La pequeña serenata nocturna comenzó a sonar en medio de la noche. Fue el día del encargo del clavicémbalo. Así es el trabajo de luthier, a veces toca limpiar los mocos de un clarinete de plástico y otras tienes un clavicémbalo de vete tú a saber qué siglo, con la madera carcomida, la mitad de las teclas y sus cuerdas para el arrastre.
El trabajo, aunque emocionante, fue agotador. El polvo sobrevolaba la estancia con dentera. El olor a cola llegó a marearme. El ajuste de las cuerdas y ensamble posterior me destrozó. Cuando terminé, caí en mi cama con la esperanza de dormir dos días.
Pero entonces apareció esa melodía lejana.Como he dicho, era La pequeña serenata nocturna, de Mozart, y lo hacía a través de la cuerda pinzada del clavicémbalo. ¿Estaba ya soñando?
Me levanté medio aturdido. Desde la puerta que daba al pasillo venía una lánguida luz. A tientas salí y vi que esta brotaba de mi taller. La melodía también nacía de allí dentro. ¿Estaba delirando? ¿Había entrado alguien? De ser así, ¿no sería más inteligente agarrar algo que me sirviera de arma? No sabía. La música amansa a las fieras, y la melodía era inusual. Sí, conozco la obra de memoria, pero en este caso venía con un deje distinto, juguetón, suelto; un carácter único y maravilloso. ¿Qué estaba ocurriendo?
Casi sin pensar, me adentré. Una lámpara de aceite en el techo iluminaba la estancia. Polvo, olor a cola, piezas por medio y, justo en el centro, un hombre menudo, vestido de forma antigua, con una peluca blanca, acariciaba el clavicémbalo produciendo esos acordes tan hipnóticos.
De pronto, dejó de tocar.
—¡Esto es formidable! —dijo con acento alemán, entonces se giró—, un trabajo magnífico, colega.
—¿Colega? —titubeé.
Él soltó una risa sonora, dio un salto y se acercó.
—Aunque si te soy sincero, la cuerda pinzada me parece un poco cursi; que no se entere Bach. —Eso último lo dijo bajando la voz, poniéndose una mano en la boca y señalando hacia una esquina. Allí había otro individuo de viejas vestimentas y mirada penetrante.
—Te he oído, mentecato, ¿quién te crees que eres? —dijo la nueva figura.
El mentecato en cuestión soltó otra risotada, me miró y se inclinó en reverencia teatral.
—Perdone mi grosería, mi nombre es Wolfgang Amadeus, y he de felicitarle por el trabajo de restauración.
Abrí todos los orificios de mi cara. ¿Mozart? ¿Bach? ¿En mi taller? En ese momento comencé a pensar que los vapores de la cola me habían llevado a la locura, de hecho, unos acordes en dominante en séptima con tensión irresoluta comenzaron a salir del instrumento: un tercer individuo entraba en escena.
—¿Qué rayos es eso? —dijo Bach acercándose al nuevo.
—Eso —complementó Mozart—, ¿por qué la sensible no quiere ir a la tónica?
El otro, vestimenta napoleónica rio con cierto acento francés.
—La armonía evoluciona, messieurs, es como una goma de elasticidad infinita.
—Incorrecto. —Un señor muy serio apareció de entre la penumbra del fondo—. La armonía, como todo, tiene un tope.
—Déjate de pamplinadas, Arnold —eso lo dijo otro individuo, parecía un Zar ruso en horas bajas.
Acto seguido, los dos últimos se enzarzaron en una trifulca dialéctica, exageradamente educada, pero trifulca al fin y al cabo.
—¿Les conoces? —me preguntó Mozart.
—Son… ¿Schönberg y Stravinski? —titubeé—, según cuentan los libros nunca se llevaron bien.
Mozart rio y se acercó. Bach conversaba con Debussy de esas dominantes en séptima encadenadas, al fondo, aparecieron unos cuantos más. La cosa se me iba de las manos. El escándalo era evidente. La locura, la mía, un personaje más. ¿Qué podía hacer? Entonces, sin pensarlo, fui hacia el clavicémbalo y comencé una melodía extraña. Era una composición mía. Nadie lo había oído hasta entonces. Ese acto provocó que el resto dejara sus trifulcas y se acercara.
Cuando concluí, el silencio reinaba bajo la atenta mirada general.
—Magnífico —dijo un hombre, al que reconocí por haberlo visto en foto: Manuel de Falla.
—Sí, pero le falta cuerpo —eso lo dijo otro que luego supe que era Mahler.
—Y carácter.
—Y brío, mucho brío.
Cada uno fue dando una opinión, pero de forma pacífica y constructiva. Ya no había trifulcas, solo unos locos por la melodía y unas botellas de vino que vete tú a saber de dónde sacó Mozart.
La velada siguió hasta que, desgraciadamente o gracias al vino, perdí la consciencia.
Al día siguiente me despertaron unos timbres junto con un dolor de cabeza incipiente. Me levanté como un resorte y fui a socorrer esos timbrazos. Cuando abrí me encontré a unos enfadados vecinos que me dijeron que la próxima vez que pasara la noche tocando y de juerga me denunciarían. Me disculpé, no supe de qué, cerré y me quedé en silencio. ¿Había estado toda la noche tocando y bebiendo? Menuda flipada/sueño más extraño. Porque debía haber sido eso, delirios producidos por el cansancio, alcohol y vapores de cola; nada que ver con algo que hubiera salido de un mágico y viejo instrumento. ¿O Sí?
Fui corriendo al taller. Afortunadamente, no había nadie y todo parecía normal: las herramientas, mi día a día, el clavicémbalo… Aunque también había unas cuantas botellas de vino vacías, la partitura de mi composición llena de anotaciones y tachones sobre el atril del clavicémbalo y una nota manuscrita encima que decía:
Esta noche la terminamos, colega.
PD: compra más vino.
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