Pàgines

Sí quiero




—El mundo ha cambiado —dice el maestro de ceremonias.

La novia asiente. Tiene las orejas más puntiagudas si cabe. El novio, barba de varios días y ojos soñadores, sonríe. La congregación de invitados aguanta absorta. Varios pajaritos, entendiendo lo de pajaritos como dos enormes águilas, sostienen un inmaculado velo en el aire.

El maestro se mesa la blanca barba, aferra su blanco bastón y mira a los tortolitos:

—¿Prometéis seros fieles en lo próspero, en la salud o en la pobreza hasta que su muerte os separe? —eso último lo dice señalando al novio.

—¡Aceptamos!

El maestro sonríe:

—¡Por el poder que la Llama blanca de Udûn me concede, yo…! Un momento, ¿y el anillo? —Entonces mira a un tipejo bajito al lado del novio.

—¿El anillo? —suelta ese tipejo.

El maestro suspira.

—Joder, Frodo, ¿lo arrojaste?

—sí…

Arwen, la novia, mira al novio.

—¿Ocurre algo?

—Este, que ha perdido el anillo.

—¿Y ahora?

—Ahora alguien tendrá que regresar al Monte del Destino —dice Gandalf mirando a Frodo.

El porteador comienza a sudar.

—¿Otra vez?

Se forma un silencio solo contrastado con el aleteo de las águilas.

—Yo le acompaño, señor —brama de pronto Sam, casualmente estaba a su lado.

—Cuenta con mi arco —vocea un Elfo.

—Y con mi hacha —ruge un enano.

—¡Mi tesoro! —esa voz sale de algún lado.

—Y con mi espada —alardea Aragorn.

—¿Cómo? —grita Arwen—, de eso nada, monada. ¡Tú te quedas!

Otro silencio, más tenso que el de antes.

—Sea pues —dice entonces Gandalf.