Voy a reír, voy a llorar, vivir mi vida, vaya «locurá». Así es mi versión. No sé si la habréis adivinado. Es la letra de la canción Vivir mi vida de Marc Anthony. Hace poco se puso de moda. Se conoció como «la vuelta de los clásicos», aunque esta canción no fuera tan vieja como para poseer la etiqueta de «clásico». La salvedad es que cada cual acababa la estrofa a su manera. La mía es con esa palabreja, falta de ortografía incorporada para darle un poco más de empaque, o eso me pareció a mí.
La verdad es que el cambio de letra fue lo de menos. La viralidad de esa tonadilla dio paso a la fiebre por el canto. Es lo que tiene vivir a través de las redes sociales, que todo el mundo copia al de al lado.
Sin embargo, nadie podría haber adivinado que una actividad tan infantiloide como ir cantando un pegadizo estribillo se convirtiera en un fenómeno de masas. Fenómeno a priori callejero que, cómo no, fue copando cada una de las redes sociales. La gente compartía vídeos interpretando su propia versión, cambiando la letra, como he hecho yo, integrando estilos o versionando la melodía. Sobre todo la parte cantada.
Y eso dio paso al siguiente escalón: la voz.
El canto se convirtió en una forma de vida. El mundo entero empezó a desarrollar sus aparatos fonadores. Algunos dedicaban horas, días, y todo para poder sobresalir en esta nueva moda. La fiebre fue tal que se formaron grupos, clases sociales. Las mujeres se dividían en «clasistas», la mayoría, voz amplia y amable dentro del registro femenino, las «mezzocontralto», mujeres de voz más grave de lo normal, tesitura casi única, pero poco atractiva para las masas, y, finalmente, las que coronaban esta pintoresca escala social: las «ligeras», mujeres de voz aterciopelada, ruiseñorezca y muy aguda. Demasiado. Su versatilidad y virtuosismo tímbrico proporcionaba un resultado desconcertantemente sublime.
Por el otro lado, los hombres también tenían su estratificación en función de su tesitura; tenores, barítonos o bajos, cada cual con su encanto y timbre, pero nada en comparación con las odiosas que encabezaban la lista. Las «ligeras» heredaron el trono de la superficialidad gracias al don innato del canto y el talento.
Algo que la sociedad no pudo aceptar.
La naturaleza es sabia, sí, pero en este caso era una ramera sin escrúpulos. Hombres y mujeres cuestionaron el prodigio de esas ninfas de lo excelso. Incluso intentaron equipararse valiéndose de la inteligencia artificial. Vídeos de cualquier índole comenzaron a poblar las redes. Cada uno más impresionante que el anterior. Lo que propició una repudia general hacia la mentira electrónica. Se instauró una especie de rastreo «antiautone», los contenidos debían tener la etiqueta de autenticidad, y si no, el intérprete quedaba marcado. Esa estratagema dio más alas a unas «ligeras» que comenzaron a creerse semidiosas.
Llego entonces el momento por todos conocido: la Era de la Estridencia.
Ya lo dijo el necio, si no puedes con tu enemigo, a por su amigo: la voz, y, a partir de esa nueva tontería, toda forma de canto comenzó a cuestionarse. Ya no se premiaba el virtuosismo, ni el prodigio, ni siquiera el poder enlazar dos notas afinadas. Las cosas bien hechas eran motivo de repudio. El berreo, el alarido y el grito fueron el punto de partida. La estridencia se coronó como nueva tendencia.
Las redes perdieron su fuerza. La gente simplemente salía a la calle y berreaba, o asomaba por la ventana y emprendía con los alaridos, o chillaba en la soledad de su hogar al amparo de una moda que creía idealizada o rito religioso.
El día a día se convirtió en una algarabía sempiterna. No había sentido, solo alaridos, solo jerga ininteligible a viva voz. Solo estridencia.
Llegado a este punto, todo se fue de madre. Gente gritando sin ton ni son a todas horas, y nada que pudiera poner cordura. Estábamos cerca del típico punto de no retorno. De ese momento donde la historia demanda un colapso seguido de buen giro argumental que lance por los suelos todo lo leído y que plantee las bases para una lógica conclusión o final semiabierto. O más bien, la historia demande otro tipo de giro, uno más real, con el nacimiento de otra nueva y macabra moda que haga olvidar la vieja. O simplemente, esto termina de forma abrupta y sin sentido porque el narrador no ha sabido cómo continuar.
Ese soy yo.
Lo cierto es que no ocurre nada de eso. Ya estamos a mitad de octubre y esta locura social que estamos viviendo avanza viento en popa, como si su colapse fuera una quimera. La verdad es que la imaginación de cierta gente es conmovedora, sobre todo si no tiene nada que arriesgar, mucho que ganar y a alguien a quien arruinar.
Yo, en mi caso, sigo la moda como uno más. Berreando lo justo y sin meterme con nadie. Esta tarde he quedado con uno de los grupos “antivagido”, porque también se han formado bandos que luchan por darse voz. Aunque yo voy solo por convencionalismo social. Nada más. Voy a ir y
con tilde, sin sentido y mal pronunciada, y menos mal, porque hoy en día las locuras sociales deberían ser así, mal escritas, ya que las que están bien escritas nadie debería sufrirlas.


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