastel definitivo. Incluso la producción se tornó tan efectiva que cada día irrumpía con un producto nuevo. 
    Esta mañana ha sido uno verde chillón. Un pastelillo vistoso, novedoso, llamativo, innovador, pero con la misma sensación de empalague y empache de siempre. Y eso, después de tantos bocados, me ha dado mucho qué pensar...
    Quizá la nueva estratagema haya potenciado la creencia de que comamos por los ojos; o quizá nos haya hecho creer que lo amargo, en realidad, sepa dulce; pero la mayor proeza que ha conseguido es la de hacernos creer que con nuestra elección podemos cambiar algo. El mismo «Algo» que se me antoja absurdo; después de todo, solo son  pasteles... 




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El consultorio de Madame Santal




¿Estás deprimido? ¿Te ocurre algo que nadie sabe cómo paliar? ¿Piensas que tu mundo no es exactamente el mismo que el del resto? La solución es El Consultorio de Madame Santal
Este espacio es un proyecto colectivo a las órdenes de Estrella Amaranto y su súbdita La Madame Santal, donde acude aquella gente que quiere pasar un buen rato, ya sea colaborando o disfrutando de una lectura tronchante, surrealista e ingeniosa. 
Vale mucho la pena visitar muy de vez en cuando este fantástico consultorio y leer sus consultas, tanto de ella como de sus colaborares, o animarte y enviar la tuya.  

¿Te animas a enviar tu consulta? 



Paso aquí una consulta en la que colaboré para poder ayudar a un amigo mío que el pobre lo estaba pasando francamente mal.


Queridísima Madame Santal, acudo a vos desesperado, nadie me cree y ya no guardo esperanza. Solo su magia queda para paliar alguno de mis cinco males.
               ¿Ha oído la expresión «comer por lo ojos»?,  pues mire, hace poco, escuchando una sinfonietta que no oía desde niño, caí en un estado de trance donde empecé a ver, oler y percibir toda aquella infancia como si estuviera presenciándola. Fue mágico. Al poco volví en mí, pero mis sentidos lo hicieron algo trastocados.
               A priori fue agradable. Oler las vistas puede ser afable, sobre todo encontrándose delante de un campo de flores. Y ya no le digo poder sentir las caricias del canto de un ruiseñor ¡Qué cosquillitas más agradables! ¿Y para qué chuparse los dedos si con el tacto se perciben los sabores?  Al igual que eso de mojarse la punta de las yemas para pasar las páginas, mejor chuparlas directamente para que el gusto lea; Proust, Bernhard, Nietzsche... ¡Por fin pude masticar sus palabras! ¿Y qué decir de un olfato oyente? La bollería de mi barrio suena a Mozart multiplicado por Beethoven elevado a Brahms.
                  Sin embargo, eso solo fue la calma que precedió mi tormento.
                  Es decir, no todos los sonidos que nos rodean suelen ser «ruiseñoriales», cada día una «somanta palos» aguarda a las puertas de mis orejas. Y, a parte de fragancias, no oigo nada claro, ando metiendo la nariz en la boca de la gente para poder escuchar palabras emergiendo impresas en su aliento, y he de decirle que los caramelos de menta están pasados de moda. Además, ¿se imagina el olor de todo lo que mira? ¡Mi piso apesta a pintura! Y si no las manos, desde que saboreé aquella silla oxidada voy con guantes de limpieza, aunque tenga el sabor a goma perenne. Y la comida..., ¿sabe qué puede suponer ver comestibles machándose dentro de la boca? Esa visión me produjo un vómito que se aglutinó en mi cavidad bucal traumándome tanto que llevo una semana en ayunas.
              Incluso hacerle llegar este escrito ha sido una auténtica tortura; el repiqueteo de mi teclado produce agujas asesinas, la luz polarizada de mi portátil apesta a mofeta y cada vez que chupo la pantalla para ver qué he escrito sufro un calambrazo...
                    Así que, por favor, Madame, antes de que vengan los villancicos, lucecillas, comilonas, abrazos y velas perfumadas... ¡Ayúdeme!

                   En su magia reside mi única esperanza...

 EL ARLEQUÍN DE LOS SIN SENTIDOS  




Respuesta para Arlequín de los Sin Sentidos:

Bienvenido querido Arlequín de los sinsentidos, ya veo en qué devarío anda metido usted y espero, pero no desespero sacarle del agujero en el que se ha metido usted solito, amigo mío.
La esperanza es lo último que se pierde, como dice el dicho susodicho ¿verdad?... ¡Claro que sí, ánimoooo y al toro del tío Locomotoro! ¡Hágame caso y no el payaso! que se lo digo en serio y ya se está muriendo de risa sin cortapisa.

¿¿«Comer por los ojos»?? pardiez ¿no me habrá salido alcohólico, por un casual?... o es que ayer se zampó alguna mosca cojonera que le ha embotado el cerebro... Veamos a ver qué más males le acosan tan de cerca... ¡Cinco, nada menos! Si ya digo yo, que este consultorio me va a dejar ojiplasmática de la ciática que me va a dar un día con tanto cliente de ecuación tan polivalente y disfuncional.

A priori el viento sopló a su favor, descubriendo todo un mundo de color rosa, de olores paisajísticos maravilosos, caricias tan bien trinadas y tactos de mil sabores... ¡Nada como leer saboreando las magdalenas de Proust, masticar despacio para no atragantarse desde "El origen" pasando por "El sótano" notando "El aliento" y "El frío" de "Un niño"... Hasta degustar los bocados irreverentes de Nietzsche, masticando a Zaratustra ¡qué gozada!
¡Qué decir del olfato oyente, atraído por el aroma irresistible de la bollería de su barrio con notas flotantes aromáticas de música clásica!

En cambio, a posteriori la cosa cambió de color a peor, tras la «somanta palos», metiendo la nariz en la boca de la gente para escuchar palabras halitóxicas sin caramelo de menta que lo remedie. No, no quiero imaginarme ese tufo tan penetrante de la pintura en su retina cada vez que entra a su piso. Saborear una silla oxidada no se hace todos los días, como le está jugando el tacto tan mala pasada y encima con un monosabor a goma, que dista bastante del chicle de menta.
Esa sensación visual que menciona sobre «ver comestibles machándose dentro de la boca», también me contagió de vómito, por lo que amigo mío, si no solucionamos el problema lo veo ya hecho un auténtico fideo trashumante con crisis de identidad.

Esto no admite más demoras, por lo que voy a darle mis consejos tras mi tirada de Tarot, donde pintan espadas afiladas con caballos de bastos nefastos, La Torre bocabajo, La Templanza también invertida, El Juicio invertido, La Luna invertida, El Mundo invertido y El Colgado representando su fatal estado. Resumiendo la tirada me anuncia malísimos presagios, por lo que voy a darle una serie de advertencias y consejos que deberá cumplir si quiere recuperarse de esta grave distorsión neuronal, donde las conexiones sinápticas se han vuelto demasiado antipáticas y muy vagas por cierto.

1º.- Lávese los ojos en agua de lavanda y almizcle, esa que usa la cuchipanda de su ciudad natal, con flores de azahar del bazar singular donde observó por primera vez aquel juguete de sus sueños de infancia. Lávese temprano cuando clarea el día y los rayos ultravioletas distraen a las nubes pizpiretas.

2º.- Acaricie las cuerdas de una guitarra o las teclas de un piano, o si prefiere las caracolas del mar y déjese llevar por tan exquisita armonía hasta perderse en la sinfonía de las melodías que día a día le resucitarán el sonido en el oído.

3º.- Visite un jardín botánico de su ciudad, trate de localizar los árboles, plantas, arbustos y flores más aromáticas y realice unas cuantas inhalaciones y espiraciones acompasando el ritmo cada vez más lento y déjese atrapar por tan bella visión, disfrutará de esencias y aromas increíbles pero muy efectivos para devolverle el olfato a su nariz. En su defecto lance directamente sobre los cuadros o imágenes preferidas, que tenga en su casa, o de los del museo si no le ven los guardias de seguridad, aquel frasco de colonia que le quitaba el sentido antes de la perturbación.

4º.- Escuche atentamente el espectacular descorche de una botella de cava o champán (según prefiera) para desembotar sus oídos y que pacten una separación de mutuo acuerdo con su compadre "gusto", que se coló en la fiesta sin ser invitado.

5º.- Deguste no solo el envase sino el contenido de una caja de bombones, suaves y extrafinos para el tacto más exigente y eficiente. Puede elegir tamaño, textura y cuanto necesite para inspirar confianza a su tacto y luego devolverle a su lugar de destino antes del desatino.

Bendecidos saludos y mucha suerte.


Los pardillos


—Y entonces sonrió —digo.
—¿Y eso qué significa?
—Que me jodió vivo...
—No entiendo.
—¿Lo qué?
—No controlo esa manera de jugar.
—Joder... —resoplo—. ¡Empecemos! «Póker texas Holdem», ¿vale?
—Vale.
—Dos cartas ocultas para cada jugador y cinco boca arriba sobre el tapete.
—¿Siete?
—Pero solo cuentan cinco.
—Ahí me pierdo...
—¡Muy fácil! Combinando tres del tapete con dos de mano, cuatro del tapete con una de mano o cinco del tapete, cosa que es una tontería.
—¿Por qué?
—Porque esa mano es igual para todos.
—Ah, ¡claro...! —contesta riendo y rascándose la nuca.
—¿Entiendes ahora?
—Eh... ¿cuéntame otra vez la jugada?
—¡Ufff...! Tres jugadores. Todo repartido. En el tapete pareja de ases, picas y corazones, pareja de reyes, corazones y rombos, y jota de corazones. Jugada típica de «full».
—¿«Full»?
—¡Un trío y una pareja! Con un rey o un as en una de las cartas de mano: «full».
—Entiendo.
—Empiezan las apuestas, pero al que le toca hablar se reserva.
—¿Se retira?
—¡No! Se planta y espera a que hablemos; lógico con las cartas que han salido. Yo miro las mías: dos reyes, con los del tapete, póker. Solo dos manos me tumbarían: póker de ases y una improbabilísima escalera real, entonces, apuesto fuerte. El tercer jugador sonríe, hace un «all in» y enseña sus cartas.
—¿Y eso?
—Tenía una as... pensaba que el primero no tenía nada y yo un «full» menor.
—Pero tú ganabas, ¿no?
—Exacto y, movido por su euforia, igualo la apuesta y enseño mis cartas.
—¿Y por qué dices que te jodió?
—Él no, ¡el primer jugador!
—No entiendo...
—Nosotros pecamos de pardillos y enseñamos cartas antes de que él hablara de nuevo...
—Quieres decir que... ¡No! ¡¿Tenía la improbabilísima...?!
—Exacto.

 —Ahora entiendo... —dice mirándome con la boca bien abierta—. ¡«Y entonces sonrió»!




300 palabras.

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Doble o nada



Hoy he tenido el peor día de mi vida...
...Y ya es mala suerte; justo me ha tenido que pasar ahora que empezaba a vivir mi sueño, donde comenzaba a trabajar como doble del más famoso actor de acción del momento en el rodaje de la secuela «Rancho sangriento 2».
Todo ha comenzado esta mañana camino de los estudios, los cuales están a una hora en tren. Estaba eufórico, pero nada más llegar al andén ha ocurrido este desafortunado incidente que ha lanzando mi carrera y vida al traste.
Rápidamente, han aparecido tres policías. En estos casos siempre lo hacen aprisa.
—¿Qué tenemos? —pregunta el que parece el superior con una voz suficientemente fuerte para sobreponerse al ruidoso algarabío del gentío que nos rodea.
—Varón de entre 35 y 40 años; disparo en el pecho —dice otro que lleva un bigote bastante ridículo.
—43 para ser exactos —comenta el tercero con un móvil en la mano. El más joven.
—Ramírez, ¿Qué dices? —pregunta el superior.
—Lo he mirado en la Wikipedia —responde el joven.
—¡Calla y deja el puto móvil! —espeta el bigotudo.
—¡Es Jason Bronson! El actor, ¿No digáis que no lo reconocéis? —suelta eufórico Ramírez.
—¿En serio? —vacila el bigotudo—, un personaje de su calibre viajaría de manera más lujosa. ¿No cree, Arráez?
—No veo la televisión —dice Arráez, el superior.
— Estos tipos suelen ser muy extravagantes, viajaría así por alguna manía absurda.
—¡Callad! —grita el superior—. Dejad la «salsa rosa» y preguntad a los mirones, seguro que alguien ha visto algo.
—Hay demasiados... —farfulla Ramírez mirándome.
—¡Yo lo he visto! —exclama una voz salida de entre el gentío.
—¿Quién...? —pregunta Arráez—, ¡traédmelo!
Los dos policías se internan entre la multitud y aparecen con un hombre calvo y mal vestido. Al parecer es el que ha visto la escena.
—Era un hombre alto y pelo blanco platino —dice nervioso antes de que nadie pregunte—, parecía extranjero, un turista o algo así, se ha acercado y, sin más, le ha pegado un tiro. Después ha salido corriendo, no sé hacia dónde...
—Un fanático... —murmura el bigotudo.
—¿Qué hacía usted aquí? —pregunta Arráez.
—Coger un tren, pero la terminal parece bloqueada.
—Y más que lo estará...
—Ramírez, calla y llévate a comisaría a este señor. ¡Quiero un informe escrito!
—No puedo, debo coger un tren.
—Cuando la prensa se entere, esta terminal va a quedar colapsada, así que tampoco podrá ir a ningún lado —suelta el joven risueño.
—Ramírez, joder, lárgate.
—Tiene razón, jefe —comenta el bigotudo—, este tío es muy famoso.
—No os creo...
—¡Mire y crea! —Ramírez le acera el móvil con su imagen.
Al verla, el semblante del superior enrojece.
—Mierda..., esto es gordo.
—¿Lo qué? ¿Por qué va a clausurarse una estación? —dice el hombre que sigue al lado de Ramírez.
—La víctima, ¿no la reconoce?
—No. ¿Lo han registrado? —suelta el hombre dubitativo.
Al oírlo, los tres policías se miran y se lanzan nerviosos a ello, al parecer eso era lo primero que deberían haber hecho.
Encuentran el pasaje y una cartera con la documentación.
—«Antonio del Pino...» —lee el bigotudo.
—Con que famoso, ¿eh? —dice Arráez con escarnio.
—Es un seudónimo, señor, para no llamar la atención —contesta Ramírez.
—¡Ya!
—Es verdad —complementa el bigotudo acercándoseme demasiado—, esta gente suele usar nombres falsos.
—Bueno, ¡da igual quién sea! Llamad al forense, desalojemos la zona y busquemos al sospechoso. Tenemos una descripción bastante clara de ese fanático.
Todos obedecen.
Al rato, el andén se llena de gente extraña que no deja de rondar por mi lado y por el resto de la terminal.
Al anochecer se llevan mi cuerpo dejando lo que al parecer ha quedado de mí, como si me hubiera transformado en una especie de fantasma a la espera de que algo pase...
...Pero nada ocurre. Ni siquiera una luz que al fondo de un túnel quiera guiarme...
...Algo malo habré hecho. Aunque tampoco se ha abierto el suelo aguardando azufre y llamas...
...Será que no estoy muerto, pero es evidente que vivo tampoco...
...Puede ser que hasta que no se identifica al cadáver uno no llega a morir del todo, aunque eso no tiene sentido...
...A lo mejor las personas que tenemos una doble vida también tenemos una doble muerte...
...No sé, pero esa última teoría me gusta más. Con ella presiento que el día se va arreglando...
...Aun así, ¿qué hago ahora? ¿Vagar sin rumbo o probar de asustar a alguien...?
¡Me declinaré por la segunda...!, quizá me guste...




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Libros de viajes



LIBROS DE VIAJES







Un día oí a alguien decir «el pasado no es más que el prólogo del futuro».

A priori esa afirmación me pareció típica de tacita de regalo, pero la idea poética de una vida transformada en un libro de recuerdos dispuestos en dos grandes partes y con el presente haciendo las veces marcapáginas me dio mucho qué pensar; y es que, de ser así, ¿cómo empezaría la historia de mi libro?

La primera cosa que recuerdo haber hecho es viajar con mis padres en su coche. Fue durante una de esas andanzas que solíamos hacer por aquellos años. No sé si esto le pasará a mucha gente, no me refiero a lo de viajar, sino lo de poder catalogar, de entre toda la maraña de vestigios que componen cada una de esas primeras vivencias, el primer recuerdo, pero yo, por alguna extraña o divina razón que nunca he alcanzado a entender, sé que mi consciencia partió de ese momento.

Fue una época maravillosa y una de las impresiones más valiosas que atesoro en mi memoria, y es que viajar con mis padres, en aquel coche viejo de marca desconocida, me encantaba. De hecho, creo que fue por eso por lo que aquella vivencia se quedó arraigada dentro de mi subconsciente como una pequeña parte de mí mismo.


En aquel entonces no existían tantas normas que regían el comportamiento vial en los asientos traseros. Los cinturones de seguridad estaban solo en la parte delantera y si algunos modelos nuevos empezaron a incorporarlos no había obligación de llevarlos abrochados. Tampoco era necesario cumplir algunas condiciones físicas para dejar de usar sillas infantiles especiales, yo ni siquiera recuerdo haber usado ninguna, y menos mal, la tiranía de su amarre hubiera cambiando totalmente mi concepción de aquellos dorados recuerdos.

En esa primera vivencia me encontraba en un periodo que años después denominé «como Pedro por su casa»; es decir, todo el espacio trasero del coche era mío y me sentaba en la parte que más me conviniera. Los laterales los usaba para cuando quería ver el paisaje. Pasaba largo rato asomado a las ventanillas contemplando lo que estas permitían que viera. Lo que más me maravillaba de esas vistas era la carretera misma junto con su gran conglomerado de señales de tránsito. Durante prolongados periodos del lance me divertía enumerando cada una de esos objetos, incluso me inventé un juego, el cual poco después se convirtió en una competición, donde constataba cuál era mayor si el número de señales de tráfico o el de direccionales. Al poco este juego derivó en campeonatos entre las diversas marcas viales contra torres eléctricas y postes telefónicos que iban brotando del camino.

Sin embargo, a pesar de lo divertido que me pareciera este juego, no era suficiente, y cuando no estaba inmerso en todos esos desvaríos infantiles, me sentaba en el centro del sillón trasero, apoyaba los brazos en el respaldo de los delanteros, metía la cabeza entre ellos y me ponía a escuchar y conversar con mis padres. Siendo sincero, la calidez que esos recuerdos me producen hoy en día es por el momento paterno filial que ahondaba en esos instantes.

Mis progenitores era unas personas como otras, aunque para mí eran las más sabias del mundo. Durante el viaje siempre surgían conversaciones aleccionadoras. Daba igual qué tema tratásemos, tenían la respuesta que más se ajustaba al momento:

—Papá, ¿falta mucho? —pregunté aquel día. Aunque parezca una pregunta típica era la primera vez que la hacía; si la hice antes, como he dicho, no lo recuerdo, de hecho, son las primeras palabras que tengo impresas en mi memoria.
—¿Mucho para qué? —dijo mi padre.
—Para llegar —repuse.
—Eso es relativo, hijo —contestó mientras, a su lado, mi madre sonreía ante tal afirmación.
—¿Re-la-ti-vo?
—Sí, relativo, ¿nunca has oído esa palabra? —preguntó mientras me miraba negando por el espejo retrovisor interior.
—Significa que, depende con qué se compare, puede faltar menos o más —contestó conciliadora mi madre.
—Sí, claro..., eso ya lo sé —bufé. En realidad no lo sabía, pero no quería admitirlo—, pero es que cuanto más lejos vayamos más costará regresar... —dije titubeando mientras mi padre seguía contemplando divertido mi reflejo en el retrovisor.
—Este viaje no es exactamente uno de ida y vuelta.
—Pero entonces..., —callé ante mi incapacidad de seguir sus razonamiento, y es que siempre empezaba sus lecciones de ese modo, marcándome un camino que no me sentía capaz de tomar.
—A ver, hijo, para que entiendas —soltó de pronto mi padre—, en realidad da igual lo que quede; lo que importa es que quede.

Ese fue, también, el momento en que descubrí cómo solía zanjar sus enseñanzas. Nunca me daba la solución de una manera plausible, simplemente volvía a abrir ante mí otro escamoso sendero por el cual debía introducirme, en ese caso, sin su ayuda.


En aquella época viajábamos mucho. Estábamos tanto tiempo desplazándonos de un lado a otro que tengo la sensación como si todos esos los viajes formaran parte de uno solo. No es de extrañar que mi primer recuerdo fuera dentro de aquel coche, de hecho lo llegué a avizorar de tal modo que hoy en día podría reproducir mentalmente su interior de una manera perfecta, o por lo menos la parte trasera: con esos asientos de tela medio gastada o esas puertas de plástico viejo con su manija de metal y la maltrecha manivela que subía y bajaba unas ventanas que siempre se atascaban en algún momento de su recorrido... Sin embargo, por muy antiguo que ahora me pudiera parecer, y por muy aparatosa que ahora asemeje la vida dentro de ese habitáculo en comparación con la tecnología automovilística actual, yo era feliz.


Cada día pasaba algo emocionante, pero llegó el momento en que la soberanía que ejercía sobre la parte trasera del automóvil se vio truncada por la llegada de mi hermanita pequeña. Por el mismo motivo que todo lo acontecido, el primer recuerdo que tengo de ella también fue dentro de ese coche.

Estaría mintiendo si dijera que acepté con gusto compartir mis dominios con ella. No obstante, salvado los primeros conflictos y algunos sucesivos que nunca dejaron de reaparecer, como buenos hermanos que somos, al final aprendimos ha compartir aquel reino de la manera más justa. Además, me gustaba ejercer de hermano mayor e inculcar algunas de las ventajas que mi pequeña experiencia otorgaba sobre ella.

—Escucha —dije un día—, queda lo que tenga que quedar, que es mejor que quede, porque cuando ya no quede significará que ya se estará acabando y...
—Josh —me dijo de pronto mi madre—, ¿qué rollo estás soltando? —preguntó al oír cómo intentaba aleccionar a mi hermana.
—Estoy explicando a Levi cuánto queda —respondí.
—Pero yo no te he preguntado nada de eso —farfulló a mi lado mi hermanita. La verdad es que, para tener cuatro años menos que yo, era bastante «parlanchina».
—¿No? ¡Dejaré de saber qué me has preguntado!
—¡Mentira! Yo no te he preguntado nada de eso de cuánto tiene que quedar.
—¡Yo soy el mayor y siempre sabré más que tú!
—¡Mentiroso! —gritó asomando un sollozo con la intención de que se metieran definitivamente mis padres y la socorrieran.
—A ver, chicos, calma —intervino mi madre siempre tan conciliadora —. ¿Qué ocurre?
—Me toca sentarme en medio —dijo mi hermana rápidamente y anticipándose a lo que yo pudiera decir—, y Josh ha empezado a decirme que no importa a quién le toque porque todo es «relatado».
—¡Relativo! —grité con soberbia —, dije relativo, ¿veees?, ¿ves como yo si sé lo que dices y tú no?
—¡Eres un estúpido! ¡Mamá! ¡Papá!, ¡se está aprovechando, otra vez, de que es más mayor!
Mi madre miró risueña a mi padre. Este, después de observarnos por el retrovisor, le devolvió la mirada con dulzura.
—Venga, no riñáis por esas cosas —dijo finalmente.
—A ver, ¿qué os tenemos dicho? —contrarrestó mi madre.
—Para hablar, primero hay escuchar, pero escuchar de verdad —de nuevo mi padre.
Nosotros nos miramos con cierta belicosidad. Yo quise decir algo pero mi padre, exigió que primero fuera mi hermana la que planteara su versión.
—Yo quería sentarme en medio —dijo ella eufórica—, ¡me toca a mí!, él lleva mucho rato.
—¡Eso no es cierto! ¡La que llevas mucho rato eras tú! —interrumpí con rabia.
—¡Josh! —advirtió mi madre—, deja hablar a Levi.
Mi hermana me miró con cierta autosuficiencia y continuó:
—Vale, vale..., reconozco que yo llevaba un largo rato en el medio, pero..., ¡él ha estado todo el tiempo antes de que yo naciera! ¡No es justo que ahora tengamos que hacer turnos iguales!, en «porcentación» me debería tocar más a mí...
—En proporción —corrigió riendo mi padre.
—Bueno..., ¡eso! Entonces Josh ha empezado a decir cosas para querer hacerme creer que no era cierto y que daba igual el tiempo que él ha estado solo, porque lo que importa es que aún quede de ese tiempo, o algo así, y...
—Vale, Ley, vale. Ya nos ha quedado claro —cortó mi madre—. ¿Es eso cierto, Josh?
Yo estaba bastante fastidiado. Tiempo atrás había sido el único el rey de mi castillo, ¿por qué debía compartir algo que era mío? Levi era la que debería ceñirse a mis normas como hermano mayor que era.
Evidentemente no le dije eso a mis padres, simplemente intenté imitarlos en sus ya conocidas locuciones.
—Es que Levi es pequeña y no entiende, ¡aunque creo que no quiere!, pero lo que yo quería decir es que no importa el tiempo, lo que importa es... es decir, mientras dure el trayecto..., ¡ya sabéis! —hablaba rápido y sin sentido—. ¡Papá...! ¿Qué era eso que me dijiste de este viaje? La ida no importa, y la vuelta tampoco importa, ¿no? —me callé, me había hecho un lio yo solo y no sabía cómo continuar.
Mis padres intentaron rebajar la tensión y se rieron, aunque sin ánimo de burla, pero mi hermana, al verlos hacerlo, junto con mi cara de indecisión, sí que lo hizo con saña. Eso propició uno de nuestros típicos rifirrafes de manotazos y arañazos, cosa que nuestros padres no tardaron en cortar, esperaron a que nuestros encendidos ánimos amainan e intentaron acabar con la disputa.
—A ver, Josh —dijo mi padre—, creo que te has confundido. Explícanos eso de la ida y la vuelta.
—Es eso que me dijiste..., que durante el viaje, la ida no importa, y la vuelta tampoco...
—No recuerdo haberte dicho eso —advirtió.
—¡Si! Yo te pregunté una vez por qué estábamos siempre de viaje, que cuánto quedaba y tu me dijiste eso...
—Sí, hijo —respondió mi madre—, pero lo que tu padre dijo es que en este viaje no hay ni ida ni vuelta.
—Por eso es tan especial —contrarrestó mi padre.
—Y por eso lo único que importa es que mientras estemos juntos, da igual cómo o qué viaje se haga —dijo mi madre.

Así terminó nuestra primera disputa. Mi hermana y yo nos miramos y nos sonreímos con complicidad. No era momento de disputas, sino de festejar un nuevo y momentáneo estado de paz.


El tiempo fue pasando al mismo ritmo que el trayecto tomado, aunque dentro de la armonía que ese coche otorgaba lo hacía apacible, pero de una manera rápida, sosegada, pero impávidamente sin pausa. Mi hermana y yo fuimos creciendo y con ello los problemas. Sin embargo, ese lugar ponía las cosas en su sitio, y no solo eso, nos proporcionó una doctrina y una capacidad asombrosa para afrontar cualquier imprevisto incluso sin el amparo y amarre de la objetividad de unos padres que se desvivieron por hacerla nuestra. Hoy en día la tengo tan calada y afianzada que soy casi tan experto en ella como lo fueron en su día mis progenitores. Y no solo la pongo en práctica o la comparto; también intento rebatirla y ampliarla.

—Papá, ya sé cuánto queda.
—¿En serio?
—Sí. Aún recuerdo cuándo te lo pregunté y me dijiste que eso es relativo, pero ahora ya lo he entendido.
—A ver, dime.
—«Todo es relativo», eso quiere decir que no es lo mismo, que cualquier cosa puede ser diferente e igual al mismo tiempo, un viaje corto puede ser idéntico a otro mucho más largo.
—Ajá...
—Pero lo que marca la largura de ese viaje son las ganas de hacerlo.
—¿Las ganas?
—No las ganas, las... cosas importantes que quieres hacer en él... Si no quieres hacerlas no son importantes, pero si sí quieres es porque lo son, entonces...
—Lo estás haciendo muy complicado, ¿no te parece?
—Sí... ¡Empiezo! Da igual lo que quede; lo que importa es que quede.
—Bueno, más o menos —digo mirando a mi hijo por el espejo retrovisor mientras, con orgullo, sonrío de reojo a mi mujer que, en el asiento del copiloto, escucha con las manitas apoyadas en su barriga de ocho meses de embarazo de nuestro segundo hijo.

Después de esas palabras permanecemos en silencio y nos sumergimos en una densa y agradable paz. Una calma tal que me trae todo lo vivido, deteniéndose en la imagen de mis padres y aquel larguísimo viaje, el cual, al igual que mi hermana poco después que yo, me emancipé para tomar otro.

Algunas veces, durante algún tramo de esta nueva andanza que llevo junto a mi mujer e hijo, volvemos a cruzarnos por esta larga carretera con ellos o con mi hermana y su familia. Es muy agradable poder compartir con mis seres queridos parte de esta nueva aventura. Aventura que es solo otra pequeña porción de la gran travesía que llevo realizando durante toda una vida a través de este viaje que no es ni de ida ni de vuelta, sino simplemente, el prólogo que anticipa el resto de este maravilloso libro aún por escribir que es nuestra vida.