Cada día, sobre las seis de la tarde, Ramiro, o Lucio, o cómo se llame, atraviesa el pueblo, baja el barranco y se pierde por el río. La gente no sabe por qué lo hace, o dónde va, o desde cuándo lo hace. Sin embargo, por mucha curiosidad que tengan, nadie se atreve a preguntárselo.
Cuentan que, hace décadas, unos niños le siguieron y no regresaron. La gente sospechó de Ramiro, ¿cómo no?, incluso las autoridades le interrogaron, pero él no sabía nada.
Los niños, sin embargo, aparecieron seis semanas después. Fue extraño porque para ellos era como si no hubiera pasado el tiempo, como si se encontraran en el mismo día que desaparecieron y nada hubiera cambiado.
Pero algo sí cambió: ellos. Aun así, la vida quiso seguir como siempre. Pero estaba ese cambio: los niños se volvieron taciturnos, solitarios, huecos. Como si les faltara el alma.
Afortunadamente, eso no es cierto, solo una de las miles y maliciosas leyendas que han salido del fenómeno «Ramiro». Lo único cierto es que hoy en día, no se sabe cuantos años después, Ramiro, o Lucio, o cómo se llame, a las seis de la tarde atraviesa el pueblo, baja el barranco y se pierde por el río. Lo que también es cierto es que la gente ya no se pregunta dónde va, aunque la curiosidad haya aumentado. Solo agacha la cabeza, continúa con lo suyo y finge indiferencia. Sobre todo eso; y es que hay tentaciones que es mejor dejar pasar.
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Muchos sienten miedo ante lo desconocido y prefieren ignorar la verdad, aunque esté en juego el alma de sus hijos. Malos padres y malos vecinos, desde luego. Deben pensar que si juegan con fuego, se quemarán y no quieren arriesgarse.
ResponderEliminarEstupendo relato, que me ha hecho pensar en el flautista de Hamelin, pero con un final tenebroso e incierto.
Un abrazo.
Muchas gracias por el esfuerzo, Pepe. Un abrazo bien fuerte.
ResponderEliminar"Es que hay tentaciones que es mejor dejar pasar." Así es. No sólo el diablo sabe por viejo, la humanidad toda va aprendiendo a esquivar tentaciones aunque le cueste milenios. Gran micro con tu habitual precisión y síntesis en las imágenes. Un abrazo de admiradora.
ResponderEliminarGenial, Pepe. Un personaje enigmático en torno al que sobrevuela una leyenda que quizá no lo sea tanto. La duda es el eje de la historia y el tono de misterio y la oscuridad interior que se intuye en el protagonista están muy logrados. Me ha encantado tu micro.
ResponderEliminarHola Pepe, qué bien contado. Ese ritual diario de Ramiro, o Lucio, o como quieras llamarlo, tiene algo que te atrapa sin hacer ruido, como si la costumbre de tantos años hubiera ido gastando la pregunta, pero dejando intacto el misterio. Y lo de los niños que vuelven iguales pero huecos, como si el tiempo no hubiera pasado para ellos, pero su alma se hubiera quedado atrás, es de esos detalles que duelen porque no sabes bien por qué. Al final, lo que más me quedo es con esa imagen de la gente agachando la cabeza, fingiendo indiferencia, no por miedo, sino porque hay tentaciones que es mejor no seguir. Y tú, desde luego, sabes cómo dejar esas tentaciones flotando en el aire. Abrazos virtuales desde Venezuela
ResponderEliminarTu personaje Lucio o como se llame nos lleva a pensar que algo obscuro esconde ya que los que lo siguen cuando regresan no son los mismos.
ResponderEliminarUna historia de intriga muy bien contada.
Un abrazo Pepe
Puri
Hay tentaciones que es mejor dejar pasar… pero cuesta no seguir con la mirada a “Ramiro” (o Lucio, o como se llame). Un relato muy elegante y también inquietante. A mí me da más miedo la curiosidad contenida del pueblo que la vieja leyenda de los niños.
ResponderEliminarUn abrazo fuerte, Pepe.
Buena atmósfera... y qué mala sombra tiene Ramiro, o Lucio, o como se llame. Saludo y gracias.
ResponderEliminarHola Pepe, me gusta tu propuesta con ese personaje enigmático del que no sabemos mucho, pero inferimos todo. Bastan unas cuantas pinceladas sobre él para que el pueblo entero cuchichee, haga conjeturas y sobre todo, le tema. Un relato inquietante. Enhorabuena.
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