Reto CL: Fecundación al ajillo

Volvemos otro mes con el reto de la web Café Literautas. Quisiera dar gracias a todos los compañeros que pasaron y contribuyeron a mejorar el relato, destacando a Isan, Isabel, Estrella, Laura, Carlos, Menta, Elena y Vibe.

Muchas gracias y espero que guste.





FECUNDACIÓN AL AJILLO

 (para dos personas).



Ingredientes:

-Un varón sano y con inquietudes viriles intactas.

-Una mujer sana y en estado de gracia.

-Varios botes de jabón, champús y acondicionadores.

-Utillería de afeitado (para él) y de depilación (para ella)

-Cremas hidratantes.

-Perfumes caros, en su defecto no usar nada, ni siquiera imitaciones.

-Pantalón chino ceñido y camisa apretada de mangas largas (para él) si la época lo concibe nada de chaquetas ni jerséis.

-Vestido ajustado de falta un poco por encima de la rodilla (para ella) con tonos oscuros o estampado en flores y símiles a gusto del cocinero.

-Calzado elegante, mejor si es incómodo.

-Detalles varios, pero sin pasarse.

-Maquillaje, puede ser para ambos, aunque lo utilizaremos en su mayoría en ella.

-Paños de cocina y pañuelos suaves (solo si es necesario).

-Billetera sin fondo (generalmente para él) y bolso con los restos de maquillaje (para ella).

-Botellas de «alcoholo» varias; vino sobre todo.

-Una cabeza de ajo y un vaso agua (solo para rematar presentación si el momento llega a su estado funesto)


Elaboración


Cogemos al varón y a la hembra y los pasamos por agua bien caliente. Una vez en remojo vertimos en orden jabón, champú y acondicionador. Con esponja natural, vamos frotando como si estuviéramos despajando un objeto corroído por el tiempo. Una vez bien pulidos, dejamos que sequen, mejor en toalla que en papel secante, y seleccionamos las partes de afeitado/depilado. Aplicamos la espuma en dichas zonas y rasuramos con mimo, cuidado y sin prisa; un pequeño corte puede adulterar todo el proceso. Una vez bien suaves, aplicamos cremas hidratantes y sazonamos con perfume. Aquí la regla la marca el olor corporal y la apariencia de la materia prima o espécimen. Luego maquillaje y terminamos de añadir el resto, salvo el alcohol y el ajo y el agua, por supuesto.

Continuamos ajustando pantalón y camisa al varón. Si fuera necesario rellenar la entrepierna con paños de cocina. Igualmente, rebozamos a la hembra con el vestido. Debemos estar atentos a las bolsas o marcas de ropa interior, en cuyo caso, y para mejor cocción, retirar antes de revestir. Si fuera también necesario, rellenamos con pañuelos suaves los pechos de ella. Una vez terminada la tarea, colocamos zapatos y detalles varios sin pasarse: un peluco brillante para él y pendientes, collar y pulsea para ella. Anillos no más de uno, y nunca de compromiso si no queremos que la cosa se ponga fiera.


Emplatado

 (o momento fecundo).


Todo lo que hagamos en este paso lo realizaremos asegurándonos de que ambos no abandonen el estado cercano a la ebullición; que se mantengan calientes sin que se lleguen a enfriar es crucial. Para ello, abrimos las botellas de vino y alcohol (o «alcoholo»), preferiblemente de marca, aunque un garrafón nos puede ir al uso dependiendo de la edad de los especímenes, y las vertimos sin pudor en una fuente de cocina profunda. Luego, añadimos a la fuente al varón y lo dejamos solo para que se rehogue con el líquido. Cuando haya absorbido un cuarto del volumen inicial de alcohol, no antes y mucho menos después, añadimos a la hembra y los tapamos con un cubre platos para que mantengan el calor y de paso se den algo mutuo durante unos minutos. Máxime cinco.

Transcurrido el tiempo estimado, solo nos queda servir con la consiguiente: Presentación.


Presentación.


Hola, mi nombre es Tal, encantada, yo soy Tal cual, cuéntame algo de ti, ¿de mí?, pues soy un vividor sin ganas de compromiso, ¿y tú?, yo, una solterona con la promiscuidad como aliada. Je, je, je. Ji, ji ,ji. Me lo he pasado súper bien esta noche, yo también, tenemos que repetir, ¡por supuesto!, ¿me das tu teléfono?, no si antes no me das el tuyo. Je, je, je. Ji, ji, ji. Adiós, te llamaré un día de estos, eso espero. Adiós, chiao. Mua, mua.

(Y llegado un día de estos)

Oye, soy yo, ¿y quién eres tú?, ya sabes, soy Tal cual, ¡ah!, ¿qué tal?, pues mira, regulinchi, ¿y eso?, tengo un retraso de dos meses, no me jodas, si te jodo, pero ¿usaste precaución?, no, ¿y tú?, tampoco, ¿por qué?, porque no venía en la receta, ¿y tú?, por lo mismo, vale... ¿y ahora qué? Pues ahora rematamos la presentación, ¿qué dices?, pues eso: Ajo y Agua.



¡Bon appetit!


Imagen sacada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.


Juego, set y... ¡aguacate!




Urgencias. Diez de la mañana. El doctor observa mi mano sorprendido.

    —¿Cómo se hizo este estropicio?
    Tres dedos medio cercenados, el corte empieza por la mitad y recorre parte de la palma.
    —Accidente de aguacate —digo.
    Él ríe sin levantar la vista.
    —Esas frutas las carga el diablo. ¿Qué utilizó? ¿Una radial de cocina?
    Mi mujer, a su lado, suspira.
    —Ya le dije que esos cuchillos nos traerían un disgusto.
    Tiene razón; me los vendieron como pequeñas armas domésticas. El médico, sin embargo, la tranquiliza; hemos hecho bien en presionar la herida para que la carne colgante comenzara a soldar. Ahora puntos y una larga recuperación. O lo que es lo mismo: juego, set y campeonato. Un Grand Slam, además. Quién lo diría hace unos meses.
    Todo empezó cuando perdí el trabajo y me convertí en amo de casa. Al principio no fue tan terrible. Llevaba a los niños al cole y luego holgazaneaba hasta la hora de la cervecita en el bar de abajo. Allí me reunía con mis colegas de profesión hasta la hora de comer. Entonces, salíamos pintando a casa a medio adecentarla para cuando volvieran las parientas. Además, no hacía ni la comida; soy un inútil en la cocina.
    La vida era pura felicidad, hasta que un día llegué de la cervecita tarde y bastante doblado. Eso fue demasiado para mi mujer y me castigó: primero hacer mis tareas con esmero, y luego una comida decente. El bar ni olerlo. Sin embargo, nunca dejó de protestar:
    —¿Qué hace esa botella ahí? —comentaba a veces.
    —El balcón también se barre. —Eso lo decía mucho.
    —Si vas a tender así la ropa más vale que aprendas a planchar. —Esto otro constantemente.
    Era desesperante. Pasaba el día fregando, recogiendo juguetes, quitando polvo... Incluso remetía la ropa de la cama, algo que nunca he entendido su porqué. Pero ella solo se fijaba en minucias sin hacer. Entendí que no se trataba de un castigo: iba de venganza, porque la convivencia no es soportarse, es conspiración.
    Y yo tenía que defenderme.
    Primero traté de realizar mis tareas de la manera más eficiente, y cuando ella bajó la guardia le asesté el golpe. Fue en vísperas de un evento importante. Una boda. Se metió al baño para acicalarse y, de pronto, gritó.
    —¿Cariño? —entré corriendo al baño, delantal y guantes de fregaza incluidos.
    Ella, con un bote de laca que previamente yo había vaciado, me miraba angustiada.
    —Se ha terminado.
    —¿Y?
    —¿No lo entiendes? Sin esto mi pelo parecerá un manojo de habas.
    Sonreí, abrí el armario y saqué un nuevo tubo de laca que previamente había comprado.
    Así comenzó mi estrategia. Cada vez que ella me lanzaba un reproche respondía vaciándole sus champús, o cambiándoles las llaves de bolso, o desparejando los pendientes... y cuando ella se desesperaba yo aparecía con la solución. La partida de tenis que es nuestra relación fue nivelándose. Aun así, todavía faltaba la guinda; porque no se trata de venganza, sino de llevar la razón.
    Un día escondí la leche y esperé a que terminara la de la nevera.
    —Cariño, ¿abriste tú este brik?
    —Sí, ayer.
    —Pues era el último, y el que abre el último debe avisar.
    —¿Cómo? —exclamó al tiempo que fue al armario para corroborarlo—. Había más, ¡lo juro! —Estaba desorientada
    —Bueno, últimamente andas un poco despistada, ¿estarás atenta?
    Ella asintió y... ¡se disculpó! Fue sublime. Porque tampoco se trata de llevar razón, sino de ver a un ser tan poderoso como mi mujer bajo el yugo del perdón.
    La victoria estaba cerca, pero surgió un imprevisto.
    —Cariño —dijo un día, bote de laca en la mano—. No habrás comprado otro, ¿verdad? Se ha acabado.
    Fue devastador. Y es que, aunque lo dijera con dulzura, vi un pequeño brillo en su mirada, el mismo que lucía cuando mandaba en el marcador. Urgía otro estrategia, una que no precisara mantenimiento.
    Podría orquestar una infidelidad. Nada serio, solo varios coqueteos vía mensajitos para sacarle los colores. Pero necesitaría alguien de confianza y los únicos con que podría contar eran mis compañeros del bar. Y con cuarenta y tantos y atravesando ese estado viril donde, sexualmente, somos invisibles para cualquier mujer eso era impensable. Entonces, en la ferretería del barrio, los vi: cuchillos de cocina. Entré y pregunté si estaban afilados.
    —Son como pequeñas armas domésticas.
    Al día siguiente, me propuse llevarle el desayuno a la cama. Zumos, café, tostadas con aguacate a rodajas y de ahí... a urgencias. Sin embargo, salió perfecto. Desde entonces, mi mujer me trata como un rey; no quiere que haga nada, o lo que es lo mismo: juego, set y campeonato.
    —Estás loco —dice uno de mis colegas en el bar.
    —Sí; autolesionarte para hacer el perro...
    Yo río, me reclino y disfruto de las rentas de mi recién triunfo. Ellos apuran la birra y se marchan corriendo a casa a adecentarla antes de que regresen sus congéneres. Después, un joven camarero comienza a recoger la mesa. Es alto, pelo largo y mirada rebelde.
    —Oye, Parra, ¿quién es el guaperas?
    Parra, el dueño del bar, se gira y lo observa con desdén.
    —¿Ese? Mi ahijado. No tiene dónde caerse muerto y me lo han endosado.
    —Y dime, ¿es de confianza?
    Él arruga las cejas.
    —¿Qué mierda de pregunta es esa?
    —Ya sabes... —apuro mi copa y hago señas para que la rellene—, por empezar a preparar el próximo Grand Slam...

 



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Reto CL: El de la limpieza


 



—¿Un café con...? —dice el Doctor Pine, mi único amigo.
    —Nada más.
    —Venga, yo invito; no es ninguna molestia.
    Bajo la mirada. Ya sé que no es molestia, que unas tostadas con tomate, queso y jamón serrano, a mi amigo, no le supondrán nada, pero es que ya llevo mucho abusando de su lenidad. Cada día, aunque solo entre semana, nos reunimos aquí, en su despacho, y charlamos de banalidades. Incluso echamos unas risas. Y sí, casi siempre, me suele convidar al desayuno. Algo que agradezco, mi economía es peor que mi trabajo de mozo de limpieza.
    Él coge el teléfono y hace la comanda. Luego, se recuesta y me pregunta cómo estoy; me ve irregular. Aunque irregular no es la palabra. Más bien extenuado, lívido, exangüe... ¿Por qué?, pues por la insipidez de mi quehacer diario. Él ríe y dice que también se encuentra de alguna manera similar, pero que pasar tiempo conmigo le ayuda a sentirse mejor. No sé si creérmelo; parece una técnica terapéutica, aun así, me relaja. Siempre sabe cómo hacerlo.
    Es un insigne doctor en psiquiatría. Decenas de títulos enmarcados dan cuenta de ello, y, a pesar de estar al cargo de la clínica, una larga lista de pacientes bregan por citarse con él. Sin embargo, aún saca tiempo para charlar con el pusilánime “limpiarretretes” de su amigo. De hecho, si poseo esta ocupación es por él:
    Me contrató a cambio de cama con pensión completa en la misma clínica que dirige. La pega es que el holgado vulgo de trabajadores del centro me aborrece. Tienen celos de mi serendipia y conspiran echarme. Sus miradas les delatan. Incluso, en ocasiones, han intentado hurtarme los bártulos de limpieza, como si estuviera haciendo algo indebido. Menos mal que mi egregio amigo siempre aboga en mi defensa; si no habrían acabado conmigo.
    Al rato, un auxiliar entra con el almuerzo.
    —Déjelo ahí mismo —dice el doctor con su sonrisa de barbián y señalando una mesilla delante de un pequeño sofá.
    Él obedece, aunque, antes de irse, me mira a mí y al carrito de limpieza que tengo aparcado en un lateral y suelta una socarrona sonrisa. Será berzotas. ¿Qué pasa? ¿A ti también te gustaría tener un trato así del Jefazo?
    Sin embargo, el doctor se levanta y me anima a que le acompañe al sofá.
    —¿Sigues tomándote las pastillas que te receté?
    —Claro. —Es cierto, nunca le defraudaría.
    —Bueno, pues tengo otras mejores, siéntate y tómatelas —y al decir eso saca unas capsulitas que deposita junto a mi taza.
    Con la ayuda del humeante brebaje, me trago los medicamentos. Él, sin embargo, se queda de pie, agarra su café, solo ha pedido eso, y se va pensativo hacia el ventanal de la pared lateral mientras yo comienzo a comer y hablar de necedades.
    Al rato, me dice:
    —Sabes, Horacio —así me llaman—, tenemos que cambiar la dinámica de estos encuentros.
    Ese comentario me pilla por sorpresa, casi me atraganto con el último trozo de jamón.
    —¿Cómo? Esto..., sé que puedo ser un estorbo, pero...
    —¿Estorbo? —me corta con una risilla aguda, casi un vagido—, ¡no hombre!, además, no vamos a dejar de vernos.
    —Entonces, ¿qué has querido decir?
    Él apura su café y mira el reloj. Es tarde, lo noto.
    —Por eso no te preocupes, el lunes lo hablamos. Ahora ve a descansar.
    —¿Descansar? —río—, si tengo toda la planta por limpiar.
    —Ya... —Su expresión se torna algo dubitativa—. ¿Y si lo dejas por hoy? Llamo a alguien para que se lleve tus cosas y te vas derecho al cuarto. Además, puede que ese nuevo fármaco haga alguna reacción, así que hazme caso, «es una orden» —termina sarcástico mientas agarra el teléfono. Yo no protesto. La verdad es que, con la panza llena, un poco de sesteo me vendrá bien.
    A los pocos segundos entra uno de mis bascosos compañeros de limpieza. El doctor se aproxima y le dice algo por lo bajo. Entonces, el indeseable coge mis bártulos, me mira con desgana y dice:
    —Vamos, vente.
    Eso me enfurece.
    —No necesito que me acompañes —comento incómodo—. ¡No estoy loco!, solo es que vivo aquí, entre orates, nada más.
    —Maldito interno de los huevos —susurra, aunque lo bastante fuerte para que lo oigamos, sobre todo el doctor que empieza a reprenderle por tamaños modales.
    Yo, sin embargo, doy media vuelta y me largo a prisa para que nadie me siga.
    —Hasta el lunes, Horacio —oigo ya desde el pasillo, eso me reconforta—. Recuerda: tómate las píldoras nuevas.




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Astronauta




Astronauta


El domingo suele ser el peor día de la semana. El ambiente es pesado, lúgubre. Anodino. Y todo porque la panadería de mi barrio cierra. El aroma a pan recién hecho es de las pocas cosas que me anima a seguir. Mi desazón es tal que siempre he sabido que mi viacrucis terminaría en domingo. 

    Dicen que nacemos con un pan bajo el brazo, aunque yo lo hice con una venda en los ojos. Aun así, no creo que sea el único. De eso me di cuenta el día que mi infancia empezó a resquebrajarse: cuando me hicieron esa pregunta absurda, engañosa y de respuesta ambigua.
    A la mañana siguiente, mientras una zanahoria invisible nos guiaba por un sendero negro y empedrado, empezaron los bisbiseos. No adiviné de dónde venían, la venda me lo impedía. Al poco, fueron ganando volumen. Se tornaron en voces, alaridos sin sentido bregando por ser oídos, pero lo que hacían era golpearnos hasta perder toda su naturaleza. Un día parecían perros ladrándose entre ellos; otro, el estruendo que pone la inflexión a la peor de las tormentas; ayer, me recordaron al llanto de todos tus seres queridos juntos y hoy, domingo, a terrones de arena desparramándose contra una caja de madera de pino...
    Sin embargo, ese sonido conclusivo ha provocado que por fin se me caiga la venda, aunque solo he visto oscuridad; un final negro, cegado por un porvenir que empezó el día que me formularon aquella traicionera pregunta:
    ¿Qué quieres ser de mayor?

 




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Basura



La vecina del tercero tiene costumbre de sacudir el trapo de la mopa por la ventana. No le reprocho nada, hace tiempo aprendí que cada uno tiene sus cosillas. De hecho, años atrás, nosotros también tirábamos la basura por la ventana. Y no estoy hablando del polvo diario que pueda acumularse en un simple trapo, sino de bolsas bien cargadas y chorreosas. La porquería se nos acumulaba con tal rapidez que, con frecuencia, salía disparada por el primer tragaluz que pillara. 
    En aquel entonces vivíamos cuatro; mis padres, mi hermanita Celeste, y yo. Es increíble la cantidad de basura que uno puede provocar, y cuanto más crecíamos más se creaba. Quizá deberíamos haber ideado un sistema para retirar desperdicios antes de que se acumularan, pero al parecer, a mis padres, ese problema no les preocupaba. 
    —Mamá (o papá)—les solíamos decir—, ¿por qué dejamos que se acumule tanta basura? ¿Por qué no la arrojamos al contenedor? 
    —Basura..., ¿qué basura? —nos decían con el morro arrugado. 
    Siempre salían con ridículas evasivas para desviar el tema y que no nos preocupáramos, como, si en realidad, la cantidad de desperdicios que íbamos acumulando no existiera. Y es que, mis padres, eran las mejores personas del mundo. Se desvivían por nosotros. Dedicaban todo su tiempo para darnos lo mejor, y ello conllevaba ese ingente acumulo de escombros. Un problema que nos salpicaba a nosotros también, y más cuando parte de desechos saltaba inevitablemente a la calle o al patio vecinal. Aun así, por alguna extraña razón que nunca entendí, la comunidad de vecinos nunca lo tuvo en cuenta; incluso la administración pública hacía la vista gorda. Pero eso no debía ser motivo para seguir viviendo así. 
    Sin embargo, y a pesar de todo, había una época en la que la casa se quedaba limpia de esos problemas: la Navidad. 
    Inexplicablemente, esos días, aún teniendo mayor número de comidas y visitas, la casa rebosaba de una salubridad fuera de todo pronóstico. Eran días mágicos. Pasábamos gran parte del año añorándolos, sobre todo cuando volvíamos a convivir con nuestra apestosa y mugrienta inmundicia. 
    —Papá, ¿y si hacemos como en Navidad? 
    —¿A qué te refieres? 
    —A la basura, ¿por qué no mantenemos la casa como si fuera Navidad todo el año? 
    Mi padre se rio. 
    —Mira, Gaspar —ese no era mi nombre, era el mote por ser pelirrojo, se difundió tanto que hasta mis padres me llamaban así—, esos días tan señalados pueden darnos una sensación equivocada, pero hay que ser realistas.. 
    «¿Realistas?», me reí por dentro, porque, aunque mis progenitores fueran un ejemplo en casi todas las cosas, había una en la que no lo eran. Y yo iba a corregir tal aspecto. 
    O por lo menos intentarlo. 
    Un día, a la vuelta del colegio, ya no pude aguantar. Un reguero de desperdicios había formado un río vertical desde las ventanas a la acera. Grandes pegotes marcaban ese cauce bochornoso partiendo en dos la fachada del edificio. Quizá a mis padres no le molestara, o no pudieran remediarlo, pero ya estaba harto de esa apestosa vergüenza. 
    Me calcé los zapatos de hacer deporte, me agencié del carrito de la compra que teníamos para menesteres de carga y descarga y comencé por las bolsas más chorreosas. Estuve toda la tarde. Acabé exhausto y con un hedor a vida podrida como compañero de fatigas, pero por fin lo había conseguido. O por lo menos eso pensaba a la vuelta de mi enésimo viaje al contenedor de la calle. Pero entonces, al entrar en casa, me di cuenta de que volvía a estar hasta arriba de porquería. Ni siquiera un pequeño claro diáfano entre tanta inmundicia, como si en realidad en toda la tarde no hubiera recogido nada. No lo entendía. Minutos antes había retirado los últimos desperdicios, esa imagen quedó grabada en mi memoria. Además, como prueba tenía los contenedores contiguos a mi casa; no cerraban de tanta porquería. Pero aun así, mi hogar volvía a ser el mismo vertedero. 
    Preso de una desesperación fuera de lugar, empecé a gritar sin consuelo. 
    —¿Gaspar? —oí de pronto a mi espalda. Era mi madre que aparecía por entre bolsas rotas y cartones roídos—, ¿qué pasa? 
    —Nada. —En principio no quise decirlo, sabía que me respondería con las típicas evasivas. 
    —No lo parece..., venga, ¿qué ocurre? 
    —Pues —pero al final desistí—, ¡no aguanto más vivir entre tanta basura! 
    —¿Basura? —contestó con su habitual sarcasmo—. Aquí no hay... 
    —¡No! —grité—, estoy harto de que me vengas con esas. La mierda nos sale por las ventanas, es bochornoso, y vosotros hacéis como si no pasara nada..., ¡no aguanto! 
    Mi madre me miró con ternura. Incluso una sonrisa afloraba con timidez. 
    —¿De verdad te ocurre eso? —se acercó. 
    —¿Te parece poco? —empecé a sollozar—, se nos como la mierda, es un grandísimo problema, ¡pero os da igual! 
    —¡Ah! —comenzó a acariciarme el pelo, algo que solía hacer cuando estaba triste—, ¿sabes? —dijo de pronto, su voz sonaba dulce—, los problemas van a estar siempre, es algo con lo que nunca dejaremos que lidiar. Pero solo si los vemos como tal se hacen realidad. 
    Me separé de ella con resignación; pensé que estaba elaborando otra nueva evasiva. 
    —¿Qué...? ¿Qué quieres decir? —suspiré. 
    Ella calló unos segundos, rio y dijo: 
    —Lo que quiero decir es que te preguntes si lo que estás viendo, ese problema que tanto te aflige, es basura de verdad u otra cosa... 






Cena al estilo infierno

 




Antes solían juntarse cada semana. Ahora de tanto en tanto. Si no fuera por Chema, el anfitrión y dueño de la casa donde van a cenar, cada vez lo harían menos. 
    Ari y Alberto han llegado primero. Ella siempre perfecta, demasiado, sobre todo por el excesivo maquillaje. Él, tan musculoso como de costumbre y alardeando de sus negocios. Al poco, aparece la segunda pareja, Toñi y Gonzalo. vienen discutiendo, algo normal. 
    La velada comienza en la cocina, bebiendo vino y con los continuos reproches de Toñi y Gonzalo amenizando cómicamente la conversación. 
    —¡Pues no me dice que estoy más rellenita! —brama Toñi señalándolo. 
    —Te he llamado fornida —contesta Gonzalo algo colorado. 
    —Madre mía —entre las risas de sus compañeros, Ari interrumpe—, Toñi, ¿cómo le aguantas? 
    —¡Si es un cumplido! —Gonzalo trata de defenderse. 
    —Mira... —Toñi apura de un trago su vaso—, me niego a que un tío fofo y medio calvo diga que estoy gorda. 
    Las carcajadas empiezan a ser contagiosas, incluso Gonzalo suelta una risilla. De pronto, suena el timbre. 
    —¡La comida! —salta Chema—, id al comedor. 
    Entre risas y reproches, obedecen. Están felices, tenían ganas de verse. Llegan al comedor y entonces, Ari, que ha entrado primero, se detiene. 
    —¿Esperamos a alguien? —señala la mesa, esta aguarda con una vela en el centro y seis juegos de platos y cubiertos. 
    Al poco aparece Chema con la comida. 
    —¿Nos la vas a presentar ya? —le dice Ari juguetona, sus dientes resaltan luminosos. 
    —¡El solterito ya está emparejado! —ríe Gonzalo—, al final todos caemos... 
    Toñi le de un codazo, el resto espera a ver qué dice Chema. 
    —¿Yo? 
    —Venga Chema, suéltalo..., has puesto la mesa para seis —Alberto apunta hacia el sexto plato. 
    Chema mira y se cerciora de que tienen razón, aunque es cierto que no esperan a nadie más. 
    —Lo habré puesto sin querer —comenta risueño—, últimamente se me va bastante la pinza. 
    Después se sienta, insta al resto a que lo haga y, ante sus extrañas miradas, comienza a repartir la comida. 
    —¿El pescado era para? —pregunta por preguntar, sabe que es para Alberto—, y esta gran ensalada para la reina del fitness —le da el plato a Ari—, y ¿cómo no? Las brochetas de cordero bien grasiento para la parejita feliz —Gonzalo mira de reojo a Toñi, esta se la esquiva—, yo el arroz frito y... ¿esto? —en el fondo de la bolsa aún queda algo—, ¿«Costillas al estilo infierno»? —lee en la tapa del último envase. 
    Todos fruncen el ceño. 
    —Será para tu novia imaginaria —dice de pronto Alberto. 
    Una sonora carcajada secunda el comentario. 
    —Se habrán equivocado —comenta Chema ajeno al escarnio. 
    —Pues mira, ¡por si Toñi se queda con hambre! —brama Gonzalo, el cual se lleva varios capones, y no solo de su novia. 
    Chema las abre y un apetitoso aroma inunda la estancia. Tanto que deciden comerse antes que nada esas «costillas al estilo infierno». 
    —Está buenísimas —comenta Ari. 
    El resto asiente. 
    —¿Sabéis? —dice entonces Chema, masticando y sin dejar de mirar su plato—, esto me recuerda algo... 
    —¿Las costillas? 
    —No, la situación... Hace poco leí una historia, cinco amigos se reunieron para cenar y les ocurrió lo mismo. 
    —¿Se comieron la cena de otro? —ríe Toñi. 
    —Sí —comenta Chema sin levantar la mirada del plato—, también se encontraron con una ración de más sin esperar a nadie. Pensaron que era fruto de errores, pero se equivocaban... —por fin levanta la cabeza—, había alguien entre ellos: el diablo. 
    Un tenso silencio se adueña de la habitación. Solo la vela parece moverse. Entonces, Chema empieza a reírse. 
    —¡Vaya cara habéis puesto! 
    Los demás resoplan. 
    —Joder, tío, me lo estaba creyendo —comenta Gonzalo. 
    —Bueno..., la historia es cierta —Chema rellena las copas. 
    —Ya —Alberto ríe y agarra el vaso—, pero aquí más que el diablo ha sido tu novia imaginaria. 
    Ese comentario debería haber provocado nuevas risas si no fuera porque los platos y vasos de la mesa comienzan a quebrarse a la vez. Todos dan un respingo y se levantan como un resorte. Ari y Toñi se acurrucan en los brazos de sus novios, estos se miran con los ojos bien abiertos sin saber qué pensar. Entonces, otro estruendo de platos rotos los asalta desde la cocina. Ahora sí saben qué hacer: salir de allí. 
    Rápidamente, se internan por el pasillo que conduce a la salida. En pocos segundos deberían llegar a la puerta, sin embargo el pasillo parece extrañamente largo, incluso más oscuro. No entienden nada, pero tampoco quieren entender, solo escapar. De pronto, se topan con lo que parece el final de ese extraño pasadizo, lo atraviesan y se quedan de piedra: vuelven a estar en el comedor que acababan de abandonar, aunque en este caso la única luz es la que emana de la rojiza y tenue vela que continúa prendida en una mesa que parece invitarlos a sentarse. 
    Alarmados, se giran para volver por donde han venido, pero la apertura que les ha devuelto al comedor se ha convertido en una sólida pared. Están atrapados, sin entender nada y tan tensos que no son capaces ni de moverse. 
    —Chema... —comenta entonces Ari casi sin querer—, ¿cómo terminaron el grupo de amigos de tu historia? 
    Él mira a cada uno de sus mejores amigos mientras siente una punzada atravesándole el pecho. 
    —Sobrevivieron, aunque no todos —titubea—; solo tuvieron que devolver algo equivalente a lo que nunca debieron tomar... 


Imagen tomada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.



Desconcierto


 

1


En la tienda de Mario está siendo una jornada tediosa. Es medio día y aún no ha entrado nadie. Ha repuesto las estanterías y realizado los quehaceres previos varias veces. Solo falta la clientela. Pero, como he dicho, el día está siendo pesado, aunque esa no es la palabra exacta, más bien... apacible. De hecho, por la calle no se percibe nada, y eso que es la avenida principal. 
    Sale afuera. Una quietud desconcertante le envuelve. Empieza a caminar calle arriba. Ni tráfico ni gente ni siquiera un tímido ulular ventoso. Grandes y sombríos edificios le observan como si fuera un extraño. 
    De pronto, aparece algo al fondo. Una persona con caminar tambaleante pero rápido. Eso le relaja, pero solo el instante en el que este se acerca, le bordea y ve su cara, o más bien su no cara: un amasijo de pliegues carnosos ocultan su rostro. Se da la vuelta desconcertado y contempla su errático desplazamiento. Entonces oye algo por la espalda. Se gira y da un respingo: una estampida de estos seres sin rostro va hacia él. Horrorizado, corre hacia el cobijo de su tiendecita, pero el vulgo de humanoides trastabillosos le cazan y empiezan a sortearlo. Eso debería aterrarlo más, pero no tiene tiempo; en ese instante, nota un estruendo por detrás. No una explosión, sino algo sordo que ha tensando el ambiente hasta casi detener el tiempo y su propia fuga conjunta. Lentamente se da la vuelta reanudando la carrera marcha atrás, pero... 
    —¡No...! 

Continuará...

2

María lleva un toda la mañana sin levantar la cabeza de su escritorio. En la oficina la llaman la antisocial; no congenia con nadie. Cada día llega con sus auriculares y comienza a trabajar al son de la música. Hoy toca «Jethro Tull». 
    A las doce decide dar un parón y relajarse. Levanta la cabeza y la estancia le devuelve una imagen inaudita: está completamente sola. 
    Desorientada, se aproxima al ventanal. La avenida aparece vacía. Sin coches ni gente. El rock-barroco de sus auriculares rocía la visión con tintes oníricos. De pronto, aparece un grupo de gente. Van en manada. Sus caminares tambaleantes le desconciertan, sobre todo porque reconoce a ciertos compañeros entre el gentío. La distancia que los separa es grande para ver sus facciones, pero los ropajes son reveladores. Entonces, subiendo en dirección contraria, aparece un hombre. Este, al verlos, se para y trata de dar media vuelta, pero por alguna razón se detiene, vuelve a girarse, cae de rodillas y empieza a arañarse la cara. 
    Esa acción le estremece. Se quita los auriculares, asustada. Entonces, nota algo en la avenida. Nada audible, sino una explosión sorda que tensa el ambiente. O más bien lo contrae. De hecho, la calle comienza a ondularse, como el reflejo de un estanque movido por el impacto de una piedra. Al poco, esas ondulaciones lo colman todo, incluido a ella que cae y empieza a sentir un dolor dentro de su cabeza; dolor que quiere sacar de alguna manera, aunque sea a arañazos... 

Continuará...


3



Año 2552.

La teniente Marian está lista para su misión. La radiación que casi acabó con la humanidad aún sigue en activo. Esta accede por los conductos auditivos interrumpiendo las ondas cerebrales hasta llevar al sujeto a la locura. Hace cinco siglos desde su irrupción. La humanidad primero taponó sus oídos, pero solo fue un parche, al final dejó la superficie para vivir en el subsuelo. Largas cadenas de túneles conforman el nuevo mundo. Sin embargo, no aguantará mucho viviendo así.
    Es necesario acabar con la anomalía, y eso ha llevado nuevos procesos: los viajes en el tiempo.
    El famoso físico del siglo XX tenía razón: la gravedad está asociada al binomio espacio/tiempo. Basándose en esos estudios, se ha ideado una máquina que retuerce el espacio y permite viajar al pasado. La teniente Marian ha sido la elegida. Irá al día en que la radiación apareció, buscará la fuente y recabará datos sobre ella.
    La misión promete el éxito.


Año 2020, 11: 33 a.m.

El tráfico de la avenida principal se ha interrumpido, como si un embudo a un lateral hubiera mitigado su flujo. Luego una tensión extraña; el aire, incluso la propia calzada ha dado un respingo. Pocas personas no se han dado aún cuenta de ello. La gran mayoría ha empezado a poblar la calle cual niños curiosos. Caminan en manada hacia un punto de la avenida donde parece que provenga dicha tensión. Entonces, un estallido sordo y el asfalto comienza a ondularse como si fuera de goma.
    La gente de la primera fila comienza a gritar...



Epílogo 

Año 2552.

La teniente Marian regresa de su viaje intertemporal. Está pálida. Su indumentaria antirradiación le ha ayudado a poder salir de aquel infierno antes de que sus conductos auditivos quedasen al son de esa monstruosa cosa. Ha sido horrible ver a la gente retorcerse de dolor ante ella, y todo por su culpa.
    El ser humano no está listo para los viajes en el tiempo, y su misión no solo lo ha corroborado, sino que ha sido la causante de la casi extinción humana. Retorcer el espacio conlleva unos peligros más allá que viajar en el tiempo o interferir en las ondas cerebrales: la paradoja de los viajes en el tiempo.
    Lo tenían todo estudiado, cada variante estaba planificada hasta la más mínima pauta, pero no tuvieron en cuenta su propia naturaleza.
    Deben virar los estudios, ¿hacia dónde? No lo sabe. Lo primero es enfrentarse a unos colegas con las peores noticias posibles.
    Baja de la máquina. En la sala no ve a nadie. Algo que la descoloca, nunca ha visto el laboratorio principal vacío. Puede que se hayan ido a festejar el supuesto éxito que pensaban daría la misión. Se encamina pues por la puerta principal. El pasillo le devuelve la misma sensación de nada, como si en la estancia subterránea no hubiera nadie. Algo que no entiende, sobre todo por ese silencio perturbador; aunque silencio no es exactamente la palabra, más bien quietud desconcertante...


¿Continuará...?

La dama blanca


Seguimos con una nueva edición de la web de Café literautas. En este caso era escribir una leyenda de tu lugar de origen. Yo escogí una muy especial que en algunos aspectos está basada en hechos reales. Muchas gracias a mis compañeros Estrella Amaranto, Isabel Caballero, Isan, Esther, Verso Suelto, Shire, Hercho, Amilcar y todos los que han pasado a leerme y mejorar la historia.

Espero que os guste.

La dama blanca



 




Cada lugar tiene su encanto, sobre todo por las leyendas propias que entretejen gran parte de su esencia. No hay nada como vivir en un pequeño pueblecito plagado de ellas. Brujas, casas encantadas, sanatorios abandonados... Historias que quedan insertadas como parte de un gentilicio. Sin embargo, hay algo que está por encima de las propias leyendas: haber vivido una.
    Ocurrió durante el verano de mis dieciocho. Aquella época se erigió como el auge del ocio nocturno: guateques entre pueblos, fiestas improvisadas en descampados solitarios, noches de cháchara al calor de una buena amistad... Fue en uno de esos eventos cuando uno de mis amigos nos contó que se había topado con un fantasma. Iba con su coche camino de casa y una mujer totalmente vestida de blanco se le manifestó en el fondo de la calle. No le dio mayor importancia, pero cuando estuvo a unos metros de ella, esta se inclinó hacia un lateral donde un recoveco oscuro la absorbió como por algún arte maligno. Era un chico que le daba de bien a la botella y todos nos reímos de su particular delirium tremens.
    Más tarde se le apareció a una chica que iba a pie por la misma calle. En este caso no desapareció cuando estuvo cerca, o por lo menos no de una manera tan abrupta. Dijo que iba por la acera contraria, que parecía levitar con mirada perdida, que vestía un largo camisón blanco, que tenía pelo lechoso encrespado a juego con una tez pálida, casi transparente, y que cuando estaban a pocos metros de distancia, en lo que tarda un parpadeo, desapareció por un recoveco que formaba un estrecho callejón oscuro.
    A partir de ese momento, las apariciones fueron sucediendo con mayor asiduidad. Las fiestas de verano empezaron a mitigarse por miedo al fantasma. Sin embargo, éramos jóvenes, y tarde o temprano las ganas de juntarnos a la luz de la luna estival serían más fuertes.
    Y ocurrió.
    Un día, después de una quedada mañanera, a dos amigos y a mí nos pilló la noche. No sé si fue el grado de euforia etílica o qué pero decidimos continuar nuestra velada, es más, nos propusimos a buscar al fantasma y terminar con ello. Compramos cervezas, un par de paquetes de cigarros y pillamos media discografía de Radiohead en cintas magnetofónicas. Montamos en un coche y aparcamos en un extremo de la calle maldita. Agazapados entre los demás autos, como parte del conglomerado parking callejero esperamos, escuchando música y fumando. Pero el fantasma no aparecía. La verdad es que ninguno de los tres lo habíamos visto, y, cuando el reloj marcaba las tres y media empezamos a pensar que todo era una invención producto de las dañadas percepciones posfestivas. De hecho, yo nunca lo creí de veras. Pero entonces, entre la neblina de vaho matutino, la vimos.
    La dama blanca era algo espeluznante. Ataviada con un camisón blanco y rostro y pelo del mismo color. Apareció por la acera de enfrente. Se desplazaba con prisa, como si levitara con la insistencia de hacer un poco de deporte. De pronto, hizo algo inapropiado para su condición espectral; justo en el paso de cebra que teníamos delante se detuvo, miro a ambos lados y, al cerciorase de que no venía nadie, cruzó.
    No sé si fue por la cerveza, por la nicotina o por el rayante guitarreo de Jonny Greenwood, pero al verla tan cerca los tres pensamos lo mismo: embestirla. Mi amigo arrancó y fue a por ella. Esta, al vernos, reviró buscando sus bien añoradas sombras, pero en ese momento solo encontró un muro con el único cobijo que la falta de escapatoria. Entonces se giró y empezó a gritar socorro, y es que eso que teníamos delante no era un espectro, ni un fantasma, sino una mujer mayor que temía por su vida.
    Al día siguiente nos personamos en su casa para pedirle disculpas. Por lo visto era una mujer con una de esas extrañas enfermedades a las que no le puede dar el sol, por eso estaba tan pálida, que se había instalado en un pueblo apartado en busca soledad, tranquilidad y serenos paseos nocturnos. Tampoco quería que la gente supiera de ella, por eso se escondía cuando veía a alguien. Que saliera en ropa interior antigua no se lo preguntamos, aunque días después la volvieron a ver, pero en este caso vestía un chándal rojo bermejo y sin reparo de que la vieran; seguramente y gracias a unos pobres dementes que un día decidieron jugar a cazar fantasmas.



Imagen sacada de internet, si está sujeta a derechos que se me avise y la retiraré.

Un gran día







Estoy bien. Muy bien. Creo que nunca me he sentido así. Y eso que el scotch que sirven en este antro es acorde a su apariencia. Ya pensaba que estos locales se habrían extinguido: mesas roñosas con su juego de sillas enclenques, barra pegajosa y carcomida, estantes de botellas viejas bajo un sucio y agrietado espejo rectangular... Aunque lo más típico es esa perpetua penumbra solo contrastada por un pequeño televisor del siglo pasado que, colgado arriba del espejo, no deja de emitir macabros noticiarios. A estas horas de la madrugada es lo único que hacen, como si fuera necesario proporcionar vívidas pesadillas a noctámbulos enfermizos.
    —¿Quiere más? —dice el educado y bien vestido barman, traje color crema con chaleco y pelo repeinado de lado, algo que destaca sobre el cochambroso local.
    Asiento, aunque el whisky sepa a meado amargo. Él deja de sacar brillo a un vaso que debería estar disfrutando de una merecida jubilación y me rellena el mío. Un ruidoso coche patrulla pasa corriendo por la calle bañándonos con su azuladas luces.
    —Menuda hay montada —dice de nuevo mi elegante barman—. Desde que han encontrado a esa pareja mutilada aquí al lado no han dejado de pasar policías. ¡Menudo psicópata!
    Eso me extraña.
    —¿A qué se refiere? —pregunto—, ¿por qué un psicópata y no un asesino?
    Él deja la botella y coge un largo y afilado cuchillo de cocina que tenía a mano.
    —Eso se suele decir... —mueve el arma en el aire con una habilidad pasmosa.
    —Ya, pero ¿qué diferencia hay entre ambos?
    —Uno mata por algún motivo y otro porque sí.
    —No estoy de acuerdo —comenta un joven parroquiano bien trajeado que ha brotado a mi lado, como si hubiera permanecido largo rato mimetizado en la penumbra. Sostiene un pequeño cuchillo con una especie de estrecha apertura cortante en el centro de la hoja, como esos utensilios de cocina que también se usan para pelar frutas.
    —¿Por qué no? —pregunto mirándole.
    Él ríe y comienza a pasarse su estilete por entre los dedos cual malabarista.
    —Los psicópatas matan por necesidad —dice al fin.
    —Ya... —comenta el barman frunciendo el labio en señal afirmativa y apuntándome con su facón—, aunque un psicópata no mata de cualquier modo; disfruta de ello.
    El joven asiente mirando su cortador como un niño miraría su juguete favorito.
    Entonces, de una puerta lateral sale un mujercita rubia con el pelo recogido y ataviada con elegante pantalón de traje y camisa ceñida. Es hermosa y delgada, sus pechos se remarcan pequeños pero perfectamente formados. Se acerca a nosotros, no hay nadie más en el bar, y se sienta encima del joven. Acto seguido le quita el pequeño cuchillo y empieza a apretárselo contra el cuello.
    —¿Todavía seguís con vuestras rayaduras de cabeza? —dice como si supiera de lo que estábamos hablando. Él, sin embargo, la agarra con fuerza y le besa sin reparo a que ella pueda rebanarle media tráquea.
    No puedo dejar de mirarlos, se han convertido en los dueños de mis vergencias. De los besuqueos pasan a los lametones. Ella desliza la lengua hasta el cuello, donde mantenía el cuchillo apretado, y comienza a succionar la pequeña hoja de forma obscena...
    —¿Hay alguien? —Oigo de pronto a mi espalda.
    Me giro. Un agente de policía vestido de civil, o eso adivino por la placa que tiene enganchada en la trabilla del pantalón, asoma por la entrada.
    —¿El dueño? —comenta mientras entra.
    Vuelvo la atención a la barra y me veo solo. El barman y la lujuriosa pareja se han esfumado, como si nunca hubieran existido.
    —No está —titubeo poniéndome en pie y alisándome el pulcro traje—, pero no se preocupe, estoy al cuidado del bar en su ausencia —sonrío.
    Él se desparrama en el taburete donde segundos antes había una pareja. Yo me interno detrás del mostrador con cuidado de no tropezar con los restos del barman que han quedado esparcidos en la otra parte de la barra con la cara desfigurada y un gran cuchillo de cocina clavado en el pecho. Después cojo una botella y lleno un vaso que él apura de un trago.
    —¡Ah! —gruñe luego haciendo amagos para que rellene la copa—. ¡En mi vida he visto nada semejante!
    —¿A qué se refiere?
    —A la matanza de una pareja a unas manzanas de aquí... El cabrón les ha cercenado la piel a tiras; no sé cómo coño lo habrá hecho.
    Meto la mano en el bolsillo, acaricio mi preciado cuchillo pelador y me relamo recordando ese memorable evento. Él apura su vaso y vuelvo a llenárselo. Entonces, a su espalda, al fondo de la sala, se me vuelven a aparecer mi colección de almas encabezadas por el barman y la parejita feliz, aunque en este caso están callados y riendo de una manera exagerada hacia el poli. O más bien picándome a que engrose mi lista. «Serán cabrones», pienso, pero ¿por qué no? Después de todo, hoy está siendo un gran día…
    —¿Qué pasa? —dice volteándose hacia el fondo y luego hacia mí—. ¿De qué se ríe?
    —Nada, nada... —trato de serenarme—, es decir, ¿puedo preguntarle algo? —pero empiezo a reírme de forma ofensiva.
    Él se incorpora molesto.
    —¿Le ocurre algo, amigo?
    Yo, aún sonriente, me acerco mientras saco mi cortador sin que se dé cuenta pero sin dejar de mirarle la yugular y le susurro:
    —Dígame, ¿sabe la diferencia entre un asesino y un psicópata?







 

Black Mirror: La red fantasma

 Hola a todos. Regresando con la web de Café literautas en la segunda temporada. El primer reto nos han pedido escribir un capítulo de una serie televisiva. Yo elegí la saga de Black Mirror. Espero acercarme a ese estilo, pero sobre todo que os guste.


Red Fantasma





Hoy es el aniversario de mi muerte. Sonará increíble, de hecho solo una persona ha llegado a creerme. Sin embargo, algo de mí ha quedado arraigado a la vida. No he sabido el porqué, aunque sé que está relacionado con el hecho que marcó mi defunción: fui asesinada. 
    El hijo de perra que lo hizo fue muy hábil. Encontraron mi cuerpo hasta arriba de “Ritalín” y decretaron que había muerto por sobredosis de “anfetas”. Yo era una de esas personas que vivía de las redes sociales. Era muy popular, una estrella, tenía cientos de seguidores día a día besando cada tontería que hiciera. Y como pasaba tantas horas delante de la pantalla abusaba del “Ritalín”, pero lo hacía con cabeza; al contrario de cómo se pensó. 
    Cuando se supo, el muro de la red que más usaba se llenó de condolencias. Pero esa avalancha de panegíricos, en vez de proporcionarme la paz suficiente que me catapultara hacia la otra vida, produjo una rabia por contar la verdad; rabia que se transmitió a través de mi vida virtual que decidió no abandonar este mundo. 
    Uno a uno, fui contestando cada comentario, «me han asesinado», «ayuda», «todo es mentira»..., pero nadie me creyó. Mis seguidores pensaron que un hacker había pirateado mi cuenta y empezaron a bloquearme. A las pocas horas, de los cientos de miles de seguidores solo una persona no me había puesto ese candado virtual; la cual, cuando estuvimos asolas, me escribió: «te creo». 
    Eso fue esperanzador. 
    Me metí en su espacio. El perfil estaba vacío. Parecía un usuario fantasma. No tenía amigos y, desde hace un año, solo me seguida a mí. Era lo único que hacía: ver y darle un «me gusta» a todas mis entradas. Le escribí, pero solo conseguí estrellarme contra su muro sin que él reaccionara. A los pocos días, me convertí en un apenado espectro virtual vagando de mi perfil al suyo a la espera de que alguien pasara. 
    Un mes después, recibí una sugerencia de amistad. Mi único contacto había empezado a seguir a otra persona, y eso produjo que yo pudiera enviarle una solicitud de seguimiento. Sorprendentemente, ese usuario me acepta. 
    Mi nueva seudoamiga tiene miles de seguidores. Me dedico a observarla, avasallándola, correría el riesgo de que me bloqueara. Como mi antiguo yo, se despoja con gran facilidad de su intimidad. Todo lo concerniente a su existencia es expuesto sin tapujos. En poco tiempo, sé más de ella que de mí misma: problemas, sueños, adicciones... Entonces lo entiendo; si yo hubiera sido una asesina no habría tenido ningún problema en asestarle cualquier atrocidad. Eso me había pasado. Alguien se obsesionó conmigo y, cuando conocía cada detalle de mi vida mejor que yo misma, perpetró el asesinato perfecto. Y al parecer, ese alguien, ha elegido una nueva víctima. 
    Llegados a ese punto pienso que debo avisarla, pero ¿cómo? Cualquier cosa que diga sonará a locura. Entonces se me ocurre hacerlo el día del aniversario de mi muerte. Aprovechar ese hecho, valerme de mi destreza de “influencer” y elaborar la mejor de las peroratas; sin ñoñerías ni emociones, solo crudeza excluida de toda adulación... Un mensaje claro y directo y tan bien empaquetado cual bomba de relojería. 
    Pero algo escapa a mis planes. Justo el día señalado, segundos antes de soltar el paquete, ella muere. Lo sé por los mensajes de condolencias que empiezan a colmar su muro. Un accidente, o eso se dice, aunque sé que no es cierto. Ni siquiera me ha hecho falta leer las contestaciones de su fantasma digital desmintiéndolo. Sin embargo, nadie la cree y, como a mí, a las pocas horas se queda sola con dos seguidores: yo y el indeseable que se ríe en nuestra cara y le dice el mismo «te creo». 
    Ella continúa hablándonos, también a mí, incluso me ha mandado varios mensajes privados. Debería contestarle, intentar apaciguar su desazón. Pero no queda esperanza. De pronto, me llega una solicitud de seguimiento. Por lo visto nuestro macabro amigo en común le ha cogido el gusto y ya tiene otra nueva víctima. 
    Regreso a la ventana de diálogo privado que ha abierto mi fallecida amiga. Seguro que también ha recibido la sugerencia de amistad. «Hola», le digo, «escucha bien lo que te voy a contar: hoy es el aniversario de nuestra muerte...». 
    La conversación se alarga, pero no me cuesta convencerla y trazar un nuevo plan para desenmascararle. Por delante nos queda un año. La idea «me gusta»; primer “like” de esta nueva época... 








Bora Bora


Bueno, pues volvemos con el tintero y este emocionante y divertidísimo reto. ¿De qué trata? De hacer un micro de 250 palabras con el argumento que te proporcione el Storynator, un generador de argumentos one-line. Luego explicar de qué elementos del mismo me basé para escribirlo.
En mi caso este fue el argumento:


BORA BORA


—¿Qué hacemos? —pregunto a Toni, mi amigo. Él parece absorto con la conversación de nuestros tres secuaces: fútbol en días huracanados.
    —¡Calla! —contesta sin mirarme, aunque con el pasamontañas que llevamos es difícil saberlo.
    De pronto, la puerta de la mansión que tenemos delante se abre, sale un coche de gama estratosférica y desaparece rápido, como si estuviera huyendo.
    —¡Vamos! —alardea Toni—, hasta mañana no volverán.
    —¿Seguro?—suelta un compinche.
    —Sí. Les escuché mientras pintaba su fachada.
    Después me mira.
    —Toma. Te toca —saca un papelito arrugado—. La contraseña; tendrás que desconectar la alarma.
    —¿Cómo? —gruño incrédulo; no conocía esta parte del plan.
    —Instalé un cable desde la fachada a la calle, ¿ves? —lo señala.
    —¿Para qué?
    —Eres funambulista.
    —¡Malabarista!
    —Pues eso... Te deslizas dentro y... ¡Voilá!
    —¿Estás loco?
    —Esto era lo que querías, ¿no? Un poco de...—titubea, por detrás nuestros compinches se agrupan cual grupo de matones—. Además, ¿qué crees que harán estos si te niegas?
    Asiento resignado, subo al poste y me enfrento al cable. Antiguamente me ganaba la vida así; fue desde que lo dejé que no levanto cabeza. «Si el botín lo permite me retiro; Bora Bora, por ejemplo».
    Entonces, por la calle, aparece un enorme gentío directo a la mansión con decenas de policías escoltándolos.
    —¡¿Qué queremos?! —grita uno que va delante con un megáfono.
    —¡¡¡Que reabran la fábrica!!! —contesta la masa.
    —¡¿Cuándo lo queremos?!
    —¡¡¡Ahora!!!
    Mis secuaces huyen.
    Yo, sin embargo, pierdo el equilibrio y caigo hacia un futuro sin red... y sin Bora Bora.